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ALAN, ABIMAEL y ALBERTO: O el fracaso de la voluntad del poder en el Perú.

Por: Jesús Tovar.

Politólogo, Catedrático Universitario y Analista Político Internacional

La complejidad de la política reside en que su campo de acción es el futuro. En tanto el futuro no existe y lo único que nos vincula a éste es su instantáneo vínculo con el presente, los políticos se mueven a ciegas, en total incertidumbre. Las diversas maneras de afrontar exitosamente tal situación son a través de: una ideología, la ciencia o las técnicas de la política y/o la voluntad de poder. El vacío que se genera frente a la ausencia de estas tres vías hace que la política sea asumida por los “carroñeros”, es decir aquellos que cotidianamente administran y usufructúan la economía de la política: los bienes públicos. Esta política se mueve en los márgenes de la ingobernabilidad y la improvisación, la cual puede durar indefinidamente, o lo que podemos llamar una “estabilidad de la crisis”.

La ideología, la ciencia de la política y la voluntad de poder pueden combinarse de diversas maneras, pero siempre prevalecerá alguno de los factores, y por ello podemos clasificar a tres tipos de líderes políticos: los idealistas, los tecnócratas y los animales políticos.

Los idealistas construyen una realidad alterna, éticamente superior y se mueven a través de la captación de las conciencias. Su instrumento superior es una ideología o narrativa estructurada, la cual es una mezcla del pasado “vergonzoso” y de las posibilidades humanas del presente, como es la movilización de las masas.

Los tecnócratas o tecno-políticos sólo toman en cuenta los recursos materiales del presente y creen posible una transformación superior de la realidad a través del acuerdo racional. Su instrumento superior son los métodos de cálculo: la economía, la estadística y la psicología conductual.

Los animales políticos se mueven a través del instinto y de un sentimiento denominado “voluntad de poder”. Las pretensiones de una transformación de la realidad están sometidas a una mayor acumulación de poder. Su instrumento superior es el control de las emociones colectivas, y para ello construyen un mito en forma de narrativa dramatúrgica: estrado, actores, público y un guion.

Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui fueron idealistas. Construyeron ideologías y desencadenaron consecuencias políticas duraderas: partidos políticos, seguidores, detractores, influencia política en sus respectivos momentos. No obstante fueron poco hábiles en la arena política inmediata y resultaron derrotados incluso por los carroñeros. Hay otros idealistas que sí llegaron al poder pero transitoriamente: José Luis Bustamante y Rivero, y Valentín Paniagua. Tuvieron mayor fortuna pero no lograron lidiar con las correlaciones de fuerzas de su entorno, son pésimos competidores, e incluso labran (paradójicamente) consensos, pero en su propia contra.

Fernando Belaúnde fue un tecno-político, así como Ernesto Zedillo en México o Sebastián Piñera hoy en Chile. La aspiración de un acuerdo racional los lleva a acogerse a marcos democráticos liberales, y asumen una apuesta casi irracional en la racionalidad de los actores: intereses, negociaciones, conflictos regulados. Tienen mayor éxito en la lucha por el poder dado que se mueven hábilmente en las instituciones que lograron construir desde sus inicios y las promueven regularmente. Sus naturales aspiraciones al poder se limitan al marco normativo del cual son tributarios, por tanto son proclives a las alternancias pacíficas y legales. Tienen adversarios transitorios pero no buscan enemigos permanentes.

Alan García, Abimael Guzmán y Alberto Fujimori son (o fueron) irreductiblemente animales políticos. Son políticos guiados por la voluntad de poder. Esa voluntad desde la dimensión política es la necesidad insaciable de la sujeción de otras voluntades. Por tanto, es la reproducción de infinidad de relaciones sociales de dominación. Su estrategia de posicionamiento y crecimiento es la resignificación de la realidad, otorgando sentido a una cotidianidad banal y aburrida, para lo cual construyen mitos. Un mito simplifica la inmensidad de la realidad en una o dos verdades simples pero potentes. Esa voluntad de poder termina subordinando o derrotando a otros líderes tecnócratas o idealistas. El incremento incesante de poder lleva a la posibilidad de grandes transformaciones, pero funcionales a una mayor acumulación, por tanto es una espiral individualista que usa las reglas democráticas para su beneficio, lo mismo con las ideologías o la reproducción verdadera o falsa de la realidad: fake news. Esa voluntad de poder se guía por una capacidad subjetiva muy desarrollada: instinto.

