LA LÓGICA DE LOS PSEUDO-INTELECTUALES. Por Maximiliano E. Korstanje

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Fuente: La Nota Sociológica

Michel Foucault sugiere que el papel del intelectual “consiste en enseñar a la gente que son mucho más libres de lo que se sienten, que la gente acepta como verdad, como evidencia, algunos temas que han sido construidos durante cierto momento de la historia y que esa pretendida evidencia puede ser criticada y destruida. Cambiar algo en el espíritu de la gente, ese es el papel del intelectual”

Tecnologías del yo; verdad, individuo y poder

La ideología es un sombrero, un traje que nos hace impermeables a la realidad, nos ciega de tal manera que pensamos en nuestra realidad como la única, la mejor, la posible. Todos -en alguna medida u otra somos más o menos proclives a la ideología. No obstante, el problema se da cuando los intelectuales embriagados de poder y los políticos de intelectualidad se funden en una nueva figura: el pseudo-intelectual.

Estos personajes aniquilan los buenos sentimientos o intenciones que puedan tener otros políticos por imposición de la vacuidad. La vanidad y el orgullo son la perdición del equilibrio mental. La política puede proveer una profesión loable siempre y cuando no se mezcle con el campo de la Filosofía o la intelectualidad en general. Ésta última debe ser ajena a cualquier manipulación ideológica o por lo menos debe intentar ser independiente. A diferencia de los intelectuales que no buscan (o no deberían) un crédito político sino la interpretación de los hechos [rigurosa y sistemáticamente], los pseudo-intelectuales buscan por medio de su verdad imponer, disuadir y ejercer poder sobre otros. Utilizan tesis y teorías del campo de lo social para sus propios intereses. Mas detrás de éstos, se esconde solo el egoísmo y la paranoia de quien domina.

Si el intelectual basa sus observaciones en un supuesto de objetividad, el pseudo-intelectual busca confrontar para que su verdad sea la única condición posible. Para ello vinculan personas por sus características o perfiles en vez de debatir y criticar sus ideas. Por ejemplo, buscan hechos conspirativos que vinculen a varios de sus detractores con el fin de reforzar sus propias ideas. En razón de tal acto, ellos consideran que las personas son más importantes que sus ideas. Veamos el siguiente ejemplo, es como si en un Congreso de filosofía alguien objetara una tesis de algún profesor sobre Hegel aduciendo que esa persona tiene problemas con la bebida. Ello conlleva a pensar que, si el intelectual sólo se dirime en el mundo de las ideas confrontando y batallando con otros intelectuales por sus ideas, el pseudo-intelectual batalla con las personas para imponer sus ideas. En consecuencia, nunca asume su propia culpa por el destino. Éste se presenta como ajeno a su responsabilidad, como impuesto por una oligarquía siempre corrupta que ha perjudicado a la historia del país.
En pocas palabras, su lógica bipolar es incapaz de conseguir el diálogo pues basa su realidad en una lucha mítica conflagratoria, en general anclada en el pasado, entre el bien y el mal. Bajo la lógica del amo y el esclavo, el pseudo-intelectual busca en la victimización el instrumento perfecto para la sumisión, no permite la alteridad de hecho, aunque se llena la boca de discursos multiculturales. Si el Intelectual acepta la crítica y busca el error como una forma de validación de sus propios postulados (en la forma hegeliana clásica), el político pseudo-intelectual no acepta la disidencia, pero se nutre de distinguidos términos, utilizan vocablos complicados, una excelente dicción para convencer, es retóricamente perfecto pero sus dichos son falacias carentes de significación.
Por lo general, dichos grupos recurren a la censura no de la manera clásica sino por sobre exposición. Si en el período de la “Edad Media” la censura se realizaba sobre el cuerpo y las obras de los intelectuales que pensaban diferente a la Iglesia Católica por medio de la imposición del castigo, en la actualidad, los pseudo-intelectuales se conforman con utilizar el debate como método de dispersión. La sobre-exposición de información a la cual todos o casi todos los ciudadanos modernos estamos expuestos, nos habla de una censura inversa por exceso de información. Si hoy tomamos Google o Internet y tipeamos el Nombre Karl Marx seguramente aparecerán 400 millones de registros sobre las obras de Marx. Ello seguramente ajustará nuestro universo cognitivo a los primeros diez y seguramente habremos olvidado los restantes 399.999.990 restantes.  Los pseudo-intelectuales juegan con la sobreexposición tornando el debate sobre temas que no son importantes para la sociedad. Desvían la crítica sólo a cuestiones de segunda o tercera categoría que lleva a sus adeptos hacia una embriagante falta de dicotomía.
Por lo demás, acusan y acusan sin culpa, considerándose privilegiados con el don divino de poder terminar una tarea que ha quedado inconclusa. Consideran a sus críticos lacayos “del poder imperial”, o de una aristocracia fabricada que sirve a sus estrategias políticas. Crean enemigos “externos y chivos expiatorios” con el fin de no perder poder […]. Incluso, en ocasiones, estos nefastos personajes acumulan poder gracias a la entrega de jóvenes románticos y políticos bienintencionados […]. Los pseudo-intelectuales no entienden de negociación como así tampoco de puntos intermedios, para ellos las cuestiones políticas son “todo o nada”, la gloria o la destrucción total”. Hace muchos años pregunte a uno de mis maestros, ¿Cómo darme cuenta si estoy frente a una dictadura?, él (pacientemente) me respondió, cuando veas a un grupo acusar con el dedo a otro, enjuiciarlos y condenarlos a todos sin excepción, estarás en presencia de un gobierno autoritario.

