Fuente: El Peruano

El poder de la ciencia. Rubén Quiroz Ávila

Profesor universitario


Foto: El Peruano

En estos tiempos de pandemia y de miedo generalizado se ha acudido de manera firme e indiscutible a la ciencia. Eso demuestra su trascendencia. A pesar de esa vital posición que tiene en la comunidad, no se ha reconocido el papel fundamental que desempeña entre nosotros. Es más, su ubicación dentro de las estructuras de poder suele ser periférica. O más bien, ‘periferizada’, es decir, dejada de lado sistemáticamente. Incluso, ha sido combatida por aquellos que creen que son los dioses o la magia los que resuelven los problemas. Es más fácil buscar explicaciones fuera de la razón y apelar a engañosos subterfugios esotéricos.

Sin embargo, la solución vendrá de los laboratorios, del trabajo dedicado, minucioso, intenso, de cientos de científicos. Una vez más, la ciencia acudirá a salvar a la humanidad. El Perú no escapa a esa situación. Inclusive se ha visto como salida desesperada inyectar presupuesto a los entes que gestionan parte de la promoción de lo científico. El Concytec, con su loable resistencia, es un ejemplo de que no todo está perdido, pero entendiendo que su papel aún es distante de los centros de decisión nacional. Y ya debería tener rango ministerial, la autonomía suficiente para influenciar rápida y positivamente. Es realmente el momento de tomarse las cosas en serio.

Una cuestión básica de sobrevivencia como país pasa por entender que apostar por la educación y la salud es lo que nos hace viables. Ello se logra diseñando políticas sostenibles y construyendo procesos ágiles para gestionar con eficacia los recursos. Recordemos que, por definición, los recursos son escasos. Por lo tanto, hay que administrarlos con precisión e inteligencia. Con todo, hay que incrementar exponencialmente, a la altura de su nuevo papel inminente, todos los medios necesarios para el éxito de cualquier organización y sus estrategias planificadas.

Un principio para perdurar como país es asumiendo lo fundamental que es la ciencia. Es ya una exigencia moral. Cualquier programa gubernamental debe incluirla. Y ello se debe establecer, tal como exigen los protocolos administrativos actuales, interiorizando una institucionalidad que procure sostenerse. Está sumamente claro que, sin recursos, sin gente capacitada y entrenada para liderar, estamos condenando al fracaso cualquier proyecto, por más ambicioso y legítimo que sea. Por ello, la ciencia, como ruta de equidad y democracia, debe estar indispensablemente en toda mesa de negociaciones de gobierno de nuestro país. Una nueva gobernanza moderna, a la altura de las circunstancias, debe tener lo científico como horizonte de trabajo. La ciencia, no lo olviden, tiene un poder disolvente de cualquier ilusión, de toda ficción.

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