Tomado de: Arturo Manrigue

Alberto Flores Galindo. La tradición autoritaria. Violencia y democaracia en el Perú

Puede ser una imagen de una o varias personas y texto que dice "ALBERTO FLORES GALINDO LA TRADICIÓN AUTORITARIA Violencia y democracia en el Perú APRODEH SUR"

En esta época, ad portas del bicentenario, en que prácticamente hemos vuelto a los inicios de la república, con caudillos civiles que se asemejan mucho a los caudillos militares de la primera mitad del siglo XIX, es bueno recordar este ensayo de Tito Flores Galindo, que no solo es histórico, sino que tiene mucho de sociológico, en el que explica con meridiana claridad por qué aún no hemos llegado a ser una república, tal como en su momento también lo señaló Basadre a la “promesa de la vida peruana”.

Pueden descargar el PDF del documento aquí:https://drive.google.com/…/1o3WSGUy7OhKjHRnywbT…/view…

Me quedo con esta sección que habla sobre “Racismo y servidumbre”:

“Todo lo ocurrido en estos últimos años revela la verdadera textura de la República. ¿Por qué no se respetan los derechos humanos? La categoría derechos humanos nació con la sociedad burguesa: fin del mundo estamental y surgimiento de la noción de ciudadanía. Todos iguales ante la ley y todos protegidos frente a eventuales abusos del poder. Los derechos humanos se ubican en el ámbito específico de las relaciones entre el Estado y la sociedad. Pero en el Perú estas relaciones dependen de quién se trate, porque unos son más iguales que otros. La sociedad colonial, cuando llega la Independencia, no había producido ciudadanos como en América del Norte, sino hombres diferenciados por el color de la piel, el título nobiliario, el ingreso económico, los antepasados, el lugar de nacimiento. La República abolió los títulos pero hasta 1854 mantuvo la esclavitud y el tributo indígena. Para entonces; al promediar el siglo XIX, el orden social no encontraba respaldo ni en la realeza, ni en el orden divino, ni en los criterios estamentales.

La Iglesia había perdido poder tanto sobre los cuerpos como sobre las almas. Una sociedad que tendía a ser cada vez más profana en su ordenamiento político reclamaba criterios más terrenales de estructuración social. Esta demanda fue resuelta por el discurso racista: las desigualdades económicas se fundamentaron en desigualdades pretendidamente esenciales que se atribuían a razas que supuestamente existían. Surgió de manera abierta la consideración del indio como un ser inferior, al que había que proteger o castigar y al que no era necesario, por imposibilidad, incorporar a la vida republicana. La marginación de los analfabetos, entonces, será en realidad la marginación del indio respecto al sistema electoral. La República edificada a espaldas del campesino. Cuando se subleven, la República no atenderá a sus reclamos, a pesar de que sobre ellos recaía la conscripción militar o soportaban impuestos con nombre propio, como el de la coca. Aunque no fuese admitido de manera oficial, el país que produjo una Liga Antiasiática, en el que se habló del peligro amarillo (1910) y donde tiempo antes un escritor de amplio consenso en Lima como Clemente Palma, calificó a la “raza india” de “degenerada”, era un país racista. Palma llegó a decir más todavía sobre esta “raza”: “Tiene todos los caracteres de la decrepitud y la inepcia para la vida civilizada. Sin carácter, de una vida mental casi nula, apática, sin aspiraciones, e! inadaptable a la educación (1).

En la historia, el racismo es un capítulo mayor del autoritarismo. La violencia y la tortura no son fenómenos recientes y episódicos derivados de la lucha antisubversiva. Desde los tiempos coloniales, allí donde se establecía una población no podía faltar los palos y la soga de una horca. Sin cepo no existía casa hacienda. Azotar a un negro por las calles era uno de los espectáculos públicos de Lima. La violencia fue un componente estructura] de la dominación colonial: un fenómeno cotidiano, que, así como se ejercía en las plazas públicas también tenía un espacio en el ámbito familiar. “Sevicia” fue la acusación más frecuente de los esclavos contra sus amos. “El señorío fue inexorable, digamos que cruel, y mucho, al castigar al esclavo que le sirve (2). A lo largo del Virreinato, en las ciudades y pueblos, las panaderías, anexas y casi confundidas con la vivienda del administrador o propietario, eran centros laborales, pero también lugares de reclusión en los que el ritmo de la jornada estaba impuesto por las cadenas y el látigo. Sustituían a las cárceles. El castigo no disponía de un espacio propio. La violencia física invadía las calles, plazas y viviendas: todo el mundo cotidiano. La República no abolió estos procedimientos. En la Lima que hacia 1860 describe Manuel Atanasio Fuentes, se refiere con minuciosidad los castigos que se ejecutaban en los espacios públicos de la ciudad. Por entonces, se terminó de construir con ladrillo y piedra, el primer edificio moderno de Lima: la Penitenciaría, llamada a constituirse en una cárcel modelo pero de la que no estuvo excluido el empleo de la violencia física. Lejos de controlar el delito, los procesados aumentaron. Se crearon después otras prisiones como El Frontón y la isla Taquile en Puno: en ellas fueron recluidos muchos políticos. Todavía a principios de siglo, el reglamento de la Penitenciaría de Lima admitía la tortura como una práctica con presos calificados como recalcitrantes. La violencia física se ejercía con absoluta impunidad en el manicomio. Pero era también un hábito en la relación entre maestros y estudiantes en las escuelas.

