Tomado de: Jaime Bedoya

“Ángeles y demonios”, por Jaime Bedoya.

Una recomendación de Rodrigo Nuñez

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El señor Luis Barsallo, el “Ángel del Oxígeno”

“La doctora Mazzetti, cirujana y neuróloga, estudió y trabajó en París. Ostenta tres maestrías, dos diplomados, un doctorado en neurociencias.

El doctor Germán Málaga ejerció los cuidados intensivos en Massachusetts y gozaba de prestigio antes de desdibujarse en una baba desconectada de la realidad.

La gestora de intereses Cecilia Blume tuiteaba pastillas para la moral desde Pulpos, que ahora le regresan cuales bumerangs vengativos.

El Nuncio apostólico Nicola Girasoli es un doctor de la iglesia que habla tres idiomas y fue ordenado por el papa Juan Pablo II. Así como el señor César Loo era según Málaga el consultor técnico en las vinculaciones entre la inmunología y el wantán, su excelencia el Nuncio lo era en temas éticos, todos hechos puré con premeditación, alevosía y ventaja.

La indignación ante el comportamiento de estos personajes es inmediata y natural. Repaso la lista de conyugues, hijos, cuñados y hermanos que sumaron a esta deslealtad secreta y pienso en mi hermana, fallecida por el Covid-19 en enero y sin vacuna. La sangre ya no hierve, se congela. Todos conocemos el momento previo a una mala decisión y el arrepentimiento que esta conlleva. Pasada la negación y su triste pirotecnia, la carga que deberán llevar estos vacunados a escondidas doblará sus espaldas el resto de sus días. Como decía Malraux, no somos lo que pensamos ser, somos lo que escondemos.

Al otro extremo de los pergaminos de los anteriormente mencionados está el señor José Luis Barsallo. El fue al colegio en Chiclayo y fue enfermero en la marina. Ese es su curriculum. El resto son sus actos. El se negó a lucrar con la enfermedad ajena, lo que le valió el sobrenombre de Angel del Oxígeno. Durante la pandemia Barsallo contaba como un día se le presentó una señora a la que le habían vendido un cilindro malogrado, incapaz de retener oxígeno, en 5 mil soles. Su familiar estaba condenado a asfixiarse. El ex marino no pudo evitar quebrarse. – ¿En qué mundo estamos?, se preguntaba. En un mundo miserable, señor Barsallo. En donde gente como usted hace la diferencia, y a veces eso basta. Así como la canciller Astete alegaba que no podía darse el lujo de morir, nosotros tenemos que perseverar en el lujo de vivir: sin vacuna y sin certezas, pero con el deber de no atropellar a los más vulnerables bajo el bulldozer del privilegio.” (Jaime Bedoya)