Sociosofía de José Ángel Bergua. Por Andrés Ortiz-Osés

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Fuente: Fratría de Andrés Ortiz-Osés

Sociosofía

01.04.17 | 15:14. Archivado en Meditaciones

El sociólogo José Ángel Bergua Amores de la Universidad de Zaragoza publica en Anthropos “Sociosofía”, un librito intrigante entre lo popular y lo espiritual, lo exotérico y lo esotérico, lo simbólico y lo imaginario. Su propósito es proyectar una sociología autocrítica que pasa del mero saber funcional a una sabiduría tradicional, asumida desde una perspectiva posmoderna. Sus referencias van del taoísmo al hermetismo, de Heidegger a García Calvo, de Durkheim a Guénon.

Especial interés reviste en el libro un acercamiento a lo popular del tipo 15-M español del 2011, pues no en vano nuestro autor colabora con la formación de Podemos. Es pues una especie de manifiesto a favor del pueblo y de lo popular instituyente frente a su alienación instituida, apuntando a una postdemocracia radical de signo anarcoide pero espiritual, como veremos.

Ahora bien, ¿qué o quién es el pueblo? El pueblo aquí es el socio y lo social, la gente y lo común, frente al sujeto individualista del capitalismo abstractoide. El autor interpreta el ser heideggeriano, con ayuda de García Calvo, como la posibilidad abierta de lo social, caracterizado por la libertad o liberación frente al ente cósico o reificado, un ser captado por la experiencia directa o inmediata y no mediata del pueblo y lo popular inmanente, frente al “atractor trascendente” del Estado. En efecto, contra la jerarquía del Estado instituido homogéneamente, el profesor José A. Bergua propugna el logos instituyente de la alteridad y la heterogeneidad. El Estado patriarcal debe ceder su hegemonía a la emergencia de las nuevas fratrías, y su encarnación de la hermandad o fraternidad, a modo de “soldaridad” (palabro que no remite al soldado ni al sueldo, sino a la soldadura de la solidaridad).

Y bien, aparecen aquí algunos interrogantes por nuestra parte. La interpretación del ser heideggeriano como lo social no deja de ser interesante, aunque sería mejor traducirlo como la potencia implícita o implicada frente al poder del ente y su patencia explícita, o bien como el sentido existencial frente al sinsentido… colectivista. En ello Heidegger coincidiría con la crítica de Ortega y Gasset a la gente y lo colectivo impersonal, en nombre del hombre como persona autónoma.
Esto nos lleva a la consideración del pueblo y lo popular interpretado como la gente y lo social. En realidad la gente viene del latín “gens”, que significa el linaje o familia. En la Grecia arcaica el derecho de la gente implicaba el clan familiar, el parentesco de sangre a modo de derecho natural de origen matriarcal. Posteriormente este derecho natural o matriarcal se decanta como un derecho meramente político y patriarcal de carácter estatal. Así entra en la legislación romana, en la que la gente ya no es el clan sino el pueblo político (populus). Finalmente con el cristianismo el pueblo de la gente es el pueblo de los gentiles asumido por Jesús en su Evangelio y posteriormente por el universalismo de san Pablo. En pleno Renacimiento será Jean Bodin quien interprete el derecho de la gente como un derecho humanitario en sentido moderno.

Pero en el librito que comentamos la gente se confunde con el pueblo y lo popular, entendido como un pueblo no político, general o abstracto, en el sentido romano (populus), sino con un ribete clánico en el viejo sentido griego de la gente como perteneciente a un linaje, estirpe o familia. Pero ello conlleva el peligro de convertir las fratrías populares o del pueblo en reductos cuasi tribales. Esta perspectiva cuasi romántica tiene el peligro de recaer en un populismo que considera tales fratrías no de un modo abierto y universal (o mejor unidiversal), al modo socrático-cristiano, sino cerrado o encerrado clánicamente. Este paso de las fratría abierta a la cerrada puede escenificarse hoy en el traspaso del régimen de Obama al de Trump, o entre nosotros simbolizarse en las figuras respectivas de Errejón y Pablo Iglesias en Podemos.

Sin embargo, el autor trata de superar esta versión tribal del fratriarcado o fratriarcalismo abriendo lo social al Espíritu. El cuerpo societario se abre al alma de la sociedad, y finalmente al espíritu social, que el autor inspirándose en Durkheim considera lo más sagrado. De esta guisa, el presunto populismo se sutiliza en una espiritualidad que trasciende la materia y todo materialismo, de acuerdo con el Corpus hermeticum y la filosofía de Ken Wilder y H.Corbin (aunque estos no sean concitados en este libro).

El espíritu es denominado por los gnósticos Sofía o Sabiduría, una sabiduría que nuestro autor adscribe al animismo y el politeísmo, posteriormente esclerotizada por el monoteísmo, excepto en la clave mística tipo Maestro Eckhart. José A.Bergua trata así de abrir lo social a lo sagrado directamente y sin mediaciones, intuitiva y transracionalmente. Pero sería mejor hablar de “contuición”, que es una intuición simbólica, ya que el símbolo es la mediación de la inmediatez.
Finalmente el libro acude a la magia y la analogía para mostrar que todo está conectado con todo, atacando todo dualismo hasta arribar a la no-dualidad de signo oriental. El Uno-Todo acaba engullendo toda distinción y diferencia, aunque al precio de recaer en la indiferencia (final).

Ahora bien, frente a dualismo y adualismo, nosotros propugnamos una “dualéctica” de contrarios, porque la realidad es dualéctica: orden y desorden, necesidad y azar, divina y demónica. El hombre cohabita esa mediación de los contrates precisamente para su remediación simbólica y real. Así que entre el pueblo o lo popular y el populismo se sitúa el hombre y su cultura pop (en su más amplio sentido), la cual intermedia simbólicamente el cuerpo material y el espíritu sutil, a modo de alma mediadora y donadora de sentido humano. En donde el alma y lo anímico fungen de nexo afectivo existencial entre lo impuramente material y lo puramente espiritual.

 

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