La maldad. Por Jorge Bruce

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Fuente: La República


Escribe: Jorge Bruce

Hace algunas semanas me tocó moderar en la Alianza Francesa un panel sobre la llamada Unión Civil, en presencia de Christiane Taubira, exministra francesa de Justicia y autora de la ley sobre el matrimonio homosexual que se aprobó en la Asamblea gala en el 2013; Alberto de Belaunde, congresista peruano del grupo de PPK, autor del proyecto de Unión Civil que, al lado de Carlos Bruce, se presentará en el Congreso peruano; y Carlos Alza, director de la escuela de gobierno de la PUCP. Entonces les hice la siguiente pregunta frente al público: ¿por qué tantas personas se oponen al derecho de los integrantes de los grupos LGTBIQ a contraer matrimonio?

Esta pregunta recobra actualidad con el caso del matrimonio de Óscar Ugarteche y Fidel Aroche, que el Poder Judicial peruano ha exigido legalizar a Reniec. Ya es célebre la portada de El Comercio, en la cual se ve a los dos cónyuges en una actitud muy cariñosa.

Es célebre, entre otras cosas, porque desató un escándalo inusitado, mayor acaso que la sentencia del PJ que Reniec ha apelado. La verdad, hay que felicitar a El Comercio por la audacia de esa portada que ha demostrado, fehacientemente, que el cliché de que una imagen vale más que mil palabras –y a fortiori más que un tuit de 140 caracteres– es más que un lugar común.

Retomando la pregunta del primer párrafo, una vez agotados los tópicos de los prejuicios y estereotipos que impiden a muchas personas respetar los derechos de todos, Taubira subrayó una verdad tan sencilla como esencial: “No hay que olvidar la existencia de la maldad”. ¿Cómo así?, me pregunté. Entonces se me hizo claro que hay un sadismo inherente a los seres humanos, el cual no todos logramos controlar.

El poder y el placer, la embriaguez narcisista que se experimenta cuando se somete al otro denigrado y secretamente temido, son los ingredientes de esa maldad. Ese goce consiste en mantenerlo en ese lugar degradado que me encumbra.

Alberto de Belaunde lo expresó gráficamente: “A veces, antes de dormir, me pregunto por esas personas que disfrutan sintiendo que, un día más, impidieron la felicidad de un grupo de gente a la que se complacen en estigmatizar como si fueran desviados, raros, enfermos”. No fueron esas exactamente sus palabras, pero creo estar siendo fiel en mi memoria al espíritu de su intervención.

De modo que hay una sinergia negativa entre la precariedad institucional de nuestra sociedad, y las pulsiones primitivas que a todos nos jaquean. Bien mirado, el matrimonio homosexual o de cualquiera de los miembros de los grupos citados, no perjudica a nadie y es anhelado por muchos.

En primer lugar porque es su derecho. Pero los grupos conservadores, esos de la ideología de género, no quieren renunciar al goce de seguir discriminándolos. Por eso se aferran a esa maldad de prohibir su condición de iguales.

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