En Latinoamérica durante las décadas del 70 al 80 se sucedieron una serie de golpes de Estados que culminaron con miles de disidentes desaparecidos. Esta parte oscura de la historia es innegable. Latinoamérica ha tenido su propio holocausto. Desde el punto de vista de los acusados de perpetrar crímenes de lesa humanidad se puede observar desparpajo, falta de arrepentimiento y un supuesto discurso tendiente a legitimar lo hecho. Desde su discurso, los crímenes cometidos se justificarían debido a una supuesta guerra civil entre dos grupos, uno de los cuales se ocultaba en el seno de la sociedad, era en términos castrenses clásicos, invisible en el campo de batalla. Claro que según los códigos de Guerra y los estatutos castrenses, los prisioneros deben recibir un trato humano, ser previamente declarados y restituidos a su bando en caso de amnistía o una vez finalizado el conflicto. Esta parte parece quedar en el olvido para quienes defienden a los “militares enjuiciados o sospechados de haber incurrido en desaparición forzosa de personas”. Queda difusa la cuestión de fondo que se está realmente discutiendo cuando se enjuicia a un “criminal de guerra”. El discurso ideológico desdibuja las causas del crimen por los motivos que llevaron a ese criminal a cometer esos actos. Lo extraño parece ser que por el otro lado tampoco parece haber mucha cordura. Una de las características de la justicia humana no está asociada a que el acusado siempre sea condenado, sino precisamente a que el proceso sea falible, es decir que de 10 acusados 2 puedan salir absueltos. Caso contrario estaríamos en frente de “una cacería de brujas”.

Los derechos humanos pueden ser una formidable arma política de miedo y adoctrinamiento interno. El filósofo esloveno Slavoj Žižek no se equivoca cuando sugiere que una de las cuestiones más paradójicas de la historia, es ver como las víctimas se transforman en victimarios. Precisamente, en el odio de todo lo que el enemigo representa, implícitamente terminan reforzando su espíritu. Casi en forma idéntica a una posesión. El espíritu del victimario pasa de dominador a dominado con mucha facilidad. Si bien cambian los actores, en el fondo, el problema parece ser el mismo.

¿Después de todo, los grandes dictadores no han subido al poder denunciando aquello que estaba mal en su época sino también pregonando la unidad y la paz (algunos de ellos por vía democrática)? Como denunciara hace años Arthur Schopenhauer, el político tiene cierta propensión a manipular los frutos de la sapiencia a su favor, y en efecto, el intelectual muestra también cierta tendencia a verse fascinado por el poder.

Edición: Redacción de La Nota Sociológica.
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