Alan García sometió a su partido y a la sociedad. Instrumentalizó la ideología hasta convertirla en un mito simplificador: el desarrollismo en su primera etapa, y el emprendedurismo en la segunda. Acumuló poder una y otra vez. Colonizó las instituciones: los poderes legislativo y sobretodo el judicial. Creyó que el dinero era un instrumento indispensable para mantener ese poder, lo cual lo involucró ilimitadamente con la corrupción. El develamiento de la misma y la judicialización de la política fueron sus puntos débiles que no pudo avasallar. No pudo soportar una negación absoluta de realización de su voluntad poder si es que era encarcelado y condenado, el suicidio fue una muestra de esa desesperación por una ausencia futura de poder. Su legado mítico se desvanece rápidamente entre herederos afectados por el mismo mal de la corrupción.

Alberto Fujimori se proyecta inicialmente bajo un liderazgo tecnocrático, no obstante descubre los límites de esa orientación para la expansión de su voluntad de poder. Transforma los problemas que enfrenta: terrorismo y crisis económica, en una oportunidad para consolidar su poder y legitimar el rompimiento de las reglas democráticas. Hilvana y deshilvana mitos, partidos, gabinetes, entornos familiares. La instrumentalización de la política para la reproducción de su voluntad de poder es también una de las razones de su caída: la falta de institucionalidad, incluso de carácter autoritario. No obstante, tiene otro límite superior: Montesinos, un operador que no logra ser sometido y que tiene su propia agenda, la ambición material. La derrota y encarcelamiento de ambos no destruye automáticamente el mito creado, un nombre sin mayores contenidos: el fujimorismo.

Abimael Guzmán pasó del idealismo académico a la conversión mitómana de conquistar el poder por la violencia. Sólo necesitó convencer a un puñado de cuadros y militantes. La dominación absoluta de un grupo humano y un exigente entrenamiento en las artes de la subversión y el adoctrinamiento le permitió un posicionamiento territorial en una mayor parte de las áreas rurales de todo el país. La ideología comunista es transformada en un mito individual: “el pensamiento Gonzalo”. La siguiente etapa de la conquista del poder falla, no logran penetrar las ciudades y simultáneamente debilitan su impermeabilidad contra la reacción del Estado. Abimael Guzmán tuvo la mayor voluntad de poder que cualquier otro líder político de la historia del país. No instrumentalizó al Estado para alcanzar su mayor dominación, pretendió crear un Estado nuevo. Esa máxima ambición fue también su principal debilidad. Perdió la guerra contra el Estado y con las consecuencias que ello acarrea: muerte o prisión.

Los tres líderes políticos reseñados bajo la categoría de animales políticos, es decir armados de una extraordinaria voluntad de poder, tuvieron sus momentos de auge y sus respectivas caídas, como todo proceso político. Incluso compartieron temporalidades, por tanto se enfrentaron inevitablemente, como ocurre cuando coexisten dos animales políticos que rechazan cualquier forma de compartir el poder. No obstante, una vez establecido el desenlace, se reconocieron como actores e incluso tuvieron gestos de admiración mutua, ya sea en calidad de ganadores o de perdedores, nunca en condiciones de igualdad política. En ese sentido, lograron negociar las rendiciones y asumir una defensa en común del principio político que comparten: la ulterior necesidad de la voluntad de poder.

Y efectivamente, la política sí requiere de la voluntad de poder, la cual puede ser canalizada para acumular relaciones de dominación al servicio de un animal político, pero también puede ser orientada para la autoafirmación de una comunidad política. El fracaso de la voluntad de poder en el Perú en el último medio siglo conlleva a una dispersión del poder en múltiples dimensiones y espacios; ninguno de los cuales tienen una orientación tecno-política alternativa o un proyecto ideológico movilizador. En suma, la política peruana actual carece actualmente de cualquier orientación normativa, por tanto está reducida a sus formas mínimas: elecciones; las cuales se asumen desde una práctica de mercado de bienes y servicios: vender la imagen de un candidato.

Luego del fracaso de Fujimori, García y Guzmán, la política carece hoy de líderes y de comunidades políticas realmente existentes. En consecuencia, la política se encuentra reducida a su materia prima natural: la ambición material. En la medida que todos comparten en la vida cotidiana esa misma ambición, el vacío de la política genera una expectativa de cualquier ciudadano de realizarla a través de la política, todo ello hace que los enfrentamientos se multipliquen, ya sea regulado en un escenario electoral o a través de mecanismos ilícitos que incrementan la corrupción.

 

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