¿Para qué se fundó la república? Por Jorge Basadre. Selección de Ernesto Yepes

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Fuente: La República

Foto: Jorge Basadre

La primera cosa que tiene que hacer toda auténtica juventud es aprender a no venderse. Nada más grave para el futuro y para la salud moral de una nación que las asambleas de pusilánimes y aprovechadores venales cuyo lenguaje común es tratarse mutuamente como respetables. No solo los políticos sino muchos grandes médicos y grandes abogados y profesores y aristócratas e intelectuales entran en esa lucrativa confraternidad.

El deber fundamental de un joven es el de la decencia substancial. Para construirla y sostenerla, ningún material mejor que la indiferencia necesaria para que las naturalezas subalternas importen poco. Hay que aprender a decir que no en contra de uno mismo. Será el mejor acto que se pueda realizar en un país enfermo de consentir.

Si el espíritu de la nueva generación predomina la tendencia a decir que sí, hay que sospechar que la decadencia colectiva es tremenda. Pero nada tan sencillo aparentemente y tan difícil de hacer bien y tan delicado para realizar con rigor, nada tan arduo que requiere tanto coraje como ser hombres de afirmación y no de mera negación.

Sobre las ruinas de lo que se niega, hay que fundar lo positivo. La verdadera calidad de un espíritu depende del modo cómo prolonga hacia adelante su pensamiento y su acción bien parado en los pies propios, adherido con garras a las verdades sólidas y esenciales contra todos los elementos contingentes de la existencia exterior, sin confiar más que en el fruto de la dedicación de la vida a una labor clara y humana.

Chesterton ha dicho: “Yo no sabía lo que entendía por libertad hasta que la oí designar con el nuevo nombre de Dignidad Humana”. Más que nunca en este instante del mundo es preciso construirse por dentro como una voluntad y como una aspiración de Dignidad. No hay mejor que aquel que logra poseer de las cosas, aun de las más temporales, una concepción intemporal.

Quien no se sienta capaz de ser religiosamente honrado en su soledad se condenará fácilmente a la perdición y por sonora que sea su creencia proclamada, por ruidosos que suenen los golpes que se da en el pecho, se entregará fácilmente a la individual rapiña y a todo lo peor con tal de que le otorgue poder.

Selección de Ernesto Yepes

y 2.

Hay quienes ven la historia republicana del Perú como una cueva de bandoleros o un muladar que solo merece desprecio o condena. Algunos, en cambio, se precipitan en su recinto para querer convertirlo en un santuario y venerar en él a los antepasados propios y ajenos. Y no faltan los que se embelesan, como ante un tesoro, ante el dato escueto.

Aquí se ha buscado, ante todo, comprensión, objetividad, coordinación, ensamble, sin odio para nadie y sin adulación para nadie, tratando de superar el atolondramiento, la vehemencia, el encono, la suciedad y la mezquindad, pagas de la vida criolla.

Al procurar que se haga la “toma de conciencia” de un pasado tan turbulento y tan escabroso y al mismo tiempo tan peruano como es el del período de la república en nuestra historia, se está buscando, en realidad, una forma de maduración nacional.

Tomar conciencia de la historia es hacer del pasado eso: pasado. Ello lleva a aceptarlo como carga de gloria y de remordimientos; pero implica, además, percibir que lo muerto, por el hecho de haber vivido en forma irrevocable, ya dejó de ser y hay que asimilarlo al patrimonio del presente.

Somos un producto del ayer y estamos viviendo en parte en lo que de él quedó al deslizarse para convertirse en presente, por todas partes nos rodea; pero a la vez tenemos que afrontar nuestra propia vida con sus propios problemas, como individuos, como generación, como pueblo, como Estado, como humanidad.

Los tres grandes enemigos del porvenir mejor son los podridos, los congelados y los incendiados. Los podridos han prostituido y prostituyen palabras, conceptos, hechos o instituciones al servicio exclusivo de sus medros, de sus granjerías de sus instintos, y de sus apasionamientos. Los congelados se han encerrado dentro de ellos mismos, no imitan sino a quienes son sus iguales, a quienes son sus dependientes, considerando que nada más existe. Los incendiados han quemado sin iluminar, se agitan sin construir.

Toda clave del futuro está ahí: Que el Perú no se pierda por la obra o la inanición de los peruanos.

Ernesto Yepes. Jorge Basadre: Textos esenciales. Fondo Editorial del Congreso 2004. pág. 535.

(Continúa mañana)

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