Tomado de: Hildebrandt en sus trece # 551

Carta a un caviar imaginario, por Juan Manuel Robles

Me niego a verte ese plan, amigo progresista que toma café selecto y va al festival de la PUCP, aplaude La revolución y la tierra y llora con esas películas independientes en lenguas originarias —con subtítulos— en las que se denuncian los crímenes del Estado opresor y la Policía mala. Yo también soy un poco así. Digo, de esos que tienen sensibilidad social pero a los que nunca les faltó nada, o casi nada (que no es lo mismo pero es igual). Y está bien que la sensibilidad social y las banderas ideológicas no nos nublen; ya estamos grandecitos para desear una nueva Cuba sudamericana cuando en la propia Cuba —la verdadera, no la de las proclamas— los jóvenes claman más libertad. Ya estamos viejos para creer que Hugo Chávez es un modelo a seguir.

Pero eso no puede llevarte al triste espectáculo de esta semana, amigo progresista con quien intercambiábamos acordes de guitarra de Víctor Jara, mientras volvíamos de alguna casita del barrio alto (porque siempre estuvimos a un grado de distancia de los que más tienen). Una cosa es renunciar a la revolución y otra adoptar dócilmente las mismas fobias, el mismo miedo que tiene el stablishment por cualquier viento de cambio, comernos el cuento del pánico solo por la presencia de líderes grises, de ministros turbios (en una tierra que siempre los ha tenido, y donde acabamos de elegir, con estoicismo, el mal menor), satanizar a un partido y deslizar la idea de que la vacancia —una medida excepcional— es posible y hasta deseable, cuando apenas llevamos pocos días de gobierno.

No puedo creer que te prestes a la narrativa del escándalo y repitas eso de que en el gabinete hay terroristas o filosenderistas. Lo entiendo de la derecha, ¿pero tú? Tú que sabes bien cómo fue la guerra interna. Tú que practicaste en la Comisión de la Verdad y Reconciliación —los llamaron sin tener ninguna experiencia, como a tantos de tu facultad, y qué bueno porque talento nunca te faltó— y que me contabas lo que en ese tiempo no se sabía tanto: que ambos bandos cometieron actos terroristas, que los militares fueron tan salvajes y sanguinarios como Sendero. Recuerdo que cuanto más sabías, más te indignaba esa verdad dolorosa: que se condenó al ostracismo a los subversivos y sus defensores, lo que estuvo bien, pero soportamos en el Estado a los negacionistas y cómplices del otro bando.

No puedo creer hayas bajado al nivel de análisis de la televisión básica. No te reconozco. Tú que sabes perfectamente que la ley de apología de terrorismo en el Perú solo sirve para criminalizar selectivamente. Que se presta para cualquier persecución. Como cuando se abrió investigación por apología del terrorismo a La Cautiva, porque en la trama un militar violaba el cadáver adolescente de la hija de una pareja senderista —cosa real y documentada, por cierto—, o cuando detuvieron a una chica porque colocó afiches alusivos al conflicto armado para un trabajo de instituto (y solo salió libre porque era hija de un periodista conocido). Si eso pasó en Lima, ¿qué más pasará en el resto del país? Aquí te pueden abrir una investigación por tener un libro de Mao y, hasta hace unos años, por ponerte un polo de Túpac Amaru.

Tú mejor que nadie sabes que en varias regiones fuera de Lima sí se vive el posconflicto, que están a años luz de la capital. Eso quiere decir que se sientan a una misma mesa torturados y torturadores, bombarderos y deudos. Y hay Bellidos que piensan que Edith Lagos, una terrorista que murió a los 19 años, provoca lástima y asombro histórico. Como lo pensaba el líder aprista Armando Villanueva del Campo, quien según versiones periodísticas fue a rendirle honores a su tumba en pleno conflicto armado (sin que nadie lo acusara de subversión). Como lo pensaron historiadores, poetas y escritores nada senderistas.

