Tomado de: El Parónimo

MANUEL CASTELLS et al. Economías alternativas y proyectos comunitarios en contextos de crisis. Por Francisco J. Lucero Bravo. Sociólogo, Mg. en Política y Gobierno (fjlucerob@gmail.com)

El reconocido sociólogo y economista español, Manuel Castells, en conjunto con un selecto y variopinto equipo de investigadores-as de diferentes disciplinas y latitudes tales como Sarah Banet-Weiser, Giorgos Kallis, Sviatlana Hlebik, entre otros-as, publican en 2017 el libro Otra economía es posible. Cultura y economía en tiempos de crisis. En este cautivante volumen los cimientos mismos de la economía formal y sus instituciones modernas son sacudidos para abrir grietas en su pretendida solidez. Es una obra de visibilización de las economías alternativas con un balance óptimo entre la provisión de datos y relatos empíricos, la heterogeneidad de fenómenos y casos en estudio y el análisis teórico-conceptual crítico. Todo esto en el marco de un resonante llamado de atención ético para reposicionar a las personas, el territorio y la humanidad en el centro de las estrategias de desarrollo económico global. 

Manuel Castells


Cuando se habla de economías alternativas se hace alusión a la banca ética, el comercio justo, las ciudades lentas, los bancos de tiempo, los huertos urbanos, la redes agroecológicas, las redes sin mediación entre productores y consumidores, las cooperativas de consumidores y productores, las monedas comunitarias, servicios financieros alternativos, etc. Es un espectro tan amplio como disperso de prácticas, actitudes y valores que desafían los principios de maximización y beneficio individual que orientan las relaciones de mercado capitalista en los parámetros de la teoría neoclásica. Aunque, sin duda, estos no son lo únicos principios o supuestos que circundan en torno a las sociedades capitalistas modernas. También se observa una prevalencia del corto plazo en desmedro del largo plazo, una cultura del riesgo (aunque sin correspondencia con las prácticas de quienes lo profesan en las altas finanzas),  un persistencia del patriarcado en las dinámicas de trabajo formal e informal, una sobrevaloración del individuo como contenedor y objeto del bienestar, entre otros aspectos. 
El hilo conductor para la interpretación y conexión entre las diferentes investigaciones que reúne el volumen es la tesis de que la cultura está en la base de las transformaciones de la economía a nivel institucional, social y global. Esto no solo desafía el materialismo histórico en su versión ingenua (no así en su versión extendida y revisada) sino que también defiende la coexistencia de diversas culturas donde algunas se plantean como estrategias directamente opuestas y transgresoras de los valores difundidos como corriente principal (o neoliberal si se prefiere) y otras como fases adaptativas y resilientes en contextos de crisis económica y social. Precisamente las crisis representan el elemento detonante y catalizador para la visualización, extensión, difusión y crecimiento rizomático de las prácticas y valores de economías alternativas. Y en una historia de crisis recurrentes a nivel financiero, económico y sociopolítico, es de esperar que una cultura alternativa aflore y permanezca con relativa actividad a lo largo del tiempo.
En este punto es pertinente relevar el análisis de Varvarousis y Kallis quienes proponen un marco conceptual para comprender la emergencia, proliferación, ramificación y eventual estabilidad que adquieren determinadas prácticas económicas y sociales en contextos de crisis. Para ello abordan el caso de la gran depresión griega en 2013 y sus expresiones sociopolíticas en torno a la plaza Syntagma frente al Parlamento. Este foco urbano del conflicto actuó como nodo de articulación de múltiples actividades, grupos, identidades, valores y actitudes que convergen en la búsqueda del “procomún”. 
Este concepto agrupa los recursos comunes producidos, intercambiados y consumidos por un grupo o comunidad tanto como el proceso de comunizar estos recursos y medios al margen de las pautas institucionales establecidas. A su vez, el procomún, de acuerdo a los autores se ve catalizado por la “liminalidad”de las comunidades y los proyectos comunizadores. La liminalidad es un concepto extraído de la antropología cultural (Van Gennep, 1909; Turner, 1977) y alude a los “ritos de paso” como un momento abierto, ambiguo y transitorio entre dos estados o fases de tiempo-espacio. Por esto, la liminalidad implica apertura, porosidad y laxitud en los criterios de entrada permitiendo desarrollar comunidades diversas, pluralistas y heterogéneas tanto a nivel idiosincrático como ideológico. Lo que une a quienes se congregan en estos espacios comunitarios es tanto la afección frente a la crisis que se vive como su oposición a la instancias de poder, valores e instituciones que se identifican como responsables de las externalidades negativas en lo social, lo económico y lo ecológico. También los convoca la recuperación de espacios públicos y la exaltación de lazos solidarios de cooperación y distribución. 
