¿Esto es todo, PPK? Por Eduardo Dargent

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Fuente: La República

Foto: PPK. La República

Pasado el verano de huaicos, se va diluyendo la imagen de cercanía y empatía del gobierno con la población lograda en esos meses. Se ha vuelto a las dinámicas que caracterizaron el primer semestre del presidente Kuczynski. Es difícil saber, tras casi un año de gobierno , cuáles serán los temas en que PPK invertirá su capital político, cuáles quiere que sean sus legados. Un mensaje que parecía más claro el 28 de julio se ha diluido en el ejercicio del poder. La pregunta que queda es si este será su estilo hasta el 2021 o si habrá sorpresas que mostrar.

Si es lo primero, son malas noticias para un país ya acostumbrado a gobiernos que pasan sin construir plataformas de reforma. Difícil sorprenderse que un gobierno de PPK, tan noventero en muchos sentidos, no hiciera suyas políticas de diversificación productiva y no se entusiasme con programas sociales. Pero algunas agendas de reforma debían tener y saber transmitirlas. Para eso se gobierna.

De haber autocrítica al interior del gobierno. Una primera conclusión de este año debería ser que la agenda del destrabe y la simplificación administrativa, la marca política por la que se apostó, no entusiasmó. Nadie discute que hay en estas reformas temas muy importantes y positivos para el ciudadano. Pero el tema dista mucho de marcar políticamente la cancha, de proponer un rumbo de conducción de un país e involucrar a los ciudadanos. En momentos, además, en que mantener la aprobación presidencial era clave para tener tranquila a una oposición mayoritaria. La parte del destrabe en infraestructura, para colmo, ha venido con costos colaterales y ha reforzado la imagen de cercanía empresarial, una de las principales debilidades del gobierno y riesgo de acusación permanente.

Hoy cuesta responder cuáles son las reformas por las que se juega el gobierno. La más urgente, la policial, parece en manos solo del sector. Sus logros y avances no son parte de un discurso concertado y explotado políticamente por el Presidente. Ahora, además, está amenazada por el Congreso, donde el fujimorismo (para variar) es el vocero de quienes resisten los cambios. Sin una estrategia que involucre a todo el gobierno, el proceso puede paralizarse.

¿Y qué más? Algunas reformas del anterior gobierno que se mantienen, a mi juicio esenciales para el desarrollo institucional, han perdido relevancia en la agenda pública (servicio civil, por ejemplo). Y las nuevas, como el intento de ordenar el SIS, al parecer duran poco. Hay temas interesantes en algunos sectores, pero alejados de la discusión pública y por ello, frágiles. Ministros de mejor evaluación y con capacidad de comunicación no son aprovechados para construir una narrativa de gobierno que entusiasme. Resumiendo, más inercia que cambio.

Por supuesto, no es solo un tema de voluntad. La amplia mayoría fujimorista no ha sido solo obstruccionista en varios temas. Además, al carecer de una agenda de reforma, ni siquiera sirve para presionar al gobierno en esa dirección o para fiscalizar constructivamente los procesos en curso.

También hay un problema que hace más difícil construir agendas de cambio: una televisión abierta que concentra su interés político en denuncias y peleas. El que no haya política en la televisión no es solo consecuencia del desinterés de la población; es también causa. ¿Usted ha visto a un ministro o ministra hablar por más de quince minutos sobre su sector en televisión abierta, como pasa a veces en el cable? Pero no es excusa, esa era la cancha en que se jugaba.

Mantener este estilo no necesariamente llevará a la caída del gobierno. El peligro del fujimorismo matón en el Congreso es una realidad, pero es también probable que la dinámica gobierno-oposición observada este primer año se mantenga. De continuar este rumbo, sin embargo, tendremos otro pésimo resultado: un tránsito intrascendente por el gobierno, uno más. Y sin un horizonte claro de reformas que permita mostrar a la población algunos logros compartidos, se incrementa la insatisfacción, aumenta la distancia entre élites políticas y ciudadanía, y se vuelven más atractivos los demagogos.

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