Tomado de: El Parónimo Creo

Francisco J. Lucero Bravo, Sociólogo, Magíster en Política y Gobierno, presenta una lectura de “La gran transformación” de Karl Polanyi y da cuenta de su relevancia para entender la actual coyuntura.

Karl Polanyi

La obra de Karl Polanyi hoy cobra más sentido que nunca. En “La gran transformación” (1944) nos encontramos con un ataque frontal a, al menos, tres tesis fundamentales que han calado en lo más profundo del discurso económico y político de nuestros días y que son en las cuales centraremos nuestro análisis.  

La primera tesis tiene relación con “la naturalización del mercado”. Entender o más bien, obstinarse a hacerlo, que las sociedades desde sus inicios han dependido del mercado para funcionar como tales. Esta tesis la encontramos ya reforzada en los planteamientos de Adam Smith, quien basaba sus argumentos del humano primitivo en el mercado como un modelo básico de razonamiento,  lo cual sería errado, de acuerdo a Polanyi. Sin duda es casi intuitivo pensar de esta forma, es decir, creer que el mercado es una característica intrínseca del vivir en sociedades desde los tiempos más remotos. Esto ocurre porque consideramos que el intercambio, como ethos del mercado, es el mecanismo por definición que orienta el abastecimiento y las transacciones de bienes y servicios en las elaciones intra inter grupales. Pero Polanyi señala que hay vías alternativas y mucho más difundidas en sociedades primitivas y comunidades tribales de la actualidad tales como la reciprocidad, la redistribución y la economía doméstica.  

La reciprocidad se entiende como el traspaso de ofrendas y recompensas entre iguales, por lo que se tiende a dar en el marco de comunidades cuya organización es más horizontal. La redistribución, por su parte, depende de sociedades organizadas de manera más centralizada que concentran y luego reasignan una parte sustancial del stock de bienes entre sus miembros. La economía doméstica, por su parte, se basa en pequeños grupos donde priman las relaciones de parentesco que, si bien muestra un determinado grado de jerarquía, finalmente la propiedad pasa a ser esencialmente colectiva.  

De este modo, el intercambio propio de la organización mercantil es solo una entre otras formas de organización social que garantizan la supervivencia del grupo mediante el traspaso de bienes y servicios. El intercambio encuentra sus orígenes en el trueque como intercambio directo y presencial de bienes cuya valorización se considera equivalente o aceptable. El intercambio propiamente tal es un contrato entre partes, el cual históricamente ha evolucionado y se ha sofisticado para alcanzar formas más abstractas de transacción mediatizada a través del dinero. El mercado, de acuerdo al argumento de Polanyi, solo ha alcanzado la posición central que hoy ocupa en la vida de las personas porque en determinado momento histórico (siglo XIX), el Estado, a través de diferentes mecanismos, se ha embarcado en el propósito de promoverlo e imponerlo como tal. Polanyi se vale de una serie de argumentos provenientes de la historia y la antropología económica, haciendo gala de su ilustrado bagaje teórico, para demostrar esta tesis.  

Una vez se ha logrado imponer esta pseudo-verdad de que el mercado es la base de las relaciones humanas, se transita históricamente en lo que él denomina, “la Paz de los 100 años”, periodo que comprende desde 1815 a 1914, donde a excepción de la Guerra Franco-Prusiana que no duró más de un año, sumado a un determinado número de guerras intestinas de la naciones occidentales, no hubo conflictos de grandes proporciones a nivel internacional. En dicho periodo, las altas finanzas (hautes finances) se encargaron de promover un ambiente en que los gobiernos priorizaban mantener relaciones favorables al comercio, disuadiendo eventuales enfrentamientos armados. El liberalismo económico lograba imponer su impronta a nivel mundial, lo que cual nos lleva a la segunda tesis en discusión, la cual nos plantea que “los mercados son capaces de autorregularse”.  

Este supuesto, es sumamente nocivo y errado, por lo demás, de acuerdo a Polanyi, porque homogeneiza y simplifica en extremos el análisis que subyace a la economía política. La supuesta autorregulación del mercado se basa en premisas tales como entender el trabajo, la tierra y el dinero como mercancías cuyo precio debe ser fijado en las relaciones de oferta y demanda. De este modo, desconoce el componente social, cohesivo y volitivo del trabajo del ser humano en su relación con la naturaleza. Desconoce, además, la equivalencia de esta última con la tierra y subordina el carácter simbólico del dinero a su carácter de mercancía. Estas categorías distorsionadas evaden la complejidad inmanente a los factores de producción (trabajo, tierra y dinero) para hacerlos medibles y ajustados a modelos reduccionistas que permitan hacer predicciones. De este modo se ignora, por ejemplo, que al entender el trabajo como mercancía, la huelga o el desempleo pasan a ser un componente integral de la ecuación, por tanto, tan normales como necesarios para la determinación del precio de dicha mercancía en el mercado. Luego, esto se deriva que el desempleo puede ser voluntario o, peor aún, incluso se llega a suponer que frente a niveles elevados de desempleo, el mercado y la sociedad como total podrían seguir operando con relativa normalidad en lugar de desintegrarse desde sus cimientos.  

Polanyi pone en relieve el carácter complejo de estos factores de producción y, por tanto, considera que su regulación obedece a determinados factores históricos y antropológicos tanto como normativos. El enforcement del mercado del trabajo fue uno de los hitos más disruptivos y traumantes de las historia reciente -como se expresó más arriba- constituyéndose como un requisito para dar curso a la autorregulación del mercado en todos sus ámbitos. En dicho proceso fue fundamental la creación de la ley Speenhamland en Inglaterra a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, que mediante subsidios al ingreso buscaba reducir la pobreza rural que se expandía como consecuencia de éxodo rural-urbano impulsado por la demanda de mano de obra en las industrias emergentes. Dichos mecanismo se reconoce como un ejemplo icónico de las intervenciones estatales que respaldaron la imposición del mercado de trabajo, a diferencia de la supuesta naturalidad de su curso.  