En principio, dos aspectos distinguen al procomún que tuvo lugar en Syntagma de otros espacios comunes. Lo primero es que no se trata de estructuras comunitarias fijas ni excluyentes -como las estudiadas por Ostrom (1990) y que le valieron el Nobel de Economía- y es esta transitoriedad y latencia la que hace pertinente el concepto de liminalidad. Lo segundo es que tampoco hace alusión a núcleos o nodos estables de actividad comunitaria que se articulan con el espectro institucional disponible para su expansión socioespacial y sostenibilidad en el tiempo. Sino más bien se trata de nodos esporádicos, fugaces y espontáneos que se definen por un crecimiento rizomático. El crecimiento o movimiento rizomático tiene varias características que podrían resumirse en un crecimiento en red sin una distinción clara ni definida entre centro y periferia donde los nodos no obedecen a criterios  de entrada específicos de compatibilidad con la red y, por tanto, aparecen y se involucran de múltiples formas aunque sin mayor estabilidad. Esta idea ya la encontramos presente en el campo de las relaciones internacionales, aunque en un sentido más prescriptivo que descriptivo, en la estrategia geopolítica de China y su propuesta de una nueva globalización (véase China: Desarrollo económico, sistema político y valores culturales). 
Básicamente, bajo este marco conceptual el procomún se vería catalizado por los proyectos comunizadores y bienes comunes liminales que emergen y se articulan de forma rizomática. Se plantea que de las personas que asistían a la plaza Syntagma en el centro de Atenas, algunas lo hacían para cumplir un rol de confrontación directa en la primera línea contra la represión policial, mientras que otros lo hacían viéndose involucrados en las asambleas autoconvocadas para expresar su opinión sobre los temas de interés común y participar de comedores libres, expresiones artísticas y culturales, charlas y foros ciudadanos, ferias de intercambio, tiendas gratuitas y otros. 
Algunas de las prácticas que han logrado transcender el momento o estado liminal para articularse con el Estado y la institucionalidad existente en pos de su estabilidad son las clínicas sociales las cuales operan en base a prestaciones de servicios voluntarios y donaciones de insumos materiales. No obstante han debido sortear obstáculos operativos para lo cual sea han agrupado en redes que permiten intercambiar y diversificar el stock  de medicamentos y otros insumos sanitarios. Los servicios prestados son usualmente canjeados en un banco de tiempo estableciendo así un sistema de incentivos efectivo y alineado con los objetivos del proyecto. 
Uno de los primeros y más consistentes esfuerzos por visibilizar lo que ocurre a la sombra de la economía formal de producción, consumo e intercambio de bienes y servicios en la sociedades capitalistas lo encontramos en las críticas sostenidas por el feminismo al marxismo. Así como Marx establece una crítica a la economía política relevando los aspectos de dominación y explotación que se encuentran en la base de las relaciones sociales de producción, la teoría feminista extiende esta crítica al marxismo mismo en términos de excluir de su análisis las relaciones de reproducción, cuidados, sexualidad y labores domésticas. 
La economía feminista plantea una cultura económica alternativa a la promovida por las culturas financiera y digital; dos expresiones típicas del capitalismo informacional global, que divergen en sus perspectivas de la creatividad, la innovación y el rol de lo público (entre otros aspectos) pero convergen en su base patriarcal que relega a las mujeres a un rol secundario, marginal y oprimido. Mientras la cultura tecno-digital promueve el código y fuente abierta como base de los adelantos técnicos que configuraron la revolución de la microelectrónica y las comunicaciones desde los 70, la cultura de Wall Street promueve la actitudes temerarias, el cortoplacismo, el beneficio personal y la competencia en las relaciones de mercado. Ambas culturas defienden valores relacionados con pautas de jerarquía e imaginarios de éxito sexistas presentes a lo largo del ciclo formativo y laboral. 
