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Política, Políticas públicas, Sociología

En Perú sí hay discriminación lingüística, aunque algunos grupos no la quieran ver. Por Jaime Rodríguez Z. 


Fuente: The Washington Post

El presidente de Perú, Martín Vizcarra, descarta la posibilidad de iniciar clases presenciales en escuelas y universidades en el país debido a la pandemia, durante una conferencia de prensa televisada en Lima, el 5 de mayo de 2020. (Presidencia del Perú/AFP vía Getty Images)
El presidente de Perú, Martín Vizcarra, descarta la posibilidad de iniciar clases presenciales en escuelas y universidades en el país debido a la pandemia, durante una conferencia de prensa televisada en Lima, el 5 de mayo de 2020. (Presidencia del Perú/AFP vía Getty Images) (-/AFP/Getty Images)

Jaime Rodríguez Z. es poeta, periodista y editor del sello independiente Esto no es Berlín, en Madrid.

Mi abuela nunca enseñó a mi madre a hablar quechua. Así, la que debía haber sido nuestra lengua, el primer vehículo de nuestras emociones, la materia racional con la que debíamos configurar nuestro mundo, quedó abolida para siempre de nuestras vidas, suspendida en un limbo al que apenas pudimos asomarnos: mishkiwarmiwawa. Hay razones estructurales para esto. Cuando mi madre llegó a Lima procedente de la zona andina de la región de Ancash, al norte de la capital peruana, ella no lo sabía pero formaba parte de una oleada migratoria.

El censo de 1961 registró que 15% de la “población peruana había salido de sus lugares de origen buscando residir en otra parte del territorio nacional(…) principalmente a la ciudad de Lima”, casi el doble de lo que se registró en el censo de 1940. Mi madre tenía solo cinco años, era 1953 y entonces hablar quechua equivalía a ser relegado al escalafón más bajo de la sociedad capitalina. Así, el dejo, la musicalidad y cualquier rezago sintáctico de la lengua de mi abuela fue convertido en objeto de escarnio y humillación. Cuando mi abuela serrana hablaba castellano, mi padre limeño solía decirle a mi madre, “traduce”. Para nosotros, era parte del humor cotidiano. Crecimos con eso. Detectando el “mote” —como le decimos en Perú a la palabra pronunciada fuera de la norma limeña— y diferenciándonos compulsivamente del “motoso”.

Hoy, un video de apenas 28 minutos y grabado hace 16 años, ha bastado para dejar en claro que en la capital peruana hay todavía quien cree que esta realidad que, como la mía, han vivido millones de familias durante décadas, es una visión distorsionada de la historia o producto del “resentimiento”.

Todo empezó cuando, ante el aislamiento social obligatorio decretado por el presidente Martín Vizcarra en el Perú debido a la pandemia por coronavirus, el Ministerio de Educación creó el programa “Aprendo en casa”, habilitando contenido didáctico para su difusión en redes y en el canal estatal de señal abierta. Uno de esos videos, un documental titulado Los castellanos del Perú fue emitido como parte de los materiales del 5º año de educación secundaria.

El documental recoge opiniones de lingüistas, profesores y hablantes de las distintas regiones del Perú sobre la diversidad de formas que adquiere nuestro idioma según dónde se hable. Una idea simple y diáfana: así como hay un inglés de Edimburgo y otro de Londres, un castellano de Madrid y otro de Buenos Aires, hay en el Perú distintas formas de hablar el castellano. Aunque hay una forma estándar, que se debe enseñar y aprender, dice el documental, en realidad ninguna es más correcta que la otra. También dice una cosa más: que el uso de la lengua en su forma estándar ha sido utilizado por grupos de poder como elemento discriminador.

Es ahí donde empezaron los problemas, ya que esta denuncia sería parte, para algunos, de un intento de “lavarle la cara a los terroristas” e “impregnar ideas marxistas en los escolares”. Al menos así lo afirmó vía Twitter la periodista Cecilia Valenzuela, directora de Perú 21, uno de los diarios pertenecientes al Grupo El Comercio, que controla 80% de la prensa escrita en el país (además de varios canales de televisión, empresas inmobiliarias, etc).

