Uber y Cabify o atracarnos a nosotros mismos. Por Juan Carlos Monedero

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Fuente: Público – Comiendo Tierra

Cuando era niño era común entrar en un bar y en vez de un vaso de agua te daban un vaso de sifón, una cortesía del Madrid castizo y amable. La distribuidora de Schweppes, la de la tónica, empezó a regalar en promociones cajas de botellines de soda. Los taberneros aceptaban el regalo y se ahorraban comprar sifones. El resultado temprano fue que las casas embotelladoras de sifones quebraron. Hoy, una botella de soda vale lo mismo que cualquier refresco. Y pedir un vaso de agua del grifo en un bar de Madrid, Sevilla o Barcelona te convierte en un roñoso que no quiere pagar un euro y medio por un botellín de agua envasada en plástico no reciclabe. Ahora van a por los taxis.

Nadie da duros a peseta. Nuestras sociedades están organizadas por la búsqueda del beneficio guiada por el mercado. Y aunque haya cretinos que leviten con la oferta y la demanda como guía universal, desde que el mundo es mundo o se regula el mercado o termina convirtiendo la sociedad en un zoco donde tu vida vale lo que puedas pagar por ella. Eso no significa que lo tenga que regular el Estado. Significa que haya regulación, la haga el Estado, la comunidad o las propias reglas de la economía. Para que el león no se coma a los débile y encima le vayan a rendir pleitesía como rey de la selva.

Al final, algo que forma parte de la construcción colectiva -el transporte- se ve invadida por depredadores a los que les interesa solamente ganar dinero. El transporte está regulado por los municipios y los taxistas trabajan para vivir, no viven para trabajar. Donde eso no pasa, el problema no es del taxi, sino de estados débiles incapaces de hacer su tarea de regulación. Si en algunos lugares el taxi se convirtió en un espacio desagradable, abusivo en incluso peligroso, falló la ciudadanía reclamando un transporte de todos. En España existe el problema añadido de una cultura heredada del franquismo que nada ha ayudado al sector, de la misma manera que la existencia de empresarios con muchas licencias rompe la lógica del empresario autónomo que debe regirla. Pero los problemas del taxi no son solamente de los taxistas. Son también nuestros, igual que el urbanismo, la apertura de centros comerciales o la creación de parques y escuelas infantiles.

Uber ha encontrado buen acomodo en capitales latinoamericanas donde el Estado prácticamente no existe y el taxi se había convertido, abandonado a su suerte, en un transporte desesperado para gente humilde controlado por el hampa de los que manejan flotillas. De la misma manera, en Estados Unidos estas compañías funcionan con comportamientos antisindicales, con jornadas interminables que no sirven ni para llegar a mitad de mes. Uber hace su agosto en el Far West y cuando quieres darte cuenta, son los dueños del hotel, del saloon, del banco, de tus tierras y del sheriff.

Uber y Cabify buscan en España esclavos con los que hacer quebrar el taxi. A ellos les sale gratis. Luego, en esa selva, los perjudicados seremos todos. Una vez que desaparezcan los taxistas, que se disipe la regulación de precios y servicios y la idea del transporte como un bien colectivo, harán de nuestra necesidad lo mismo que hicieron con la vivienda o con cualquier otra cosa donde los carroñeros ponen sus capitales salivando por los máximos beneficios cada trimestre. Montarse en un coche de Uber o de cualquier plataforma de este tipo no solamente es pan para hoy y hambre para mañana: es tirar piedras sobre nuestro propio tejado. Estas empresas se las arreglan para que las declaraciones de impuestos les salgan negativas y les interesa un carajo hacer dinero aquí o en Tegucigalpa, con taxis o con semillas, porque para ellos los países son solamente oportunidades de negocio. Usar Uber es comprensible. Como lo es comprar ropa hecho con trabajo esclavo, contratar a alguien sin derechos ni apenas salario o desentendernos de la suerte de las personas subcontratadas. El sistema nos tiene a todos jodidos, pero siempre hay alguien por debajo de quien aprovecharnos de esa lógica de humillación. Es comprensible, pero convierte la sociedad en un infierno. En una sociedad de mercado, de todos en lucha contra todos, de todos comportándonos entre nosotros como si fuéramos meras mercancías la convivencia se rompe y la vida se hace posible solamente bajo vigilancia. Precisamente lo que ocurre en países como México donde Uber tiene tanta implantación.

Estas compañías viven en buena parte de mentir (la publicidad no deja de ser eso). Se quedan con una parte esencial del trabajo de los conductores simplemente porque aportan una plataforma. Vamos, que son unos vivos. Se las arreglan para sortear los impuestos, las obligaciones sindicales, los seguros, las condiciones laborales. Y en el camino, nos destrozan la idea del transporte como un bien público. Y nos dicen que su economía es colaborativa. Mentira: su economía es voraz y depredadora. Como todo lo que no está regulado en este mundo global donde los mafiosos están tan seguros de sí mismos que van vestidos de mafiosos y los fiscales anticorrupción tienen empresas en Panamá. Tú verás en qué carro te montas.

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