El planteamiento de la economía feminista, según Sarah Banet-Weiser, a diferencia de la faceta más suave o inclusiva de la economía capitalista -o marxista-, no se propone solamente una incorporación más plena de las mujeres en las relaciones productivas y fuerza de trabajo existentes, puesto que esto solo agrava la situación de doble y auto-explotación de la que son objeto las mujeres. Se trata más bien de cuestionar las estructuras productivas mismas y posicionar el trabajo doméstico, la economía de hogares y cuidados, junto con la escala humana, sexual y reproductiva entre los objetivos, responsabilidades y principios contraídos por el pacto social, el Estado y las instituciones económicas en las sociedades modernas.
En estricto rigor, la economía feminista propone un nuevo concepto de economía que trasciende sus límites impuestos a través del Estado y su aparato legislativo y policial, en base al enforcement histórico del mercado como el medio de intercambio por excelencia . Se propone en su lugar, una economía incapaz de separarse de su tejido social donde las prácticas y comportamientos humanos cobran sentido. Se espera superar la miopía irracional y tautológica del homoeconomicus como identificación de la satisfacción personal con el valor monetario de las transacciones económicas. Esto implica inevitablemente aceptar la presencia de valores, creencias, afectos y emociones que orientan la actividad personal, social y humana en un marco de sentido más amplio. 
Pero el enfoque feminista no es el único corpus teórico que desafía la lógica del beneficio. También destaca en tiempos más recientes una corriente conocida como “economía del decrecimiento”. Tal como se puede inferir, se trata de un enfoque que busca hacer frente a los desafíos teóricos y prácticos que plantean las sociedades y economías del siglo XXI marcadas por un estancamiento económico generalizado o secular. Pero esto último solo representa un problema del momento en que el discurso y los esquemas mentales dominantes colocan el crecimiento del PIB como un requisito imperativo. Pero las deficiencias de esta perspectiva ya vienen siendo expuestas desde hace un tiempo con análisis contundentes como el informe Stiglitz-Sen-Fitoussi en 2008  o la crítica de Tomáš Sedláček por mencionar algunos ejemplos destacables. 
De acuerdo a Giorgos Kallis, las principales amenazas o externalidades negativas a las que busca hacer frente la economía del decrecimiento son el cambio climático y la desigualdad de la riqueza. Para esto el enfoque exige introducir elementos de la economía ecológica, la ecología política y otras escuelas de pensamiento emergentes que han incorporado variables exógenas al mercado para reposicionar la persecución de la prosperidad y el bienestar por sobre el crecimiento. 
Kallis releva el carácter político de la economía la cual debiese ser entendida como un medio subordinado a los objetivos de un grupo humano y no como un sistema autónomo y autorregulado. Esto se logra -siguiendo a Polanyi– desmercantilizando la naturaleza, el trabajo y el dinero con lo cual las economías alternativas basadas en el decrecimiento, además de perseguir un objetivo político, persiguen un objetivo ecológico y social. Aquí es donde aparecen alternativas como la distribución de una jornada laboral entre más de un trabajador, lo que reduce tanto la carga de trabajo, como los ingresos y posiblemente la productividad pero incrementa el tiempo disponible, disminuye el desempleo y mejora el bienestar agregado. También aparecen las cooperativas de alimentos, las redes de intercambio directo, el trueque, las monedas locales y otros proyectos que promueven una relación más amigable con el espacio, la comunidad, el ecosistema y sus recursos. Además de incorporar un componente de sostenibilidad en la nueva economía del decrecimiento también incorpora la inclusividad a través de una defensa de los cuidados y el voluntariado como parte integral del quehacer humano. Esto último conecta directamente con los planteamientos de Amartya Sen y Bernardo Kliksberg quienes defienden un modelo de globalización y desarrollo ético basado en arreglos institucionales y acuerdos sociales que colocan a las personas en el centro. 
Cuando Polanyi hace alusión a las “falsas mercancías”, el dinero ocupa un lugar central. Y esto porque a diferencia de los recursos naturales y la fuerza de trabajo, el dinero es algo artificial que comenzó siendo un medio de cambio para gradualmente convertirse en un fin en sí mismo. Dentro de los esquemas mentales predominantes del mercado financiero, el dinero representa la medida misma del valor de las cosas (véase Mariana Mazzucato: El debate moderno del valor de las cosas), lo que lo coloca por sobre su función estrictamente contable y el valor de cambio eclipsa al de uso. Para escapar a esta lógica y enfrentar contextos de crisis recurrentes en el capitalismo moderno, es que en muchas partes se ha innovado a través de la implementación de monedas comunitarias. 