Y en todo caso, la posición de Estado se marca al llegar a un cargo público. Se deslinda con lo que haya que deslindar, como se ha hecho.

Tú sabes bien tuvimos un ministro condenado y sentenciado por terrorismo. Y nadie usó la palabra “inaceptable”, porque el presidente era de derecha.

Hemos tenido ministros apañadores del terrorismo (de Estado), sujetos con fajín que le dieron ayuda legal a militares asesinos. Cuanto daría yo porque al menos hubieran dicho eso que Bellido dijo sobre los senderistas (y que se critica por muy suave): “peruanos equivocados que cometieron actos terroristas”.

No puedo creer que no te indigne esta criminalización selectiva. ¿Te acuerdas cuando a Sagasti lo trataron de vincular con el MRTA por pedirle un autógrafo a Néstor Cerpa mientras era rehén en la residencia del embajador del Japón? ¿Te imaginas lo que pasaría si Castillo o uno de sus ministros tuviera un autógrafo de un líder senderista? Ya estarían desterrados. Con Sagasti el progresismo minimizó el tema como lo que era: una tontería. Pero no con Bellido. De alguna manera, es como si esta vez eligieran no llevar luz a las tinieblas de la derecha obtusa, más bien por el contrario, unirse a la histeria. ¿Por qué?

En procesos como este, son ustedes los que deberían estar a la vanguardia, no a la retaguardia. Y por supuesto que es un retroceso tener funcionarios machistas y homofóbicos —una vergüenza—, pero nada es más reciamente conservador que insinuar una vacancia a tres días de empezado el gobierno solo porque los ministros causan “desconfianza”, sin siquiera mencionar que algunos de ellos son de primera.

¿Qué pasó? Hace poco nos reíamos juntos al darnos cuenta de que la derecha rechazaba a Castillo porque sigue con el miedo viejo de que una horda de indios tome el poder. Pues ahora veo en ti el mismo miedo: igualito.

Miedo a que Castillo se quede, a que haga de lo que empezó a hacer en su discurso inaugural: inspirar y unir. A que tenga poder y más gente empiece a quererlo. A mí que Castillo tenga más poder me emociona, porque eso permitiría aprobar una nueva constitución —¿te acuerdas cómo celebrabas a Javier Diez Canseco cuando, solitario, proponía el cambio constitucional?— y se podrá nacionalizar el gas y tomar medidas en favor del desarrollo humano (que no es lo mismo que el crecimiento económico). Por supuesto, también está el temor de que el gobierno nos decepcione y lo peor de Perú Libre asalte el Estado, como los gobiernos anteriores. ¿Pero por qué negar la posibilidad positiva? Para lo malo, estará la fiscalización y la crítica. Como siempre.

No lo niego. Admiro tu inteligencia y coincido en que Perú Libre ha dado malas señales con su vocación de repartija. Y estoy a punto de darte la razón en desconfiar y querer dar un ultimátum. Pero entonces recuerdo cómo te enamoraste del flamante Kuczynski, que tenía antecedentes horrorosos y una larga trayectoria en el lobbismo de alto vuelo. Él sí era solo un instrumento para que no gane Keiko, pero a ti te fascinó tanto: te emocionó más que los ministros hicieran aeróbicos que el hecho de que el premier actual hable en quechua y haya resuelto un conflicto en tiempo récord (en otros tiempos me habrías hecho comentarios sobre la integración lingüística). Veo una foto que nos tomamos hace un tiempo. Sonríes junto a José Carlos Agüero en la presentación de Los rendidos (su testimonio como hijo de senderistas ejecutados extraoficialmente). Copas vino. Viva la cultura y la reconciliación. Y empiezo pensar, para definirte, en una palabra que me negué a usar por años, porque me parecía muy burda. La palabra con C.

(Por Juan Manuel Robles. Hildebrandt en sus trece # 551)

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