 

¿Terrorismo? ¿Marxismo?

Como mi abuela y mi madre, miles de familias emigradas a la capital peruana escapando de la pobreza desatada por las crisis agrarias, pasaron por procesos complejos de desarraigo y adaptación en los que su uso de la lengua fue, en efecto, un elemento de discriminación por parte no sólo de las élites limeñas, sino de los propios provincianos que se asentaban en la ciudad y que, en una huída hacia adelante, usaban la discriminación lingüística para hacer tangible su diferencia con el “recién bajado”.

Y esto ha sido así durante décadas. Ocurre ahora mismo. Ocurre en la televisión, en programas supuestamente cómicos que reproducen despectivamente estereotipos de la conducta y del habla del andino o del afroperuano.

Sin embargo, esto que para tantos es una realidad cotidiana, ha resultado inentendible también para el periodista y antropólogo Jaime de Althaus, que tituló una columna “Aprendo comunismo en casa” y afirmó que “el racismo a la inversa que promueven los comunistas tiene un claro objetivo: desatar el resentimiento social de la mayoría de niños de origen andino contra los sectores sociales citadinos”; o empresarios como el ex vicepresidente de la república, Raúl Diez Canseco —uno de cuyos negocios educativos (la Universidad privada San Ignacio de Loyola) aparece como auspiciador del video en cuestión—, quien pidió al Ministro de Educación retirar las “etiquetas” y términos como “diferencia de clase” ya que esto evidenciaría que “en pleno siglo XXI hay personas que quieren dividir y enfrentar a la sociedad peruana”.

Que haya individuos o incluso sectores de la sociedad limeña a la que todo esto les parece una exageración, una forma de victimismo o, peor aún, parte de un adoctrinamiento ideológico, no hace más que revelar las distancias abismales que separan a las clases sociales en el país.

Más aún: algunas de las reacciones más virulentas cuestionan directamente la existencia de “grupos de poder”. Como se sabe, un recurso propio del populismo de derechas es intentar poner en discusión temas ya superados y asimilados por una amplia mayoría: la violencia de género o el machismo, por ejemplo, son constantemente sometidos a supuestos debates cuando su existencia y perniciosidad están más que probadas. Lo mismo se puede aplicar a la existencia de grupos de poder y a la discriminación que estos ejercen sobre los que consideran inferiores porque estos no se ajustan a su normatividad cultural o lingüística.

 

La lingüista Virginia Zavala, una de las guionistas del documental “Los castellanos del Perú” lo ha dicho más precisamente en una respuesta a estos negacionistas de la discriminación: “Lo diré por última vez: los grupos de poder existen, las dinámicas de poder legitiman la discriminación y el lenguaje reproduce (en sus usos, en sus prácticas) estas dinámicas”.

Para quienes crecimos en la capital del Perú, donde ir a determinado colegio o vivir en determinado barrio te da acceso a un grupo de poder que se define por oposición al otro, al de más abajo, esto resulta bastante evidente. Lima no deja de ser una burbuja clasista y racista y representa en sí misma un grupo de poder. Y hacer visible esta realidad obvia no tiene nada que ver con “adoctrinamientos marxistas”. Tiene que ver con descolonizar el pensamiento, la cultura y la lengua.

Por eso hoy recuerdo el habla cantarina de mi abuela, su castellano en el que se adivinaba esa otra lengua como un río subterráneo. Y pienso que cada una de sus inflexiones, dejos y variantes eran parte de una historia compleja y a veces violenta, de encuentros pero sobre todo de confrontaciones. Una historia que apenas empezamos a usar como una herramienta de futuro, aunque aún haya quien pretenda atrincherarse en sus privilegios y sus castas con las mismas y a estas alturas francamente cansinas estrategias de invisibilización.

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