La Cantuta: ecos de una masacre que horrorizó al Perú hace 25 años. Por Airon Nelson López

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Fuente: La República

Testimonios. Raida Cóndor, Carmen Oyague y Gisela Ortiz recuerdan a sus familiares, quienes un 18 de julio de 1992 fueron secuestrados, torturados y asesinados por el Grupo Colina. Ellas cuentan cómo vivieron, hasta hoy, el difícil trance de perder a un ser querido sin que medie razón alguna.

En la madrugada del sábado 18 de julio de 1992, el Grupo Colinaintervino el campus de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, más conocido como La Cantuta, y secuestró a nueve estudiantes y un profesor.

Ingresaron al edificio del dormitorio de varones y retiraron de sus habitaciones a los estudiantes Armando Amaro (25 años), Luis Enrique Ortiz (21), Felipe Flores (25), Robert Teodoro (24), Juan Mariños (32), Heráclides Pablo (28) y Marcelino Rosales (28).

 

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Posteriormente fueron al pabellón de las mujeres, y sacaron a Dora Oyague (21), Bertila Lozano (22) y Norma Espinoza, quien fue liberada.

Al mismo tiempo, otros agentes detuvieron al profesor Hugo Muñoz (47). Este se encontraba en la residencia de docentes. En este relato Raida Cóndor, Carmen Oyague y Gisela Ortiz cuentan cómo han sido todos estos años sin sus familiares.

El tiempo es cruel

–Imagino que debe estar cansada de escuchar las mismas preguntas desde hace veinticinco años –le digo a doña Raida Cóndor, madre de Armando Amaro, uno de los universitarios asesinados de La Cantuta.

–Sí, y peor ahora que se habla del indulto –responde ella, y sostiene en el pecho la imagen de su desaparecido hijo.

Aquel día, el grupo paramilitar seleccionó a los que para ellos eran sospechosos de ser terroristas; pero años después, en el 2009, la Corte Suprema determinó que ninguna de las víctimas formaba parte de Sendero Luminoso; y que el ex presidente Alberto Fujimorifue el autor mediato.

–Con la desaparición de Armando, mi vida cambió bastante. Siempre cuido a mis hijos, los que me quedaron, pero en mi mente él siempre está primero –dice doña Raida.

Según recuerda, ella fue informada de lo sucedido por un amigo de él, rápidamente fue a la universidad y entró a la habitación de su hijo. Cuenta que conocía muy bien las instalaciones del campus pues usualmente lo visitaba.

–Dentro de mi ignorancia, decía “¿para qué fue a la universidad?”… Ese día, cuando lo matan, Luis me dijo: “¿qué hará mi madre?” . Y cuando mis hijos sueñan con él, le dicen: “salúdame a mi madre”; y él responde “cuiden a mi madre” –narra, sin poder evitar llorar.

Amor de madre

Carmen Oyague era la tía de Dora, pero la quería como una hija pues la crió en su casa desde que ella tenía 4 años. Cuenta que al principio era introvertida, que no hablaba mucho, pero que luego se fue soltando y que le encantaban los dulces que le preparaba.

–Esa noche yo soñé que ella me llamaba, y que se iba como por un túnel, con su vestido acampanado, que ella tenía. Se iba a cámara lenta y yo la llamaba. Entonces mi esposo me despertó porque yo estaba gritando –rememora Carmen, quién aún conserva intacta la habitación de Dora.

Días después, doña Oyague se enteró a través de las noticias de la relación de alumnos que habían sido intervenidos aquel 18 de julio de 1992.

Recuerda que no lo podía creer, hasta ahora. Casi sin permiso de sus familiares, pues sufre de asma, pasó días enteros en la calle buscando información. Recorrió hospitales, comisarías, la morgue y nada. No daba con su sobrina.

–Ese día, agarré el periódico y fui donde mi hermano y le dije: “¡Ya ves! ¡Por tu culpa! ¡Para que le aceptaste que se quede en la universidad!” . Ella era bien graciosa. Cuando era chiquita, a mi mamá le decía: “mamita, mamita, cuando yo sea grande te compraré tu carterita”. Ella creció acá y se crió con mis hijos como si fueran hermanos –cuenta, con la voz quebrada.