Existen ejemplos históricos más estables como el WIR suizo que rige desde 1934 cuando se implementó como estrategia para enfrentar la falta de liquidez generada por la gran depresión de los años 30. También tenemos la Red de Liquidez de Irlanda que opera exclusivamente por medios digitales o el sistema de trueque altamente difundido en Venezuela o algunas regiones de Bolivia (Palo Alto) que operan de modo presencial. El análisis de Sviatlana Hlebik nos muestra que existe una amplia gama de sistema monetario en cuanto a tipología, naturaleza y propósito.  Se encuentran presentes en Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido, Estados Unidos entre muchas otras partes del mundo. Su propuesta parte de la premisa teórica de que la sostenibilidad de los sistemas económicos y financieros dependen no solo de su eficiencia sino también de su resiliencia e incluso con cierta inclinación a favor de esta última. La resiliencia de un sistema económico descansa en su diversidad y plasticidad lo que juega a favor de la presencia de sistemas monetarios complementarios a diferencia de lo que plantea la teoría predominante. 
Quizás el sistema monetario alternativo más popular en el último tiempo es el bitcoin. Una moneda digital que no tendría mucho de especial si no fuese por la revolucionaria tecnología que la soporta: el blockchain. Para muchos el bitcoin es la aplicación más exitosa de sistema contable basado en la tecnología de “cadena de bloques”. En términos simples se trata de un sistema basado en un libro contable descentralizado donde las partes involucradas reciben información plena sobre las transacciones realizadas e incentivos suficientes para su revisión y registro. Los bitcoins en principio son una fuente escasa que se extrae y transa para dinamizar el sistema. Luego, el chequeo y volumen de transacciones aporta nuevos bitcoins a sus tenedores. 
Para Lana Swartz el bitcoin promueve valores descentralizadores y autonomizadores a través de que denomina el “metalismo digital” y el “mutualismo infraestructural”. Dos imaginarios colectivos que cobran cada vez más fuerza a medida que la tecnología se difunde. El metalismo digital hace alusión al extractivismo de datos o coins mediante el trabajo de extracción que realizan las partes y no sujeto a las restricciones de un ente regulador central. Por su parte, el mutualismo infraestructural se identifica con la idea de crear plataformas colaborativas de supervisión e intercambio abierto y transparente. De aquí surgirán dos grupos de entusiastas promotores del blockchain. 
Por un lado, estarán los visionarios radicales que sueñan con un mundo utópico donde las posibilidades de esta tecnologías quedan ampliamente sobrevaloradas. Se trata de grupos que apunta hacia la creación de sociedades, organizaciones y corporaciones autónomas y descentralizadas en torno a plataformas basadas en la tecnología de cadena de bloques. Se apunta hacia la desaparición parcial o total de la intermediación entre consumidores y productores, ciudadanos y representantes, colaboradores y servicios, etc. También se exaltan los beneficios de la automatización en el procesamiento de posturas de negociación y establecimiento de acuerdos. Una especie de hipernaturalización de los acuerdos sociales incapaz de ser corrompido y que se orienta en base a criterios tecnológicos y de mercado incorporados en algoritmos.
Muy alejado de este sueño utópico (que se acerca bastante a los principios liberales), se encuentra una visión más realista del sueño del blockchain, que Swarz llama “incorporativo”. Esta postura modera las expectativas en torno al alcance de la tecnología aunque curiosamente se identifica con las corporaciones en lugar del ciudadano promedio (de ahí su nombre). Se trata de un enfoque que visualiza en el blockchain una herramienta útil para hacer más eficientes los sistemas contables, transferencias bancarias y auditorías entre otros aspectos. Pero también, como resultado de su popularidad creciente, el blockchain opera como una efectiva estrategia de marketing para los equipos de ingenieros e informáticos al interior de la empresa. Con el solo hecho de mencionar que se trabaja en una migración de sistemas hacia la tecnología de cadena de bloques, esto se percibe como “estar trabajando en algo grande“. El blockchain incorporativo es un proceso lento de ensayo y error no muy alejado del proceso de innovaciones que ha impulsado el desarrollo técnico a lo largo de la historia. Además, desde esta perspectiva la centralización y la intermediación no desaparecen sino que se ven optimizadas al igual que la automatización de procesos productivos y autonomización de negociaciones, acuerdos y transferencias. 
