Tomado de: Jugo de Caigua

EL TRAUMA QUE NOS SILENCIA. Por Eduardo González Cueva

El terrorismo y la historia que no puede nombrarse


Eduardo González es sociólogo y defensor de derechos humanos. Ha contribuido al diseño y operación de comisiones de la verdad, procesos de memoria histórica y reparaciones post conflicto en todos los continentes. Es profesor de investigación de la Universidad George Mason, en los Estados Unidos.


El terrorismo como método criminal tiene diversas formas: ataques dinamiteros indiscriminados, ejecuciones arbitrarias, secuestros, matanzas y otros actos que, presuntamente, deben desmoralizar —aterrorizar—  a un grupo que se conceptúa enemigo.

            En tanto método, ninguna tendencia o nación tiene la exclusividad de su uso. Nacionalistas cometieron magnicidios en Europa y apristas los cometieron en el Perú. En la Segunda Guerra Mundial, los alemanes desaparecieron prisioneros y los rusos ejecutaron a oficiales de los países ocupados. Volviendo a nuestro caso, las alegaciones indican que los extremismos se parecen: a fines de los 70, para atacar al gobierno militar al que consideraban su enemigo, marinos de ultraderecha atacaron barcos cubanos y Sendero Luminoso dinamitó la tumba del general Velasco.

            Estos son hechos, pero no sabemos cómo nombrarlos. Y mientras menos los nombramos, más se hunden en la desmemoria o en un retrato a la medida de quienes quieren mantener la impunidad. En el Perú se enfrentaron grupos subversivos y el Estado, ambos usando métodos de terror, pero solo los subversivos son llamados “terroristas” y, en consecuencia, el conflicto armado es conocido coloquialmente como “la época del terrorismo”.

            Cuando el renunciante canciller Béjar dijo que el terrorismo se había iniciado antes de 1980, se refería al método, y no faltaba a la verdad. Cuando el público escuchó que el terrorismo había sido iniciado por la Marina, entendió que Béjar se refería al período histórico, y lo consideró un ultraje.

            Nuestra historia reciente es, entonces, una colección de hechos innombrables. Preferimos el silencio, o bien una narrativa estándar y tranquilizante: lo que ocurrió lo hicieron otros, no nosotros. Esa autocensura es mucho más grave que el caso Béjar y no se limita al “conflicto armado” o a la “época del terrorismo”, sino que invade toda nuestra vida en común e impide ver los problemas a la cara.

            Hay miles de familias deshechas por la violencia sexual machista, pero no podemos hablar de machismo ni de violadores. Ay de quien use la palabra “género”, o eduque a las niñas para que reconozcan el abuso. Existe una masacre continua de indígenas para apoderarse de sus bosques y ríos, pero no podemos admitirlo; hay que hablar de casos aislados, que no se mencione el concepto de consulta previa. Policías asesinaron a senderistas internados en un hospitalmarinos desaparecieron personas en el estadio de Huanta en el gobierno de Belaúnde; Fujimori controló un escuadrón de la muerte… que nada se mencione o, más bien, háblese de excesos y casos aislados, o bien enúnciense los crímenes subversivos para hacer un equilibrio justificador.

            Durante el conflicto armado, Sendero exigía a sus militantes firmar una “carta de sujeción” en la que debían referirse a su cabecilla, Abimael Guzmán, como “el más grande marxista leninista maoísta viviente, jefe de la revolución mundial” y otras adulaciones en su jerigonza canónica. Hoy, en una repetición grotesca, ningún ciudadano puede referirse a los veteranos del conflicto como algo que no sea héroes impolutos, a Sendero como algo menos que “demencial” y a la época entera del conflicto como “la época del terrorismo”. Cualquier cosa distinta implica arriesgarse a una acusación de apología o a una descalificación para el servicio público.

            En consecuencia, no hay pensamiento posible, sino evocación ritual. No se reconoce la escala de grises de la realidad, sino solamente la oscuridad absoluta y diabólica enfrentada a la luz radiante y salvífica. Una memoria artificial hecha de límites y fórmulas, donde nos damos la mano con otros pueblos cuya historia oficial también reproduce los miedos y las rabias: Rusia, donde se censura hablar de la ocupación de Crimea; Turquía, donde se criminaliza mencionar el genocidio del pueblo armenio; Israel, donde se penaliza a quienes cuestionan la ocupación de Palestina.

            Con todo lo preocupante que ha sido la destitución del canciller Béjar, la censura interior que hemos instalado es mucho más grave. Porque es esa destrucción del lenguaje y de su función crítica la que permite que la Marina censure a un caricaturista en julio y deponga a un canciller en agosto. Hubiera sido mucho más sano dejar que Béjar enfrentase a sus críticos en una interpelación congresal, en un raro ejercicio de examen histórico. Hubiera sido, al menos, más sano que ver al premier Bellido reculando de sus bravatas ideológicas o a López Aliaga llamando a la muerte de sus rivales políticos. Mejor ponerle nombre a nuestros traumas no tratados, porque las bombas pueden haber terminado, pero el odio sigue siendo una larga y ensordecedora explosión.

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