Fuente: La República

No, a la universidad no se va solo a estudiar. Con la toma de San Marcos a cargo de un sector de estudiantes que protesta contra los cobros indebidos, amagos privatizadores y otras irregularidades de la administración, hemos vuelto a oír voces llamando vago al estudiante que se manifiesta. En un país en el que hasta besarse en la Plaza de Armas es ilegal, cunde el pánico ante el “ilegal y violento” acto de tomar un campus para hacerse oír, se criminaliza la protesta y se acusa a los estudiantes de estar “politizados”, como si la política no fuera parte también de la vida académica y, haciéndolo, reviven la campaña sucia del fujimorismo, en la que sanmarquino era sinónimo de terrorista.

Te voy a contar lo que es violento y poco pacífico: el régimen intervino las universidades públicas, metió los tanques, reprimió y persiguió alumnos, como si todos fueran senderistas. Los estudiantes organizados marchando por las calles de Lima para señalar las constantes violaciones constitucionales del gobierno, mientras los medios comprados se callaban todo, pusieron en jaque a Fujimori y Montesinos. Eran una amenaza para sus fines. Y por eso allanaron claustros, raptaron estudiantes, los torturaron y asesinaron. La universidad ha sido siempre peligrosa para los fascismos, detrás de sus muros hay seres pensantes y críticos, no zombies mirando una pizarra. Lo es porque es un espacio para el debate, para respirar humanismo, para construir ciudadanía, nuestra escuela de activismos. La universidad no es solo un sitio donde se va a estudiar. Se va también a aprender a ser sujetos de derecho. A comprender el tipo de país que somos y a elegir el lugar que queremos ocupar en la historia. Y, si hace falta, se va a tomarla, a recuperarla de las manos de corruptos y tiranos. No hay nadie tan peligroso como ese que señala a la universidad con el dedo y pide la bota.

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