Dejar salir mi otro yo. Por Jorge Bruce

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Fuente: La República

La tragedia de Independencia, en donde Eduardo Glicerio Romero Naupay asesinó a balazos a cuatro personas e hirió a varias más, marca un hito en el proceso de crecimiento caótico de una megalópolis como Lima. Un vendedor ambulante de salchipapas y hamburguesas, es decir, un personaje que podría haber salido de las estampas costumbristas de Pancho Fierro, la emprende a tiros contra sus fiscalizadores municipales. De golpe se rompe el hilo conductor con la Lima de antaño.

Acto seguido, Romero, quien portaba dos pistolas, se dirige al centro empresarial y financiero de Independencia. No es casual esta decisión. Es un lugar concurrido, cierto, pero es evidente el simbolismo de riqueza y consumo que representa el Royal Plaza. Todo aquello que Romero Naupay –como tantos otros jóvenes peruanos– anhelaba, se encontraba concentrado en ese lugar prohibitivo para sus medios económicos.

Es imposible, con tan pocos datos, adentrarse en los molinos de la mente del asesino. Lo que sí podemos es adelantar algunas presunciones como la ya señalada. Ese punto de quiebre en donde la dureza de la existencia quiebra las defensas endebles de una mente frágil, a merced de un narcisismo mortífero y alienado. Literalmente. Eduardo asumía la identidad, en su página de Facebook, de un sicario colombiano –sus allegados le decían “parcero”– y reivindicaba la imagen desafiante de “Jerald” Oropeza en sus días de gloria.

Siendo él de Huánuco se hacía llamar “gringo” y posaba como un temible prospecto de asesino en serie. Como en los juegos de video a los que era aficionado, hay un momento en que se desvanecen las fronteras entre la realidad y los fantasmas. A eso se le conoce como la “desrealización”.

Por eso, quienes lo vieron en su trayectoria de muerte a víctimas elegidas al azar en su mayoría, describen a un sujeto tranquilo, no exaltado ni poseído por la ira. Su otro Yo estaba al mando y sus órdenes eran las de matar a quien se le cruzara en el centro comercial. Como si fuera el Desmond Miles de Assasin’s Creed.

La pulsión de muerte trabaja así, en silencio. Por eso sus familiares y amigos afirman que se trataba de un sujeto tranquilo, a quien nunca imaginaron como un asesino al estilo de los crímenes en masa de los EEUU.

La soledad de un vendedor ambulante imbuido de sueños de gloria, aunada a una personalidad desestructurada, portadora de armas de fuego, es una combinación letal. El ataque a los transeúntes del Royal Plaza es un aviso de lo que bien podría constituir un punto de inflexión en la ciudad.

Este es un problema de salud mental pública, por supuesto. Sin embargo, sería engañarse pretender que eso es todo. Es la inserción de esas patologías psicopáticas y psicóticas, narcisistas y depresivas, en un entorno excluyente, despiadado y discriminador, la que engendra esos heraldos negros que nos manda la muerte.

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