LA ESQUIZOFRENIA IDEOLÓGICA. Escribe: Rafael Roncagliolo

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Fuente: La República

Prácticamente todo el Perú está de acuerdo en intensificar las relaciones con China y Vietnam. A nadie parece preocuparle que ambos países estén gobernados por partidos comunistas. Pero hay quienes le hacen ascos a Cuba, olvidando que Fidel Castro ha sido, en Cuba, lo que Mao Tse Tung en China o Ho Chi Min en Vietnam.

Extraña por eso la esquizofrenia ideológica que se produce cuando se reclama que se condecore a los gobernantes cubanos, mientras se celebra con entusiasmo que se condecore a los chinos.

Resulta igualmente preocupante que se critique a “El País” de Madrid por no titular igual la muerte de Fidel Castro que la de Augusto Pinochet. Resulta demasiada amnesia olvidar que Pinochet se levantó para destruir el secular sistema democrático chileno, mientras que Castro irrumpió contra la larga y cruenta tiranía de Batista.

Pinochet es el paradigma de los golpes de Estados propiciados y reconocidos como tales por los Estados Unidos. Con Castro se produce la primera derrota de una intervención militar de EEUU en América Latina. Creo que la única. Mientras que Pinochet solo merece un capítulo en la “Historia Universal de la Infamia” de Borges, Fidel Castro asumió en su insurgencia la lucha por la independencia de Nuestra América, expresión que usa José Martí –que no tenía nada de comunista– en una zaga de afirmación latinoamericana en la que se inscriben José Rodó, José Vasconcelos, José Carlos Mariátegui y el primer Víctor Raúl Haya de la Torre.

Cuba había sido antes de la Revolución un bocado siempre ansiado, amenazado y dominado por Washington y, como lo explicó el gran sociólogo estadounidense Charles Wright Mills en su célebre libro Listen Yankee, el burdel de los americanos del norte.

Ignorar esta realidad contundente, en nombre de la represión existente en Cuba, sería como ignorar la inmensa contribución de la Revolución Francesa a la historia del liberalismo, por haber existido el terrible e injustificable Terror de los jacobinos o el posterior nepotismo avasallador de Napoleón Bonaparte.

Los Estados Unidos, bajo la conducción del gran presidente que es Barack Obama, un estadista de la estatura de Theodore Wilson y de Franklin Delano Roosevelt, han restablecido relaciones con Cuba. Han querido con ello poner fin a una historia siniestra, ojalá terminada, a pesar de lo que pueda desear el nuevo presidente electo de ese país.

Por algo, todos los países de América Latina y el Caribe, absolutamente todos, sin ninguna excepción, fueran de derecha, de izquierda o de centro, advirtieron en la penúltima Cumbre de las Américas, en Cartagena de Indias, que no habría más cumbres sin Cuba. Como que no las hubo. Y por algo, nuestro brillante canciller Raúl Porras Barrenechea se opuso tan tempranamente, en San José de Costa Rica, al aislamiento de Cuba. Cuánto sacrificio se habría ahorrado si se hubiera seguido su criterio.

Sin embargo, el significado histórico que estamos rescatando en estas líneas no es razón para dejar de condenar la falta de libertades y las violaciones a los derechos humanos que se producen en Cuba. Tampoco cabe justificarlas en nombre de los innegables progresos logrados en el acceso a la educación, a la salud y a la igualdad social. Hay que reiterar, con toda claridad, la demanda de que Cuba logre la más plena promoción de la libertad y los derechos humanos dentro de un régimen democrático, del que hoy carece.

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