Además de los sistemas monetarios comunitarios, otra expresión de economía alternativa son las Ciudades Lentas. Se trata de una versión más integral del movimiento Slow Food surgido en Italia en respuesta y oposición a las empresas de comida rápida (fast food). Las Ciudades Lentas son proyectos urbanos certificados por una red global en torno a ciudades o distritos que logran poner en práctica planificaciones estratégicas orientadas por principios de sostenibilidad, inclusión y bienestar. Para Pink y Seale, consisten en proyectos que anticipan el futuro y se preparan para posibles crisis económicas, sanitarias, ecológicas, etc. en base a un modelo resiliente de desarrollo urbano-rural basado en la sostenibilidad y la confianza por sobre el crecimiento económico (sería tan interesante como pertinente investigar el desempeño de estas ciudades en la actual pandemia global). 
Existen Ciudades Lentas acreditadas en Reino Unido, España, Australia y por supuesto Italia, las cuales pasan por exhaustivos y largos procesos de certificación. Las autoras señalan que estos procedimientos en sí mismos constituyen una forma de encauzar los esfuerzos y abrir posibilidades hacia nuevos futuros. Esto en términos de la construcción sociohistórica que recrean sus líderes en cada sesión de trabajo, depurando el componente esencial de aquello que se busca defender y promover en el tiempo: identidad local, patrimonio arquitectónico, tradiciones, creencias, valores, dinámicas socio-espaciales, etc. 
Luego -y para ir cerrando este recorrido superficial por esta fascinante obra- tenemos el estudio de Lisa J. Servon quien aborda desde la observación participante y la revisión bibliográfica la presencia de servicios financieros adecuados al consumidor tales como casa de cambio de cheques, préstamos sobre el sueldo o asociaciones de ahorro y préstamo rotatorio, entre otros. Sus conclusiones permiten romper algunos mitos que imperan en el gran sector financiero relacionados con la necesidad de bancarizar a toda la población, la presencia de banca informal por razones de desconocimiento financiero o la ausencia de adecuados métodos de ahorro en sus usuarios. 
La investigación de Servon identifica casos en que la necesidad de liquidez inmediata impide a muchas personas tomar decisiones racionales seleccionando las menores tasas y servicios más eficientes. También, en términos de las circunstancias específicas de personas con bajos ingresos y fuentes precarias de los mismos, muchas veces lo más racional es acudir a cambiar un cheque a una casa de cambio donde recibirá el pago en el mismo día y no tener que esperar algunos valiosos días en un banco a que se hagan las validaciones de fondos y auditorías respectivas. Además, se da el caso de los préstamos sobre el sueldo en que la tasa fija evita lidiar con la opacidad y riesgo de los contratos bancarios con tasas flexibles. Luego, el mito de la ausencia de ahorro se deshace por la presencia de métodos y mecanismos informales tales como asociaciones y cooperativas de ahorro y crédito. En el mayor de los casos los servicios financieros alternativos proveen un trato más cercano con el consumidor lo que promueve una confianza y trato preferencial que sus usuarios valoran y no encuentran disponible en la banca comercial. 
grosso modo las investigaciones disponibles en este trabajo se enmarcan cumplen con dos objetivos generales a cabalidad. Primero, permiten visualizar la vasta presencia de prácticas, actitudes y valores disponibles que convergen en diversos proyectos comunitarios a lo largo y ancho del mundo. Y segundo, como derivado de lo anterior, la obra provee un consistente corpus teórico para lidiar con la complejidad del fenómeno. Se advierte que los contextos de crisis como el que transita actualmente la sociedad global por razones sanitarias -y consecuentemente económicas- conllevan la emergencia y dispersión de estos ideales comunizadores lo que se traduce muchas veces en una crítica directa al modelo imperante basado en la protección de la propiedad privada, la sobreexplotación de recursos, el crecimiento y la productividad económicas incesantes, la asignación eficiente de recursos y la maximización de la utilidad y el beneficio personal. Pero en otros casos, quizás mayoritarios, predomina una actitud y valores colectivos, solidarios y colaborativos con independencia de proyectos políticos específicos. 

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Francisco Lucero, solicita colaboración