Tomado de: Juegos sin reglas – Diario Público

Consejos fratrios, por José Ángel Bergua

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El término «autoridad» resulta de la unión del término latino augere («aumentar») y el sánscrito otas («la fuerza de dios»), resultando de todo ello algo así como la conducción de las gentes por entidades entre superiores y celestes, tales como un dios, el Estado o las más efímeras élites. Por el motivo que sea, el 15M, conectando con el espíritu general de un nuevo tiempo, se levantó no sólo contra el poder así entendido, sino contra su refugio último, la propia democracia formal. De ahí el revolcón general que experimentó la ya vieja lógica de la re-presentación o delegación. El mecanismo que, de momento, mejor permite expresar positivamente el nuevo impulso es la asamblea, su contexto político es la acracia y el arquetipo que anima todo ello es la fratria. Sin embargo, aunque la política institucional apenas acaba de experimentar su irrupción, la fratria ya llevaba mucho tiempo influyendo en la erosión de instituciones típicamente patriarcales, como la familia o la escuela, e igualmente llevaba impidiendo que en esos y otros muchos ámbitos prendiera la auctoritas, esa versión amable de la jerarquía que sugiere aceptar la autoridad no porque tenga el respaldo del poder o de la violencia, sino por su ascendencia moral.

La lógica y sentido que inspira la fratria nada tiene que ver con las «verdades», quizás con algún margen para ser corregidas o discutidas, que actúan como faro o guía del conocimiento o de la toma de decisiones, habitando en aquel lugar celeste que Platón reservó a las ideas y en el que estaban alojadas también la belleza y la bondad, nociones todas ellas eternas e inmutables, antaño portadas por dioses igualmente celestes y absolutamente omnipotentes. Como es sabido, el mundo matriarcal es distinto. Está acompañado por diosas telúricas cuyas apariciones y muertes coinciden con las de los ciclos de florecimiento y muerte de la naturaleza . Su «verdad» (si es que el término sirve para este mundo) se caracteriza por estar encarnada, corporeizada y enraizada. Pues bien, la fratria trata con una «verdad» también relativa, pero desde otro punto de vista. Depende de la deliberación entre iguales y lo importante no es lo que resulte sino el propio conversar, tanto para acordar o buscar consensos, como para discutir y quebrarlos, lo cual interesaría más a un amplio abanico de colectivos subalternos, encerrados en marcos mentales y normalidades conceptuales que les niegan, los cuales descienden de lógicas celestes o patriarcales que simplifican extraordinariamente el mundo. Sea como fuere, lo importante del conversar fratrio es que no trata de comunicar ninguna verdad, transmitir ninguna información objetiva ni facilitar ningún conocimiento fuera de toda duda, sino de (re)habilitar el estar-juntos, con su inevitable movimiento incluido. Que dicho estar-uno-con-otros (donde lo importante es el «con») resulte más o menos cómodo es lo de menos, pues no se trata de construir un mundo perfecto, sino distinto, el cual incluirá sus propias imperfecciones, ya que nada hay que no las tenga.

Pues bien, teniendo todo esto en cuenta, permítanme nueve consejos ácratas para afianzar el impulso de la fratria y contribuir a la erosión del patrio, sea despótico o amable, pues eso es ya lo de menos.

Primero, sé impredecible e intratable para, respectivamente, las élites observadoras (científicas o periodísticas) y decisoras (políticas o profesionales). Cuanto más saber y poder tengan peor te irá. Afortunadamente se extravían con facilidad y les cuesta reconocer que, en realidad, por mucha información que manejen, no saben. Por cierto, ser impredecible era también el consejo que el indio Don Juan dio a Carlos Castaneda para ser un guerrero, escalafón inmediatamente anterior al del brujo. Si el poder, como sentenció Jesús Ibáñez, se reserva el azar y atribuye la norma, no hay otro modo se (sobre)vivir.

Segundo, si quieres conocer actúa. Abajo no hay conocimiento separado del hacer, como ocurre arriba, donde los científicos apenas saben hacer y a los políticos les ocurre lo mismo con el pensar. Por eso, la comprensión del mundo, como decía Débord, no puede basarse más que en la contestación.

Tercero, sí quieres propagar tus ideas, inténtalo con el ejemplo y mira con curiosidad lo que resulta, pues la lógica jerárquica de la enseñanza y de los maestros aquí no funciona. Por eso dice Nancy que «las palabras divino y sagrado podrían perfectamente no haber designado nunca otra cosa que esa pasividad o esa pasión iniciadora».

Cuarto, la anarquía, en las antípodas de la jerarquía, no es obligatoria, sale de abajo y se basa más en la lógica del contagio que en la del seguimiento. Olvídate entonces del «hay que» o del «es necesario» y empieza tú el movimiento o súmate al que encuentres.

Quinto, si eres un experto o un político al que le interesa la anarquía puedes practicar el éxodo y el exilio de tus lugares de saber y poder. De todas formas, no te preocupes ni te sientas obligado. Si no puedes o quieres hacerlo no pasa nada. No eres imprescindible. La anarquía ya saldrá por otro lado. Incluso te pasará por encima.

Sexto, el experto no clásico sabe que no sabe y es más capaz de convivir con la anarquía. Tiene una ignorancia positiva. Se diferencia del experto clásico en que este no sabe que no sabe, así que su ignorancia es positiva. Es ciertamente un problema, pero quizás lo es más el cinismo. Se caracteriza porque quienes lo practican, aunque saben que no saben, lo ocultan y se comportan como si ese límite no existiera.

Séptimo, puesto que la anarquía es, entre otras cosas, sinónimo de heterogeneidad y multiplicidad, no estaría mal que obraras de modo que incrementes la variedad de lo que te rodea, tanto en el plano cognitivo como en el estético u otros. Si das movimiento a lo diferente producirás algo más potente, la differance, un hermoso concepto legado por Derrida. La intensidad y magnitud que tenga es asunto tuyo.

Octavo, el músculo anarquista conviene mantenerlo activo para que no se atrofie. La mejor gimnasia es la desobediencia. Afortunadamente hay un amplio abanico de leyes para cultivarla. Haciéndolo, además, te divertirás y desarrollarás el ingenio. Los griegos de a pie incluían todo ello en la metis, más apreciada que ese logos del que ha emergido el conocimiento científico. Gracias a ella Prometeo robó el fuego a los dioses y Ulises resolvió toda clase de problemas. En nuestros días, las gentes sacan adelante sus vidas gracias a ella.

Y nueve, puesto que el realismo y el posibilismo son tácticas jerárquicas, una política anárquica solo puede ser del orden de lo imposible. De todas formas, también puede resultar interesante lo malinterpretado, el sinsentido, lo que pasa desapercibido y lo menospreciado. Aunque para el orden clásico todo ello sea basura, también es una de las fuentes por las que suele manar la creatividad. Al menos eso pensaba Pessoa: «De todo cuanto no vale la pena hago yo mi dominio y mi imperio».

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