Memoria y sanación. Por Gonzalo Portocarrero. Sociólogo

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Fuente: El Comercio

“Quien escucha a sus padres y abuelos, siente los agravios que sufrieron como si fueran propios”.

Rolando Pinillos

(Ilustración: Rolando Pinillos Romero)

“En una sociedad embotada por el racismo, lo que le pudiera suceder a los indígenas amazónicos no era algo que despertara la solidaridad ciudadana entre los peruanos”.

El documental “Historias del caucho en la Amazonía peruana” apuesta a recuperar la memoria del genocidio sufrido por muchos pueblos amazónicos por obra de los barones del caucho a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. En la década de 1870, comenzaron a descubrirse la infinidad de aplicaciones que tenía el jebe de este árbol silvestre en la industria moderna. Los altos precios hicieron que su recolección fuera muy rentable. 

Surgieron entonces, en Brasil, el Perú y Colombia, empresarios que se encargaron de organizar la exportación. El paso clave para el crecimiento de la extracción fue esclavizar a los indígenas, convertirlos en recolectores forzados del caucho. Y lo decisivo fue la violencia y el terror. Cada trabajador tenía asignada una cuota a entregar. Si no la lograba cumplir, los castigos eran terribles: azotes, seccionamiento de un brazo o una pierna o, finalmente, la pérdida de la vida misma.

Los indígenas nunca contaron con el apoyo del Estado Peruano, cuyas autoridades (jueces, gobernadores, policías) tendieron a ser cómplices de los barones del caucho. Invadidos por la ambición de los caucheros, los indígenas, sin armas modernas ni la malicia como para descubrir las intenciones de las empresas, se dejaron avasallar en un trato que se fue volviendo más cruel cuanto menor era su capacidad de defenderse de los caucheros.

Nunca hubo sanciones para los criminales, de manera que el negocio continuó, floreciente, hasta que los precios del caucho cayeron drásticamente por la entrada en producción de plantaciones británicas en el sudeste asiático. Entonces, el negocio perdió rentabilidad y la producción disminuyó drásticamente.

En una sociedad embotada por el racismo, lo que le pudiera suceder a los indígenas amazónicos no era algo que despertara la solidaridad ciudadana entre los peruanos. Definida la Amazonía como un territorio vacío, los indígenas eran vistos como (casi)animales que tendrían que ser civilizados gracias a la imposición de la cultura criolla-occidental.

Todo esto es historia relativamente sabida. Pero lo que era apenas conocido es el impacto que la esclavización y la explotación tuvieron en las diferentes etnias indígenas. Gracias al documental de Wilton Martínez, basado en testimonios de ancianos y antropólogos, y en archivos fotográficos y fílmicos, nos acercamos al significado que tuvieron –y siguen teniendo– estos acontecimientos para las familias agredidas por el colonialismo cauchero.

La manera en que se atesoran y comparten los recuerdos hace sentir que los abusos hubieran ocurrido ayer, y no hace más de 100 años. Resulta muy conmovedor escuchar a los hijos de los sobrevivientes, pues transmiten el sufrimiento de sus padres de manera que a través de la compasión y el horror lo hacemos un poco nuestro. Nos identificamos con ellos.

La narrativa del filme tiene como protagonistas a los hijos y nietos de los indígenas torturados o asesinados. Para los descendientes, escuchar nuevamente estas historias puede resultar un suceso traumático. Son hechos que no se pueden olvidar pero que tampoco se comprenden. Son los pilares de una memoria que los identifica como indígenas amazónicos.

Quien escucha a sus padres y abuelos, siente los agravios que sufrieron como si fueran propios. La continuidad de la conciencia étnica pasa, de padres a hijos, por asumirse como víctimas de una feroz injusticia y de una falta absoluta de solidaridad de parte del resto de la sociedad peruana. En cambio, el que no quiere escuchar, quien desea olvidar, tiene abierto el camino de la deculturación y el individualismo. El problemático desenraizamiento y la falta de referentes para saber quién es uno.

Qué importante hubiera sido que todos los peruanos conocieran las memorias del caucho. Si este fuera el caso, es muy probable que la insurrección senderista hubiera tenido un desarrollo menos sangriento. Pero en el Perú es difícil aprender, de manera que, en la represión del terrorismo de la década de 1980 volvieron a actuar los estereotipos racistas en torno a la insignificancia de las vidas indígenas.

En el Lugar de la Memoria se tiene que ir construyendo, poco a poco, una gran narrativa que articule los relatos de lo acaecido en el período 1980-2000. Una garantía para que algo así no pueda repetirse.

Asusta mucho el nivel de sadismo al que podemos llegar hombres y mujeres. “Historias del caucho en la Amazonía peruana” nos lleva al abismo de muerte e inhumanidad todavía tan característico de la sociedad peruana, a sus discriminaciones étnico-raciales, su capacidad para reproducir traumas, en lugar de enfilarse, mediante el recuerdo y comprensión de lo injurioso, hacia la reconciliación y el olvido.

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