“Nosotros y ellos” o “nosotros contra ellos” Por Fernando Bolanos Galdos

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Fuente: Educacción
Una recomendación de Verónica Llashag

 

Imagen: Aquipopular

Fernando Bolaños Galdos / Para EDUCACCIÓN

Un reciente artículo de Caroline William en la revista “New Scientist”[1] revela algo muy interesante de lo que está a la base del racismo o el miedo a lo distinto. En el artículo se cita un estudio de Susan Fiske, una investigadora de la Universidad de Princeton, en el que muestra cómo, cuando escaneó el cerebro de voluntarios a los que se les mostraba imágenes de personas que vivían en la calle (homeless), no hubo actividad en la corteza media pre-frontal, una zona del cerebro que usualmente se activa cuando pensamos en otras personas. Esto reveló que tendían a verlos como sub-humanos, se señala en el artículo.

En estos días de ruido político y el consecuente enfrentamiento verbal directo, en medios de comunicación o en redes sociales, no deja de impresionarme la manera casi automática como los argumentos que unos proponen son rebatidos por otros, no con otros argumentos, sino con insultos y descalificaciones. Los “unos” quieren sentirse parte de un “nosotros” que tiene la razón y los “ellos” están por definición errados y son inconscientes, incoherentes, brutos o estúpidos. Y esto en ambos sentidos. En general, desconfío de quienes dividen al mundo y a las personas dicotómicamente en dos categorías: buenos y malos; civiles y militares; fieles e infieles; consagrados y laicos; limeños y provincianos; U y Alianza, etc. Creo que la sociedad y las personas somos más complejo que ellas y las dicotomías no engloban toda nuestra complejidad. Y hemos visto cómo se reafirman categorías que son explícitamente negación la una de la otra como es el caso de fujimoristas y antifujimoristas. Todos hemos sido testigos de que, en muchas de las elecciones presidenciales de los años recientes, la gente ha votado no sólo por ciertas opciones, sino fundamentalmente contra alguien.

Por ello, volviendo la vista al Currículo Nacional (CN)[2] del Ministerio de Educación, otro campo de batalla reciente entre unos y otros, miremos los enfoques y las competencias que debemos desarrollar con niñas, niños y adolescentes si no queremos que este espiral de desconocimiento y negación del otro como distinto siga afectando las relaciones entre ciudadanos y envenenando la vida y la convivencia diaria.

En primer lugar, hay que insistir en el enfoque de derechos, no solo porque es el reconocimiento de que las personas es el centro y razón de ser de un Estado, sino porque no hay Estado de derecho que sea viable si a unos se les admite y reconoce todos sus derechos y a otros no. Muy ligado a ello, tenemos el enfoque inclusivo o de atención a la diversidad, pues debemos reconocernos todos como personas, pero diversos en cultura, situación social, etnia, preferencia religiosa, género (sí, el denodado concepto), etc. Dentro del enfoque de inclusión el CN señala como uno de los valores el respeto por las diferencias, que exige desarrollar el “reconocimiento al valor inherente de cada persona y de sus derechos, por encima de cualquier diferencia” (p. 14). El enfoque intercultural y el enfoque de género son el desenvolvimiento del enfoque de derechos en distintas facetas de la realidad humana, pues nacemos y nos desarrollamos en una matriz cultural, como hombres y mujeres y esto nos ubica de una manera en el mundo y la sociedad.

En segundo lugar, si miramos la Matriz de Competencias y Capacidades, vemos dos que son pertinentes a lo que estamos revisando: la competencia n° 1 (“Construye su identidad”) está muy vinculada la competencia n° 16 (“Convive y participa democráticamente en la búsqueda del bien común”) (p. 21-22) En el primer caso, en términos de capacidades, el estudiante debe aprender a valorarse a sí mismo, autorregular sus emociones, reflexionar y argumentar éticamente; en el segundo caso, debe ser capaz de interactuar con todas las personas (el subrayado es mío), construir y asumir acuerdos y normas, manejar conflictos de manera constructiva, entre otras.

