Fuente: La República

“Que cuando pase la pandemia, no pase con ella nuestro sentido de urgencia”.

El, Covid-19 nos golpea y pone sobre la mesa una serie de necesidades que no parecían prioritarias ni urgentes seis meses atrás. El virus nos desviste y, como dice el presidente Vizcarra, revela nuestras carencias como sociedad. Hoy se evidencia contundentemente una de nuestras mayores debilidades: la poca participación que tenemos en los avances científicos y tecnológicos de punta.

La pandemia nos interpela no solo política sino científicamente. A pesar de que el Gobierno ha tomado rápidamente las medidas a nuestro alcance, el aislamiento obligatorio y la emergencia sanitaria, como país nos hemos fallado. Para entenderlo basta analizar lo poco que hemos hecho en los últimos 20 años de crecimiento económico para asegurar una masa crítica de científicos e investigadores capaces de producir conocimientos que nos permitan estar en mejores condiciones para anticipar y afrontar situaciones como la que hoy vivimos.

A pesar de los cambios en los últimos 15 años en el soporte a la investigación y al desarrollo científico y tecnológico, no contamos con el volumen de especialistas con capacidad de generar rápida y eficientemente soluciones tecnológicas de identificación temprana, kits de diagnóstico, aplicación de pruebas, ni producción de vacunas para controlar al Covid-19.

Otros inventan, nosotros compramos. Powell y otros (2017) en El siglo de las ciencias muestran que son las universidades de investigación acompañadas de un número mayor de universidades con menos énfasis en investigación las que impulsan la expansión de la investigación científica y con ello contribuyen a generar el conocimiento para invenciones e innovaciones.

Esto se confirma a nivel local en el Censo Nacional de Investigación 2016 (CONCYTEC, 2017) que reconoce el rol protagónico de las universidades en la investigación, sean estatales o privadas, pues en ellas se concentran los mejores científicos e investigadores que producen conocimiento e innovaciones. El gobierno pide que sumemos esfuerzos ante el Covid-19 y reconoce a las universidades como aliados para responder con evidencia científica y soluciones que permiten sobrellevar la pandemia.

Sin embargo, solo unas pocas estatales y privadas cuentan con laboratorios, reactivos y especialistas, y con expertos para innovar y producir soluciones para nuestra realidad. A pesar de las buenas intenciones de la reforma universitaria, nuestras universidades muestran poca capacidad para producir conocimiento de frontera e innovar. Estamos aún lejos de posiciones de vanguardia en la región a consecuencia de la poca inversión en ciencia y tecnología. Es indispensable colocar en la agenda nacional la urgencia de revisar los sistemas de estímulo a la investigación, las políticas de distribución de los recursos y el uso eficiente de los fondos del canon para el desarrollo de investigación científica y la formación de capital humano.

Que cuando pase la pandemia, no pase con ella nuestro sentido de urgencia. Que se haga impostergable el deber del Estado de valorarla, estimularla y premiarla, invirtiendo y apoyando a nuestras universidades en esta responsabilidad. Aprendamos de España que dejó atrás la máxima de Unamuno“¡Que inventen ellos!”, expresando la poca importancia que se le asignaba a la ciencia, para poner por delante la frase de la desaparecida Margarita Salas que “Un país sin investigación es un país sin desarrollo”. Entendámoslo de una vez por todas.

 

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