Durante los días que no tenía noticias del paradero de ella empezó a frecuentar las actividades del resto de familiares de las otras víctimas de La Cantuta.

–Para mí fue muy doloroso porque cuando ella llegaba del colegio o de la universidad, entraba saltando a la cocina diciéndome: “¿tía, hay cariño?” Le gustaba la mazamorra de fresa, de membrillo, de melocotón y yo le hacía. Desde el momento que ella desapareció ya no me gustaba hacer nada –cuenta.

Una nueva esperanza

Pese a tener casi nueve meses de embarazo, Gisela Ortiz, hermana de Luis Enrique, asistió a la última movilización en contra del indulto a Fujimori. Ella recuerda que él era bastante alegre, que le gustaban las fiestas y salir con sus amigos.

–Él paraba prestando sus cosas, su chompa, sus zapatillas, y yo le paraba reclamando. Le decía: “con todo el esfuerzo que le genera a mis papás enviarnos esto y tú paras regalando”. Porque él prestaba pero luego tenía vergüenza de pedir –dice Gisela.

Por esa época, ella estaba en el sexto ciclo de Literatura, también en La Cantuta. Dice que eran tiempos difíciles porque se vivía una huelga de maestros, y que esa situación de no tener clases los preocupaba, porque además ya estigmatizaban a los alumnos de ser terroristas.

–Las conversaciones con él, por esos días, estaban relacionadas a los problemas de la universidad. No sabíamos si iban a cerrarla o tendríamos que regresar a Chachapoyas. Y encima todo se sumaba porque ya convivíamos con los militares dentro del campus –rememora Gisela, quien hace unos días acaba de dar a luz.

Ella lamenta que durante esa época, a los estudiantes de La Cantutalos hayan tildado de criminales, y que usaran eso como pretexto para agredirlos física y verbalmente. Por eso, dice, cuando ocurrió aquella masacre, sintió mucha impotencia y tuvo que afrontar en soledad la búsqueda de su hermano Luis.

–Nosotros nunca estábamos en problemas. Yo decidí asumir una responsabilidad, que en otros momentos seguramente no lo hubiera hecho. Él era mayor que yo. Vivíamos solos acá. La única persona que podía buscarlo era yo, y así no exponer a mi familia que estaba lejos. La situación hubiese sido la misma si me hubiese pasado a mí. Yo soy una persona que tiene mucha fe y que creo en los milagros. Espero que el país entienda la gravedad de todo esto –indica, y agrega que no le puso ‘Luis Enrique’ a su bebé porque ya hay muchos primos y sobrinos que, en honor a él, tienen ese nombre.

Veinticinco años después, el resto de familiares de las otras víctimas aún se reúnen cuando hay eventos en los que se conmemora a los mártires de La Cantuta. Como en la última romería del pasado domingo en el cementerio El Ángel. Y es que dicen que “cuando un estudiante muere, nunca muere”.

Aún falta encontrar los restos de cinco de las víctimas

En abril de 1993, Justo Arizapana vio esconder en Cieneguilla unas bolsas. Y rápidamente lo asoció con lo sucedido un año antes en La Cantuta. Les pasó la información al entonces congresista Róger Cáceres y a la revista ‘Sí’, donde el periodista Edmundo Cruz escribía.

Los cuerpos que no aparecieron fueron los de Felipe Flores, Heráclides Pablo, Hugo Muñoz, Armando Amaro y Juan Mariños. De estos dos últimos, solo encontraron dos manojos de llaves que correspondían a ellos.

En el caso del resto de víctimas, solo encontraron algunas partes. Por ejemplo, en el caso de Bertilia Lozano se encontró los huesos de su pierna y su dentadura; solo el esqueleto de Luis Enrique Ortiz fue hallado completo dentro de un costalillo. Su cadáver estaba amarrado de manos y pies.

En el caso de Dora Oyague, la cadera, su cráneo y su fémur. Por otro lado, también se encontró otros restos humanos, pero no se pudo establecer a cuál de las víctimas correspondía.

Hoy, desde las seis de la tarde, en el frontis de Palacio de Justicia, los familiares de las víctimas de La Cantuta realizarán una vigilia.

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