Fuente: La República

“El golpe estaba cantado. La historia política del país nos enseña la letra y música del canto autoritario. Todo gobierno dividido (…) acaba mal…”

El golpe parlamentario ha recibido una respuesta contundente del movimiento de la calle. Sin saberlo ni quererlo, ha abierto las puertas a la democratización social y política que estaba embalsada por la pandemia y por la política de cuarentena establecida para combatirla.

Es probable que, a medida que ese golpe se transforme en dictadura mafiosa del Congreso, el movimiento de la calle crezca hasta el desborde democratizador que va más allá de la política para abarcar la economía y la sociedad. Cuando el gobierno se transforma en dictadura, la democracia se traslada a la calle. El soberano en movimiento reivindica la titularidad del poder e insurge democráticamente para hacerla efectiva. El artículo 46 de la Constitución reconoce este derecho.

El golpe estaba cantado. La historia política del país nos enseña la letra y la música del canto autoritario. Todo gobierno dividido en el que el Ejecutivo está en manos de un partido y el Congreso está en manos de otro u otros partidos acaba mal en el presidencialismo parlamentarizado que tenemos como forma de gobierno.

Al hibridar el presidencialismo con formas propias del parlamentarismo, el presidencialismo parlamentarizado tiene un diseño institucional que invita a la confrontación permanente de poderes del Estado. El choque se produce cuando se tiene un gobierno dividido.

Si el ejecutivo tiene mayoría congresal no hay choque de poderes. Solo se tienen problemas de gobernabilidad. El golpe militar contra Billinghurst, el autogolpe de Leguía, el golpe militar contra Bustamante, el golpe militar contra Belaunde, el autogolpe de Fujimori, la renuncia de PPK y ahora el golpe parlamentario contra Vizcarra son claros testimonios de la tesis que vengo sosteniendo.

La lucha de poderes se daba a campo abierto, sin regulaciones, hasta el primer gobierno de Belaunde. La constitución de 1979 creó el mecanismo de equilibrio de poderes según el cual, si el congreso no le otorga al ejecutivo el voto de confianza por tres veces consecutivas, el presidente de la República puede disolver el congreso.

Fujimori lo redujo a dos negaciones que no se aplican en el último año de gobierno. El ejecutivo queda así desprotegido y desguarnecido. En esa situación cualquier aventurero grotesco y mediocre puede apoderarse del gobierno democrático para transformarlo en dictadura. De eso se han aprovechado la ultraderecha, los medios concentrados y los mafiosos, los corruptos y los ambiciosos del congreso e incluso fiscales figuretis para impulsar y ejecutar el golpe parlamentario.

Primero inflaron hasta el escándalo el libreto estúpido de la supuesta contratación de un cantante desconocido para darle contenido a “la permanente incapacidad moral y física” del presidente, una vieja y hoy vacía disposición de las constituciones del siglo XIX.

Luego, ante la irrelevancia de ese libreto idiota, buscaron en las cárceles las confesiones sinceras de aspirantes a colaboradores eficaces que acusaban de soborno a Vizcarra cuando era presidente del gobierno regional de Moquegua.

La acusación es grave y está encausada por la fiscalía en la fase preliminar, pero el Congreso ya investigó, juzgó, condenó y vacó a Vizcarra violando la constitución y el debido proceso. Hoy, con cinismo ilimitado, los medios concentrados hacen enjundiosos editoriales en defensa de la democracia. Oh tempora, oh mores!

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