Fuente: La República

“Castillo inicia su mensaje bicentenario auspiciosamente, recuperando un horizonte histórico imprescindible. Pero también abre las puertas a concepciones autoritarias, xenófobas, punitivas y machistas”.

Foto: Pedro Castillo. La Rpública

El mensaje inaugural del presidente Castillo tuvo una carga histórica significativa. Supuso un quiebre con lo que en algún momento llamé “la era del historicidio”, en que la historia fue relegada como fuente de identidad nacional y convertida en paisaje de postal para exportar, promover productos y atraer el turismo; remplazada por el nacionalismo Marca Perú. Y esta deshistorización de la política, señalé entonces, suponía también la despolitización de la noción de ciudadanía, definida por su capacidad de insertarse en el mercado, ya sea como consumidores o “emprendedores”. Pero, más allá de este fundamentalismo de mercado, políticos y líderes de grupos subversivos contribuyeron también con el historicidio, haciendo tabula rasa del pasado peruano. Desde Alan García, que sepultó el legado del fundador de su partido, el de más larga trayectoria histórica en el país, hasta Abimael Guzmán, que para lanzar su guerra sanguinaria en 1980 proclamó “somos los iniciadores”: la historia comenzaría con ellos.

Es importante remarcarlo, porque la historia no solo da un sentido de pasado, sino de destino; no se detiene, va a algún lado, obliga a plantearse el futuro. Aunque suene a cliché, solo sabiendo de dónde venimos podemos saber a dónde vamos. En su mensaje, Castillo entronca directamente con la historia, muy consciente de su rol y su lugar en ella: “Es la primera vez que nuestro país será gobernado por un campesino, una persona que pertenece, como muchos de los peruanos, a los sectores oprimidos por tantos siglos”. El Perú no empieza con la invasión de “los hombres de Castilla” en el siglo XVI; las civilizaciones prehispánicas y sus descendientes no son “indios”: son shipibo-conibos, awajún, quechuas, aimaras, entre otros. Y pasa revista a migraciones posteriores, muchas de ellas forzadas e invisibilizadas, a las poblaciones afrodescendientes y asiáticas. Esta referencia a la pluralidad histórica del país es hábilmente rematada con su declaración final de convertir el Ministerio de Cultura en Ministerio de las Culturas.

Todo muy prometedor, hasta aquí. Pero el mensaje tuvo también puntos preocupantes, demagógicos, y contradictorios con su declarada intención de gobernar en democracia y para todos. Destaco dos: “Los delincuentes extranjeros tendrán 72 horas de plazo para salir del país y […] los jóvenes que no estudian ni trabajan deberán acudir al servicio militar”. Si bien ambos fueron parte de su campaña en primera vuelta, no son compatibles con su promesa de gobernar en democracia y para todos en la segunda vuelta. La primera advertencia denota un tono chauvinista y xenófobo, que suele ser popular en nuestro país y se ha acentuado con la inmigración venezolana (a lo cual con toda seguridad apunta), pero es inadmisible en un país democrático: la solidaridad no puede terminar en una frontera nacional. La segunda, igualmente punitiva y difícilmente aplicable, parece sacada de un manual civilizador del siglo XIX y se contradice con su declarada identificación con las poblaciones oprimidas, pues si hay alguien que ha sufrido históricamente con este tipo de medidas son los campesinos, a través de la leva y el maltrato en los cuarteles.

Es posible que su visión punitiva de los desempleados y “delincuentes” resulte de su propia identificación con Marca Perú –Castillo hizo uso reiterado de indumentaria con ese característico logo en ambas campañas– y con su filosofía del “emprendimiento”, según la cual “el que se esfuerza puede”. Sin embargo, esta filosofía individualista choca con otras partes de su propio discurso que reconocen causas estructurales y coyunturales del desempleo y la delincuencia; sin ir muy lejos, la pandemia.

Castillo inicia su mensaje bicentenario auspiciosamente, recuperando un horizonte histórico imprescindible. Pero también abre las puertas a concepciones autoritarias, xenófobas, punitivas y machistas, que, si bien lo unen con una izquierda cavernaria y homofóbica de Perú Libre, no pueden convertirse en política de Estado. Su llegada a la presidencia se debe a un apoyo mucho mayor, y él ha prometido gobernar para todos los peruanos y peruanas, no para un partido. Estaremos vigilantes.

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