Tomado de: juegos sin reglas – Diario Público

Pulsiones de vida y muerte. Por José Ángel Bergua Amores. Catedrático de Sociología

Antes que un tipo de orden, lo que denominamos «sociedad» no es sino un flujo constante de «sociabilidad», término este que inicialmente designa el simple estar-uno-con-otro, si bien esta materia prima admite articulaciones más elaboradas y destila infinidad de identidades. Por otro lado, es bastante habitual que esa heterogénea y dinámica potencia sociabilitaria reciba la compañía de tramas institucionales encargadas de tenerla contenida. En nuestra época, por ejemplo, ante los peligros que amenazan la clase de sociedad que tenemos, quienes la conducen no han dudado en salvarla utilizando el paradójico procedimiento de sacrificar sus sociabilidades. En efecto, la actual emergencia sanitaria ha sido abordada a base de confinamiento y suspensión de unos cuantos derechos civiles, la crisis económica del 2008 se resolvió haciendo otro tanto con los derechos sociales y la guerra contra el terror inaugurada tras el atentado a las Torres Gemelas del 2001 hizo algo parecido con los derechos políticos. Luego, el tiempo se ha encargado de mostrar que, al menos por lo que respecta a la crisis económica y la del terror -ya veremos que ocurre con la otra-, la retirada de derechos no fue tan provisional como se anunció ni estaba urgida -como se dijo- por aquellos contextos. La dificultad y poca voluntad que tiene el actual gobierno para dar marcha atrás en sus promesas de terminar con la «ley mordaza» y la reforma laboral son una buena prueba de ello.

Aquellas medidas no tuvieron nada de excepcional, pues respondieron a la pulsión suicida del orden que actualmente padecemos, aunque no es en absoluta nueva. Lo realmente novedoso es que el interminable estado de excepción en el que estamos instalados ha permitido desmontar una gran mentira. Si los derechos civiles, políticos y sociales trataban de facilitar que el orden instituido se reconociera lo más posible con la potencia instituyente de la sociedad, tal como señaló T. H. Marshall, al sacrificarlos se ha desvanecido el sueño de que ambas cosas pudieran, alguna vez, llegar a coincidir, tal como, en cierto modo, pretendió hacernos creer la modernidad. Que ese sueño haya quedado en nada quizás se deba a que la pulsión suicida sea insuperable e incluso atávica.

En efecto, conviene recordar que el paso al neolítico, si bien generó un enorme crecimiento del volumen de población y aparecieron las grandes aglomeraciones, no es menos cierto que también redujo el tamaño del cerebro, empobreció la dieta, deterioró la forma física, volvió más penoso el trabajo, comenzó a provocar que la adhesión incondicional al futuro sacrificara el presente y facilitó que se generalizaran la desigualdad y las guerras. Si nuestra especie permaneció tanto tiempo sin saltar al neolítico quizás fue porque presentía todos esos males. Es cierto que con el cambio prendió también la ilusión de que la nueva y descomunal potencia instituyente liberada podía ser bien tratada por las recién nacidas tramas institucionales. Sin embargo, N. Harari sugiere que ocurrió justamente lo contrario. En efecto, del mismo que los humanos decidieron rodearse de unos pocos animales que fueron seleccionados a base de extirparles autonomía y curiosidad para volverlos tan predecibles como útiles, así también decidió hacerse a sí mismo dócil y predecible a través de distintas instituciones encargadas de proporcionar cierto orden. Por otro lado, de igual modo que aquellos ancestros alteraron el trato que los animales domesticados tenían con sus crías, tanto para arrebatárselas como para prolongarles el des­tilado de su preciada leche, así también inventaron para sus propias criaturas el mecanismo de proporcionar cuidado a cambio de obediencia. Y del mismo modo que incluyeron en ese nuevo y estrecho mundo un puñado de plantas cuyo cul­tivo exigió a las pobres gentes enormes trabajos físicos desti­nados a liberar tierras, ararlas, abonarlas, llevarles agua, etc., lo cual generó tan graves problemas en sus espaldas y articula­ciones que todavía son visibles en los restos óseos que nos han legado, todo ello también para favorecer que las copias de nuestro ADN se multipliquen, así la trama institucional no cesó de inventar necesidades a las que las gentes quedaron atadas de por vida.

También este comienzo del siglo XXI se ha encargado de mostrar claramente a quien todavía no lo supiera que los Estados y su preparadísima legión de expertos sólo están preparados y tienen competencia para garantizar la estabilidad debilitando la vida en común. Esto es así porque el enemigo del Estado no son los peligros exteriores, con los cuales el Leviathan solo hace que competir, sino la propia sociedad, su teórico objeto de cuidado y protección. En efecto, la más alta institución, siguiendo una lógica genuinamente patriarcal, cura de los peligros dosificándolos, como ocurre con las vacunas, pero sin que luego esta homeopatía reporte ningún beneficio. Al contrario, de lo que se trata es de que sea el Estado quien infunda temor, genere vulnerabilidad o desigualdad e insociabilidad, en lugar de los terroristas, las crisis económicas o los contagios víricos.

