Anónimos constructores de la Nación. Por Manuel Burga, historiador

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Fuente: El Peruano

En los años 60, por la procedencia de sus alumnos, San Marcos era indudablemente una universidad nacional. 50 años después, el porcentaje de provincianos se ha reducido a menos del 5%. San Marcos, ahora, es aparentemente una universidad limeña, metropolitana, resultado de vidas que se cruzan en la enorme construcción de la Nación peruana.


Imagen: El Peruano

Mis alumnos de Metodología de la Historia, que acabo de concluir, son 18. Todos nacidos en Lima, de padres en un 95% nacidos en provincias, que ahora viven en distritos emergentes o pobres de la ciudad. Les pedí escribir una suerte de Ronda de Generaciones para ordenar los recuerdos de sus abuelos/abuelas, padres/madres y de ellos mismos, usando conceptos y herramientas del historiador. El resultado: hermosas historias de familias atravesadas por la historia de nuestro país.

La primera generación, los abuelos, en su mayoría, nacieron en provincias, en los años 40, y migraron a Lima en los años 60, muchos se asentaron en terrenos de invasiones. La segunda, la de los padres, nacidos en los 60, llegaron a Lima en los 70 y en los 80, empujados por los cambios puestos en marcha por el gobierno militar, que afectó haciendas, comunidades, costeñas, andinas y aun amazónicas. Algunos pasaron de la condición de camayos, siervos de haciendas, a provincianos inmigrantes en Lima.

Otros llegaron en los años 80, empujados por la violencia que provenía de todos los frentes, en realidad como refugiados en Lima, pero nadie les reconoció ese estatus. Buscaban sobrevivir, ocupando viviendas precarias de familias, amigos, luego terrenos de invasión, luchas que no les impidieron pertenecer a sociabilidades provincianas, donde encontraban amistades, pareja, que les permitían mitigar el desarraigo y establecer puentes con el terruño alejado. Muchos abuelos regresan o simplemente desaparecen de escena, mientras que los padres dedicaron sus energías a construir la casa, mantener la familia y, de vez en cuando, regresar al pueblo.

Los padres de 16 estudiantes no terminaron secundaria, pero sí primaria completa, alfabetos consecuentemente, a diferencia de los abuelos y abuelas. La universidad para sus hijos se vuelve equivalente a la casa propia familiar. Ingresar a ella, tener una profesión es la apuesta de la generación de los hijos y también de sus familias. La lucha actual, trabajar para estudiar, es tan dramática y agobiante como la de sus padres.

Un hecho notable que encontré en los bellos textos de mis alumnos es la figura lejana del abuelo y la abuela, con sus regiones, hablas, nombres propios y, a veces, palabras sabias que se desvanecen en una onomástica, manera de nombrar a sus hijos, notable, que no quiere nada con el pasado. Se nombra a los hijos mirando al otro lejano, a través de los medios, tomando los nombres extranjeros, extraños, inventando formas de escribirlos. ¿Es esta quizá una actitud deliberada para alejarse de sus raíces, sus memorias, el abuelo y la abuela, dejando Andrea, Dorotea, Tomasa por Deisy, Leidy o Shirley; o Bernardo, Patrocinio, Justiniano por Yordy, Jefersson o Jeison?

Si la onomástica tiene una función denotativa o significativa, me parece que lo que se pretende hacer es enterrar metafóricamente a la familia de la primera generación, al terruño, tomar el nombre del otro, para ficticiamente transportarse al mundo urbano, de la modernidad, de los medios de comunicación. Asumir la identidad del otro, ser diferente; rebelarse contra lo propio.

Cuando los hijos tienen que explicar la migración, lo hacen indicando que es una búsqueda de bienestar, refugio, trabajo, progreso, que se logra por medio de la casa propia, como primer paso. Migrar, buscar bienestar. Bienestar, igual a casa propia. Finalmente, escuela, colegio y universidad son las metas o sueños de miles de personas, familias, que han llegado a la capital, muy a menudo, expulsadas de sus regiones.

Los abuelos, los padres pusieron todo lo que tenían, lo que traían en sus maletas; el Estado les brindó salud, seguridad y educación, quizá no en la cantidad y calidad que necesitaban, pero suficientes para seguir adelante, como ciudadanos que contribuyen a la construcción de la Nación sin esperar tiempos mejores. Una historia nacional que parece construida más desde abajo que desde arriba, aprovechando los vientos de la historia, o empujados por ellos, como se construyen las naciones, y a todos ellos debemos rendirles homenaje en estos días de Fiestas Patrias.

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