Aun cuando el Perú ha firmado todas las convenciones y tratados posibles contra la tortura, ella ha sido ejercida en las cárceles del país, antes de que apareciera el senderismo. Las víctimas: anónimos presos comunes. En el Perú, interrogar y torturar son casi sinónimos. No han faltado casos en los que la víctima ha terminado muriendo. Pero aun cuando en la actual Constitución no se admita la “pena de muerte”, de facto la policía ha ejecutado a algunos criminales o fugitivos considerados “irrecuperables”. En los inicios de los años ochenta, en un lugar tan alejado de la zona de emergencia como el puerto de Chimbote, la investigación de un sacerdote canadiense, Ricardo Renshaw, sobre presos y detenidos, mostró que más de 90% habían sido maltratados o torturados de una u otra manera. El autor del libro La tortura en Chimbote (Lima, 1985) tenía que ser un extranjero. Esas prácticas son tan cotidianas que no parecen asombrar a ningún peruano.

Para aproximarse a la violencia no hace falta interrogar a los presos. Basta con mirar más cerca y reparar en una institución demasiado importante en nuestras ciudades: el servicio doméstico. Según el estimado de la investigadora Margot Smith la fuerza laboral reclutada en esa tarea sumaba hasta 90 mil personas en Lima Metropolitana (1970). La mayoría de ellas mujeres jóvenes, migrantes, solteras o abandonadas por sus maridos, con los más bajos ingresos, carentes casi de cualquier organización y sujetas al poder total de su patrón o su patrona. Esto último significa quedar al margen de la legislación, obligadas a dilatadas jornadas de trabajo mal pagadas y peor alimentadas, objeto con demasiada frecuencia de abusos sexuales, golpes y sevicia. En otro estudio que consistió en la indagación biográfica de 23 empleadas en casas cusqueñas, todas, con una sola excepción, habían sido brutalmente golpeadas. La servidumbre funciona en -Lima y provincias. En familias de clase alta y también de clase media y hasta en hogares de menores ingresos.

El servicio doméstico reproduce en la vida cotidiana las relaciones que en el pasado existían en las haciendas andinas. La dependencia personal del siervo o colono con respecto del amo. La combinación entre violencia y paternalismo, buscando imposibilitar cualquier movilidad geográfica o social. Jerarquías inalterables. Como lo conocemos ahora, el servicio doméstico apareció a mediados del siglo pasado, para cubrir el vacío dejado por los negros libertos o manumisos. En la colonia la esclavitud antes que una institución rural, había sido utilizada en las ciudades, tanto en las casas de la aristocracia como en las de criollos e incluso indios con algunos recursos. El esclavo era alguien de quien se podía disponer para cualquier tarea. El servicio doméstico heredó rasgos del esclavismo pero también del pongaje –trabajo obligatorio y gratuito en la casa hacienda- y de ese sistema que llevaba a entregar a un menor de edad por tres o más años en manos de un artesano, quien a cambio de beneficiarse con su trabajo, supuestamente lo adiestraba e introducía en el oficio. Al promediar el siglo pasado eran indios menores de edad, traídos de la sierra a Lima. A esta práctica se refirió Sebastián Lorente en sus Pensamientos sobre el Perú:

“Cuando salís para la sierra, las señoritas de Lima no dejan de pediros un cholito y una cholita, y a veces os encargan tantos, que juzgaríais se encuentran por los campos por parvadas. No es la empresa tan fácil; pero con un poco de actividad saldreís airoso en vuestro compromiso i a falta de otros os ayudarán el gobernador y el cura” (3).

