Tomado de: Lobo Suelto

À bientôt Jacques Derrida, filósofo de la Memoria // Ana Levstein

“Pues mañana sucederá, para el `mi vida´ el ‘nuestra vida’, la de los otros, lo mismo que, ayer, sucedió para otros: más allá, pues del presente vivo en general.

Ser justo: más allá del presente vivo en general – y de su simple reverso negativo- Momento espectral, momento que ya no pertenece al tiempo, si se entiende bajo este nombre el encadenamiento de los presentes modalizados (presente pasado, presente actual, “ahora”, presente futuro). Cuestionamos en este instante, nos interrogamos sobre este instante que no es dócil al tiempo, al menos a lo que llamamos así. Furtiva e intempestiva, la aparición del espectro no pertenece a ese tiempo, no da el tiempo, no ese tiempo…”

        Espectros de Marx


Hoy es ese tiempo, ese presente desquiciado, desajustado, no contemporáneo de sí. 

Hoy es ese presente sin el cual ninguna ética, ninguna política, revolucionaria o no, parece posible, ni pensable, ni justa, si no reconoce como su principio el respeto por esos otros que no son ya o que no están todavía ahí, los fantasmas de los que ya han muerto o de los que todavía no han nacido.

 Hoy es ese tiempo de la responsabilidad a través de la cual coinciden en el porvenir, el pasado y el futuro.

 Hoy, Jacques Derrida ha desgarrado ese instante infinito, en el que ya habrá dejado de pensarnos, por lo que algo nuestro se habrá ido con él, en el que tampoco habrá un encuentro, una espera, sino este doloroso “esperar no volver a esperarse”, en el que un Adieu habrá desplazado al à très bientôt. Sin embargo, un encarnizado à bientôt, cher maître, cher philosophe, sigue vivo en su duelo, para ser justo con su memoria, con el tiempo que (nos) dio, con sus huellas de porvenir, que, de cualquier modo, bajo una forma que ya no es la del presente vivo, nos seguirá pensando…

 Miércoles a las cinco de la tarde. Casi de noche en el brumoso invierno de París. Anfiteatro del Boulevard Raspail. Gente de todas las edades, de todas las geografías, de todos los idiomas. Algunos, los madrugadores, sentados en los bancos. Otros, menos prevenidos, par terre, o sea en el suelo, en la tarima, en cualquier parte. Todes tendremos la fortuna de compartir una mística. 

El reloj del anfiteatro marca las cinco de la tarde. Un hombre de estatura mediana, morocho, cabellera blanca, con un andar firme y enérgico, entra con su portafolio y su pipa. Un hombre más, entre millones de hombres, alguien que quizá caminando por una vereda cualquiera, nadie advertiría en su “presente vivo”, en el maravilloso e inconmensurable “presente” de su existencia, y quien, sin embargo, ha movilizado voluntades, energías, viajes, despedidas, becas, trámites y un caudal de “suplementos” para gozar de su presente vivo y de su cálida voz. 

¡Qué ironía! El filósofo de la escritura, el deconstructor de la metafísica de la presencia, es, en este anfiteatro, como Sócrates, “el que no escribe”. El es el Logos, el Sol, el Padre, el Capital, el Bien, el Alma o Psiché en su propio neuma, en su latido planetario que ninguna letra, ningún signo usurpador, ningún suplemento traicionero, ninguna escritura mentirosa puede eclipsar en su “presente vivo”, radiante y milagroso. Ni siquiera su propia escritura. Este filósofo es Jacques Derrida.

Su escritorio ya está lleno de grabadores (¿acaso no es todo cuestión de prótesis, Cher Maître? Y sus ojos profundos y pardos de filósofo africano se dirigen al auditorio. Derrida argelino, Derrida francés, Derrida judío, Derrida ecuménico, Derrida marrano, (“Tu sais: il est reputé un des 50 personnes plus inteligents de la planétè!”), no, no conocía ese dato, pero Derrida filósofo, Derrida sofista, Derrida escritor, Derrida orador, Derrida analista, Derrida mago, Derrida chef d´orchestre, acaba de ingresar al anfiteatro y todos intuimos que una taumaturgia está por producirse, en vivo, o, quizá, en su tiempo verbal favorito, se habrá producido.

De allí en más, dos horas y media con el alma en suspenso, con el alma acariciada por esa voz poderosa que atraviesa todos los registros: el coraje, la ternura, el humor, la fuerza intelectual y moral, nuevamente el pulso de una psiché gigantesca que habrá sido a la vez la de un hombre cualquiera más, entre millones de seres y la singularidad de un Hombre con Mayúsculas, la singularidad de un nombre propio, de una firma, de una huella… 

Y luego, habrá sido la diseminación, la torre de babel, la fuerza de una esperma sin bordes que habrá debido hacer marchar el mundo por “el lado bueno”, por el porvenir de un acontecimiento venturoso. Fuerza seminal que ya aporetiza, quijotea, se cae, se levanta, se re-cae y se re-levanta (¿acaso no es todo cuestión de iterabilidad, Cher philosophe?) y un abrazo que habrá sido el último y una sonrisa infinita como la memoria y la esperanza y un “on se fait de signes” para que la distancia no abrume con su pesada espectralidad, (¿es que acaso hay algo más que, signos de signos, huellas de huellas Cher Philosophe?).

Y luego, habremos sido devueltos a la realidad de París, el frío, el café multilingüe, la boca negra del metro y los empujones anónimos, hasta Denfert-RochereauCité Universitaire después.

Y luego, una no habrá sido ya la misma, algo habrá advenido con esa presencia, con esa voz, alguien habrá venido a nuestro encuentro, quizá advenido, para iluminar lo mejor de nuestros secretos caminos.

Y luego, en la dimensión helada de la ausencia, habrá llegado la responsabilidad de un trabajo del duelo, tanto más inyunctivo cuanto que él ya no está entre nosotres en la plenitud de su presente vivo, de su don para dar, para ser faro de su tiempo y de los tiempos, irradiando todos los presentes, todos los dones, todas las promesas.

P.S : Oui, Cher philosophe, ne vous inquiétez pas. Même dans ce monde laberyntique, quizá pocas veces más out of joint que aquí-ahora, tal vez andaremos a tientas, tal vez tropezaremos en la oscuridad de lo indecidible, tal vez también un andar rengo, esforzado, doloroso, pero sus huellas habrán quedado aquí, de este lado, más allá de todo presente vivo, enseñando a vivir en la resistencia,   sosteniendo la experiencia abierta, desértica y expuesta que es la espera del otro y del acontecimiento.

Por eso, y por todo, je vous dis, de tout mon coeur, à bientôt, Jacques Derrida.

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