Es importante reconocer que, si no hay un reconocimiento de la propia identidad, de mi ser que integra mi corporalidad, mi sexualidad, mis emociones, ideas y mis acciones, será muy difícil entender y reconocer al otro en su integralidad y diversidad. En la medida que no hemos desarrollado estas competencias es que aparecen estas interacciones violentas que desconocen al otro por ser diferente. No olvidemos que América Latina es una de las regiones con mayor segregación escolar en el mundo[3], es decir en la que nuestras niñas, niños y adolescentes estudian con pares que son muy semejantes a ellos, con características socioeconómicas, culturales, étnicas o de capacidad/discapacidad similares. Los ricos con los ricos, los pobres con los pobres. ¿Qué posibilidad existe de que un niño en nuestro país se siente en la escuela con otro niño que venga de un entorno y cultura distinta? Muy baja en comparación con otras sociedades. Hemos conocido padres y madres de familia que se niegan a que un niño con Síndrome de Down estudie en el aula de su niño, porque “puede retrasar la marcha académica del grupo”.  Y muchas otras afirmaciones parecidas y algunas claramente agresivas y racistas.

Detrás de esto hay, como se ha señalado, miedo a lo distinto y a lo desconocido. El miedo no es nuevo en el Perú. Es necesario leer los diversos artículos del libro editado por Claudia Rosas, “El miedo en el Perú, siglos XVI al XX”[4] que recorre varios de los miedos colectivos que han convulsionado a nuestra sociedad desde la época colonial (miedo a los piratas, la rebelión de la plebe, a la revolución, la independencia, al APRA, etc.). Todos ellos muestran el miedo a lo distinto, al “otro” distinto que es satanizado. Nuestros miedos más recientes están vinculados a la época del terrorismo, la cual terminó, pero nos dejó un reguero de muros levantados y calles enrejadas, que siguen impidiendo que nos acerquemos unos a otros. El miedo al terrorismo ha sido remplazado hoy por el miedo a la delincuencia, pero la raíz es la misma: el miedo que alimenta nuestros prejuicios y nuestra desconfianza.

Gonzalo Portocarrero señalaba que nos hemos dejado ganar por el miedo el cual paraliza y distorsiona nuestra manera de pensar, sentir y actual: “El miedo y la ansiedad son estados anímicos que dificultan el pensamiento. Con su influjo, resulta muy difícil objetivar una situación, evaluar las posibilidades y actuar con inteligencia. Cunde la intolerancia, el odio, la violencia. La gente quiere seguridad y está dispuesta a escuchar, y apoyar, las propuestas más desatinadas con tal de que prometan la reversión del miedo en la anhelada esperanza.”[5]

En estas circunstancias, y teniendo como telón de fondo el CN que debemos comenzar a implementar, debemos preguntarnos qué actividades debemos impulsar para poder lograr que nuestros estudiantes, manejen el miedo (tampoco podemos suprimirlo) y sean capaces de abrirse a lo diferente. Lo primero, poder conversar abiertamente. Nada como el silencio para alimentar el miedo, la intolerancia y la ignorancia. Luego, acercarnos a lo diferente. Cantagallo y muchas otras tragedias de nuestra sociedad, como ya lo hemos señalado en un post anterior[6] son ocasiones para hablar con los estudiantes sobre otras realidades distintas y generar nuevas sensibilidades. Conocer es el primer paso para acercarnos. Es urgente propiciar, con los estudiantes, experiencias que los lleven más allá de las paredes de su casa y de los muros del colegio: recorrer el mercado cercano; hablar con gente de otras edades; ir a una ciudad o zona distinta del país, pero no solo como turista externo sino conversar con la gente de la zona; ir a un hogar de INABIF y conocer a niños o adolescentes que no tienen familia. Seguro que muchos de mis colegas docentes podrán contar muchas otras iniciativas que permiten desarrollar dichas competencias con sus estudiantes. Espero que puedan compartirlas.

Lima, 19 de diciembre de 2016

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