En el Diccionario Jurídico (1861-63) de Francisco García Calderón aparece el término “doméstico” y se indica que está reglamentado el trabajo de menores de 17 años. La conexión con el racismo se evidencia si consideramos que sirviente y cholo -es decir, mestizo-, eran sinónimos. En 1876, en Lima, sobre una población económicamente activa (PEA) de 37,913 personas, el servicio doméstico reclutaba a 6,160 trabajadores, repartidos casi proporcionalmente entre hombres y mujeres. Al comenzar el siglo, de acuerdo con el censo de 1920, la gran mayoría de estos trabajadores ya eran mujeres. Existía una serie de categorías como ama de leche, ama seca, cocinera, dama de compañía, doméstica, portera. En el censo de 1940 existía, en cambio, sólo la categoría genérica de “servicio doméstico” junto a “otros servicios personales”. Desde el siglo pasado hasta entonces, han constituido más del 10% de la PEA limeña.

En las cárceles y en el servicio doméstico –pero podríamos añadir también el manicomio, la escuela, la familia- se reprodujo la violencia y el racismo. De esa manera, le herencia colonial se prolongó en la vida cotidiana. Allí radica la clave que explica su persistencia. En el siglo pasado, un liberal denunciaba que la República no llegaba sino hasta los linderos de las haciendas: más allá existía sólo el poder omnímodo del terrateniente. Sería necesario corregirlo. La República tampoco llegaba al ámbito doméstico.

El racismo consiguió eficacia porque antes de existir como discurso ideológico funcionaba como práctica cotidiana. No sólo regía las relaciones entre dominantes y dominados sino que se reproducía también en el interior mismo de los sectores populares. Pensemos en las antiguos rivalidades entre negros e indios. En la colonia, los negros no conformaban un grupo homogéneo a pesar de unir la condición étnica con la situación económica del esclavo. Se dividían entre bozales (recién arribados del África) y criollos; entre los que estaban dedicados al trabajo en las haciendas y aquellos que vivían en las ciudades. Estos últimos, a su vez, se repartían en diversos oficios y disputaban el restringido mercado de trabajo urbano. En las calles de la Lima colonial resultaban frecuentes los roces y enfrentamientos entre negros o entre éstos y las otras castas. Esas bandas de asaltantes en las que no se admitía a los indios; los campesinos de la costa que denunciaban a los esclavos como bandidos, son algunos ejemplos, extraídos del siglo XVIII, de la manera como se realizaba el ideal colonial de “vivir separados”. Cuando en los primeros años de la República se organice el ejército, indios y mestizos entrarán a la infantería, mientras que en la caballería predominarán los negros, así como antes determinados oficios (aguateros o pescadores) fueron reservados para una u otra categoría étnica. Esta historia de exclusiones puede prolongarse hasta la Lima de nuestros días en la contraposición racial que subyace a las disputas entre clubes deportivos, la composición de las bandas de asaltantes chalacos y limeños, o las rivalidades entre la Guardia Civil y la Policía de Investigaciones∗. De un lado, predominan mestizos; del otro, sambos y mulatos.

Los conflictos étnicos produjeron una sociedad-colonial fragmentada, en la que resultaba demasiado difícil articular intereses y producir un proyecto colectivo. Se explicaría de esta manera el equilibrio, en apariencia contradictorio, entre violencia y duración del orden colonial. En una situación como la descrita, la figura de un líder mesiánico parecía ser la única fuerza capaz de trascender los conflictos inmediatos e integrar al cuerpo social. Este es el sustento real del caudillismo republicano. El perfil de cualquier caudillo fue resultado del encuentro entre una biografía y las necesidades del imaginario colectivo. De ahí la popularidad de estos personajes. Desde la dominación total, es difícil vislumbrar un cambio que no sea, a su vez, autoritario. Pero en este aspecto como en cualquier otro, la realidad no transcurre en una sola dirección.(1) Clemente Palma “El porvenir de las razas en el Perú”, Tesis de Bachiller, Torres Aguirre, Lima, 1897, p. 15. (2) Rafael De la Fuente Benavides (Martín Adán): De lo barroco en el Perú, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 1968, p. 234. (3) Sebastián Lorente: Pensamientos sobre el Perú [1855], Imprenta de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 1967, p. 7.

Acceda a la fuente original aquí