Ni radicales ni prejuiciosos. Eduardo Dargent

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Fuente: La República


Foto: La República

Desde hace meses, pero con más virulencia en las últimas semanas, los voceros de un sector de la derecha construyen una caricatura política: el Antifujimorista, un actor irracional y antidemocrático que arrastra al país al abismo por su odio a Fuerza Popular. Los radicales antis que participan en el gobierno, además, serían los que empujan al Presidente a un conflicto suicida con el Congreso Naranja.

En su versión más moderada esta derecha presenta al choque entre Ejecutivo y Legislativo como el conflicto entre dos irresponsables fuerzas equivalentes. Para el sector más duro, sin embargo, el Fujimorismo sería más una víctima respondiendo al agravio de los radicales. La receta para terminar el conflicto pasaría por echar a esos antis del gobierno y establecer un pacto de gobernabilidad, algunos hasta piden cogobierno. El indulto a Alberto Fujimori se presenta como un razonable gesto de paz.

Esta versión tiene dos grandes problemas. Primero, que es totalmente falsa. Un gobierno débil, que se mete en problemas con la oposición más por la boca floja del Presidente que por ataques reales; un gobierno lleno de funcionarios que podrían haber sido ministros de Keiko donde los asesores son en amplia mayoría buenos amigos del régimen noventero, sería según estas versiones antifujimorista. Por favor. Este gobierno tiene de antifujimorista tanto como PPK tiene de caviar o comunista.

Una mirada más realista vería que más que dos fuerzas equivalentes hay un gobierno débil y dubitativo, de avances y retrocesos, que no sabe cómo enfrentar a un movimiento que tampoco tiene claro lo que quiere. Impertinencias, como hablar del indulto cuando nadie lo mencionaba o pechar al Congreso sin estrategia alguna, son los errores del Presidente. Pero en la canasta de puntos para la crispación el Congreso lleva amplia ventaja, si no se reconoce ello y más bien se presentan culpas equivalentes difícil avanzar hacia una solución de fondo para los próximos cuatro años.

Pero no es solo falso, es además arrogante caricaturizar como irracionales temas que van mucho más allá del odio y la revancha. Esta versión evade reconocer las múltiples razones que están detrás del rechazo al Fujimorismo. En su tesis doctoral Carlos Meléndez muestra cómo hoy una parte importante de ciudadanos se aglutinan en una identidad antifujimorista, en un claro “mal mayor”, que reúne a sectores que difícilmente estarían de acuerdo en muchas otras cosas. Pero ese anti no es gratuito, se basa en distintos valores y principios que se oponen a la trayectoria Fujimorista: preocupaciones institucionales y de derechos humanos, rechazo a sus recetas económicas, críticas centralistas, entre otras. De ese combo diverso sale ese 51% que inclina la balanza contra Keiko.

¿Son prejuiciosos estos sectores? Fuerza Popular no solo ha evitado un quiebre con su pasado, sino que en campaña mostró un lado prepotente. Y hoy lo sigue haciendo. Lo sucedido en el Congreso con Jaime Saavedra, el tono de las interpelaciones, la parcialidad al momento de nombrar altos cargos y sus propuestas de ley sobre libertad de expresión, avivan la convicción de que no han cambiado. No son prejuicios, entonces. Para buena parte de la población son realidades cotidianas

Piénselo. Tan fuerte es ese sentimiento de rechazo que llevó a la amplia mayoría de ciudadanos del sur en la última elección a votar por el candidato más limeño, más de derecha y más lejano a sus preferencias económicas. Y el 2011 un buen contingente de la clase media prefirió a la economía de Humala que al Fujimorismo. No es poca cosa.

Cualquiera que conozca la historia sabrá reconocer que partidos que ganan elecciones y son populares no siempre son fieles a la democracia.

Una cosa es respetar la legitimidad electoral del Fujimorismo y otra no reconocer sus excesos, deudas y carencias. Si bien se necesita diálogo para superar los impases que vienen dañando a gobierno y oposición, se avanza muy poco en soluciones aceptables si se insiste en un diagnóstico errado que lava la cara a Fuerza Popular, le ahorra gestos democráticos, e invisibiliza a buena parte de la ciudadanía. Es más su agenda que la agenda del Perú.

Fuerza Popular no solo ha evitado un quiebre con su pasado, sino que en campaña mostró un lado prepotente. Y hoy lo sigue haciendo

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