Las respuestas colectivistas y proteccionistas fueron la tónica durante los diversos periodos afectando tanto al trabajo, como la tierra y el dinero. Este es uno de los argumentos más sólidos de Polanyi, el cual nos dice que la regulación del mercado mediante diversos instrumentos y mecanismos considerados distorsionadores por los economistas liberales, no son más que la expresión de la imposibilidad de dejar al mercado regularse a sí mismo y constituyen la tónica de la historia reciente de la humanidad. Cada vez que se esperó que el mercado operara con autonomía, esto generó consecuencias desastrosas a niveles de segregación, empobrecimiento y exclusión social. Pero no solo afectó a nivel del mercado del trabajo, también a nivel del dinero cuyo principio o eje normativo era el patrón oro, la volatilidad de los tipos de cambio, la inflación importada, las alzas arancelarias unilaterales, la quiebra de empresas exportadoras, entre otros efectos nocivos generados por el comercio internacional estaban a la orden del día.  

Aquí es donde aparece la tercera tesis en cuestión, relacionada con “la separación entre lo económico y lo político”. Así como Polanyi considera al trabajo, la tierra y el dinero como mercancías artificiales, del mismo modo concibe como artificial la escisión entre la esfera de lo económico y la de lo político, como también de lo social, lo histórico, lo antropológico y lo cultural. Principalmente esta separación fracasa porque debe ser reforzada permanentemente para que parezca real. Ese reforzamiento de una ilusión o una utopía, como lo es la autorregulación del mercado, se da mediante la exclusión de aquello que no califica como parte integral del paradigma imperante.  

De esta manera la apertura de cuentas de los mercados nacionales al comercio internacional se da bajo una supuesta horizontalidad que en la práctica esconde las ambiciones imperialistas y coloniales, por ejemplo, que en su represión cínica terminan por darse rienda suelta con la llegada del fascismo al poder en la primera mitad del siglo XX. Esto trajo consecuencias terribles pero en absoluto sorpresivas. La obstinación con la que se defendió la tesis de las economías de mercado como el principio regulador de la vida social terminó por implosionar a través de regímenes con proyectos políticos alternativos. Las duras consecuencias a las que se sometió a los países perdedores de la 1ra. guerra mundial, principalmente en lo monetario, llevaron a sus economías se estancaran permitiendo que aflorara un sentimiento y orgullo nacional basado en la oposición y el rechazo de lo externo. La apertura comercial generó autarquía como rasgo distintivo del proceso. Esto se entiende como una respuesta de lo social frente a lo económico aunque sacrificando la libertad. Lo que en Alemania e Italia adquirió esta forma, en Rusia se dió más como un proyecto de colectivización de la propiedad pero aún con defensa de la libertad al menos en sus principios. Mientras la reivindicación de lo social frente a lo económico es el factor común entre los proyectos socialistas y fascistas del siglo XX, sus  respectivas visiones de la libertad son el principal punto de diferenciación. 

Los cuatro principios organizadores que definieron a la sociedad occidental en el periodo analizado por Polanyi, fueron entonces, la balanza de poder, el patrón oro, el mercado autorregulado y el Estado liberal. En la medida en que estos cuatro mecanismos operaron con relativa eficacia durante el siglo XIX, se pudo evitar un conflicto de magnas proporciones con las desastrosas consecuencias que ello implica. Ahora, el hecho que a nivel internacional haya existido una aparente estabilidad en absoluto implica que dentro de las fronteras de los estados nacionales la prosperidad haya reinado. De hecho, la vasta evidencia ofrecida por Polanyi da cuenta de que ocurrió exactamente lo contrario.  

En múltiples circunstancias la expansión de la economía significó la despolitización de la sociedad. Los terratenientes y el campesinado, por un lado, se vieron frecuentemente enfrentados a los intereses de los trabajadores industriales y el empresariado, por el otro. Esto porque el trabajo y la tierra se disociaron el uno del otro y quien no estuviese dispuesto a vender su fuerza de trabajo en la actividades industriales que venían gestándose, estaría destinado a la miseria y la pobreza. Así, quienes acostumbraban a vivir por subsistencia y extraer de la tierra accesible lo necesario, ahora se veían enfrentados a la posibilidad única de producir orientado a generar excedentes. Esta orientación a la ganancia es una de las particularidades del desarraigo de la economía de la sociedad, y este desarraigo el factor decisivo que aglutina todos los demás que componen “la gran transformación” a la que se ven enfrentadas las sociedades capitalistas en la agitada y conflictiva primera mitad del siglo XX, definida por dos guerra mundiales y un gran depresión económica.  

De este modo, vemos que la obra de Polanyi tiene plena vigencia en estos al advertir que tras el resurgimiento de las políticas liberales en los 70 y 80, los trastornos económicos y financieros no han sido escasos. Esto porque aquellos supuestos analizados por Polanyi tales como la  naturalización del mercado, su autorregulación y la separación de lo económico de lo político y lo social persisten con fuerza en nuestros días. Polanyi hace gala de un razonamiento complejo que incorpora múltiples enfoques en el análisis de lo económico, porque simplemente entiende que su separación de las demás áreas de la experiencia y el saber no es más que artificial.  

Acceda a la fuente original aquí