Sin embargo, los peligros que traen consigo crisis como las actuales, si se toma plena conciencia del engaño institucional, algo nada difícil, pues sus administradores lo hacen cada vez peor, también pueden estimular respuestas que acrecienten la vida colectiva en lugar de disminuirla. Esto es algo que siempre ha sucedido, por más que luego las tramas institucionales hayan intentado y muchas veces logrado frenar la potencia instituyente liberada. En esta ocasión, para acompañar la pulsión de vida, podría aprovecharse la quiebra del hechizo y, por ejemplo, prestar atención a lo que dicen algunas corrientes de las ciencias de la vida. Hacerles caso no debe resultar extraño, pues en esta última crisis el bios ha sido directamente interpelado y desde hace mucho más la nuda vida viene siendo objeto preferente de atención. Pues bien, lo que nos dicen algunos expertos es que la lógica amigo/enemigo, proveniente de épocas y mentalidades que debieran ser superadas, apartadas o relativizadas, no tiene ya ningún sentido. Estas nuevas opiniones no tienen nada que ver con el arquetipo patriarcal. Su fuente de inspiración es más bien la fratria.https://d1cd6ae2ba8d78aab839429513e060c7.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-38/html/container.html

Dice este otro punto de vista que los anticuerpos enlazan con todo tipo de células, no solo con «sus» antígenos, así que unos y otros son elementos de una misma red que, de manera alternada o también simultánea, desempeñan uno u otro papel. También es bien conocido que las bacterias, gracias a unas partículas genéticas que las visitan, pueden llegar a recibir un 50 por 100 de genes nuevos sin alterarse, lo cual hace que se conviertan en lo otro que no son. Si se aplicaran las propiedades genéticas de este microcosmos a criaturas de mayor tamaño, nos encontraríamos en un mundo de ciencia ficción en el que las personas podrían exudar perfumes o producir marfil consiguiendo los genes a partir de una rosa o un elefante. Por otro lado, en las células con núcleo, sus mitocondrias fueron originalmente bacterias que acabaron ocultándose en el interior de células bacterianas mayores. Allí obtuvieron nutrientes y a los huéspedes les vino bien que consumieran oxígeno pues este resultaba nocivo para su ADN. Finalmente, la lógica de la distinción tampoco sirve para comprender lo que ocurre en el interior de los propios organismos complejos. En efecto, la separación de los sistemas inmune, endocrino y nervioso, por ejemplo, no es muy consistente, pues hay una familia de entre 60 y 70 macromoléculas que relacionan los anticuerpos, los órganos y el cerebro dando lugar a un conjunto psicosomático en el que la separación de partes o subconjuntos deja de ser pertinente.

En definitiva, las ciencias de la vida han dejado de lado la mirada que solo sabe ver contradicciones estables y enemigos que restan, todo lo cual proporciona simplicidad y decadencia, para empezar a tomarse en serio las conexiones dinámicas entre diferencias que suman, algo que incrementa la complejidad y afirma la vida. Como consecuencia de esta nueva mirada desaparecen los peligros externos y emergen las totalidades, aunque con propiedades imposibles de tratar desde cualquiera de sus partes y con dificultades insuperables para que haya acuerdos estables. En este nuevo orden, las políticas de la inmunización o del debilitamiento del socius, que solucionan los problemas administrando homeopáticamente el mismo veneno que destilan aquellos, no tiene ningún sentido.

Si la biología ha decidido ver la vida de este modo, ¿por qué no pueden hacer lo mismo las ciencias sociales? Si tiempo atrás se inspiraron en cierta versión del darwinismo, según la cual todo es competencia, algo que vino muy bien a la trama institucional moderna, ahora se trataría de favorecer la ventana de oportunidades que la cascada de crisis nos ofrece para tomarnos en serio, entre otras cosas, eso que L. Margulis denomina «simbiogénesis». Sólo hace falta encontrar las pruebas. O inventarlas. D. Haraway, por ejemplo, ha imaginado un mundo postapocalíptico en el que mariposas con parte de ADN humano crean nuevas sociabilidades.

Pero quizás lo más interesante de esta otra mirada es que no difiere mucho de la que había antes del despliegue de la ciencia e incluso del paso al neolítico. En efecto, la conexión de todas las cosas entre sí a través de complejos vínculos eróticos en un mar de simpatía universal es la base del conocimiento y práctica de la magia. Por otro lado, la íntima relación de la vida y de la muerte, así como la necesidad de morir para posteriormente renacer, en el nivel o con la intensidad que sean, son los temas principales de gran cantidad de mitos antiquísimos. Para todas estas miradas no hay batallas que librar contra ningún enemigo, el afuera está adentro, lo de arriba es como lo de abajo y todo está relacionado con todo. Este otro modo de ver el mundo está justo en las antípodas del que ha inspirado las medidas de excepción, el recorte de derechos y, en fin, el debilitamiento de la vida, con los que hemos ido afrontando, una tras otra, las tres gravísimas crisis que nos ha traído el siglo XXI.

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