Tomado de: Juegos sin reglas – Público

Cuentos chinos. JOSÉ ÁNGEL BERGUA. Catedrático de sociología

Pixabay

Si recuerdan, la victoria de Donald Trump puso en evidencia a los analistas, los medios de comunicación, la propia clase política y, en definitiva, al sistema que esas y otras élites gestionan e informan, pues apenas nadie previó que el marido de Melania ganara a H. Clinton. Sin embargo, la falta de solvencia de los expertos ante la proliferación de objetos políticos apenas o nada identificados, ya llevaba un tiempo entre nosotros. En 2010, justo después de que los cables de la diplomacia norteamericana filtrados por WikiLeaks revelaran que para sus analistas no había problema alguno en el norte de África, estalló la primavera árabe. Un año después, las élites quedaron de nuevo retratadas con la irrupción del 15M, al no entender los originales modos que allí se exhibieron y sorprenderse por la denuncia de que «lo llaman democracia y no lo es». Pues bien, en 2016 ocurrió algo similar con el Brexit y las elecciones presidenciales norteamericanas. Que en ambos casos los estudios demoscópicos fueran incapaces de prever algo tan simple como la elección entre dos opciones, debe llevar a cuestionar definitivamente la capacidad de las ciencias sociales para medir y explicar el complejo mundo del siglo XXI. Esa ceguera es similar a la que padecen las élites políticas y los medios de comunicación, patológicamente aferrados a una realidad que ya no existe. En general, todos ellos ignoran que no saben.

Hace unos días trasladé estas impresiones a un colega de la Universidad de Huangshan. Como es habitual en él, me respondió de un modo enigmático. Dijo que hubo una época, anterior al gobierno del Emperador Amarillo, en la que el mundo de los políticos y el de las gentes no estaban separados. Unos y otros tenían grandes diferencias de color y forma, pero convivían en armonía. Aunque estaban en distintos lados del espejo se podía ir y venir a través de él sin mayor dificultad. El problema es que una noche, después de que un amplio espectro de políticos ebrios de poder intentara imponer ciertas formas y colores a las gentes, éstas reaccionaron violentamente invadiendo la sociedad y se produjo el caos. Como el gentío era tan poderoso, sólo se le pudo derrotar y obligar a volver al otro lado del espejo gracias a las artes mágicas del Emperador Amarillo. Para ello urdió un hechizo, hoy mantenido a base de encuestas y televisión, por el que esos seres caóticos se acostumbraron a copiar mecánicamente los pensamientos, actos y apariencias de las élites. Sin embargo, la leyenda también dice que el embrujo no iba a ser eterno y que las gentes, en algún momento, empezarían a ser imprevisibles. Poco a poco los políticos dejarían de reconocerse en el espejo, después las apacibles imágenes adquirirían vida propia y finalmente invadirían este lado del mundo.

Aunque el Profesor Li, no quiso aclararme cuándo y cómo iba a producirse el cambio, le trasladé mi impresión de que las élites que reconocen su ignorancia llevan tiempo insistiendo, si bien de un modo confuso, pues sus esquemas mentales apenas permiten añadir unas gotas más de sentido al que destilan sus parientes (unos ignorantes totales y los otros cínicos), que la gran transformación ya se ha iniciado. Aquí me puse solemne y manejando ciertas jergas del siglo XX añadí que las gentes han empezado a moverse entre la paranoia fascista y la esquizofrenia revolucionaria, desbordando en ambos casos el realismo neurótico que nuestras élites vienen administrando para que las imágenes del espejo continúen siendo lo que han de ser. No me respondió. Frunció el ceño, apagó Skype y desapareció.  Al día siguiente me envió este mensaje:

«En una cumbre de Jefes, el Emperador Amarillo, tan enigmático y clarividente como siempre, aseguró a su homólogo político, el Rey Azul, que si ellos -los que mandan- saben tanto y pueden con todo es porque no tienen razón ninguna. Le dijo también que la gente siempre tiene toda la razón porque no sabe nada. Y culminó su especulación asegurando que cierta ciencia social representada por Salvaje-y-Tonto, algo diferente a la que habitualmente se enseña en la Universidad Amarilla, está en una posición intermedia porque tiene algo de razón gracias a que olvida lo que sabe.

A través de la Prensa, un prestigioso científico tuvo noticia de esta conversación y publicó un artículo glosando la hazaña intelectual de su Jefe. Después de varios años se convirtió en un clásico y sus escritos fueron de lectura obligatoria. Inspirándose en ellos se creó el Centro Amarillo de Investigaciones Sociológicas. Allí se hacían encuestas relativas a los asuntos que interesaban al Emperador utilizando cuestionarios que reproducían casi literalmente los términos y expresiones que solía utilizar. Por su parte, las gentes fueron acostumbrándose a ese lenguaje y, poco a poco, aprendieron a responder. Para ello resultó muy útil la Televisión Amarilla, luego acompañada por otras de diferentes colores, pero con el mismo modo de hablar, siendo lo de menos que parecieran de derechas o de izquierdas. En ellas las gentes veían lo que al Emperador le interesaba, oían a los locutores hablar como él y aprendieron a pensar como había que hacerlo, dando igual que se creyeran de un partido político u otro. Luego, cuando los expertos recogían la información y trasladaban los resultados a las televisiones para que los divulgaran, el ciclo se cerraba y todo era como debía de ser.

Lo que nunca apareció en la prensa, televisión ni revista alguna es la conversación que tuvo lugar, más tarde, entre el Emperador Amarillo y el Rey Azul. Dijo el primero«¡Tenemos suerte con nuestros analistas! Como su saber es tan primario y su anhelo de prestigio y dinero no tiene límite, no han logrado saber que no tienen razón». Entonces el Rey Azul le comentó que en la Asociación Azul de Sociología de su país ya había un grupo de científicos de gran prestigio y revista propia que reconocía saber que no tenía razón. El Emperador Amarillo dijo sonriendo: «No te preocupes. Si están escribiendo sobre eso seguro que no se lo han tomado en serio».

Pero el Emperador Amarillo no siempre sonreía. Sabía que había bastante más mundo y tenía la sospecha de que algún día irrumpiría desbaratando el juego de espejos que tan laboriosamente había construido. El peligro comenzó a hacerse real de la mano de Salvaje-y-Tonto. Estudió el saber y hacer que las gentes utilizaban en sus largos y anodinos periodos de letargo político y llegó a la conclusión de que esa razón común que facilitaba a la gente su supervivencia, por más hostil que fuera el entorno, cuando se intentaba investigar con encuestas o se trataba de canalizar con elecciones, terminaba por deshacerse entre las manos y desaparecía. Por eso Salvaje-y-Tonto decidió llamar a la gente No-Hagas-Ni-Digas-Nada.

A su casa en las montañas de Huainan solía acercársele algún experto crítico para pedirle opinión. En una ocasión, tras un largo viaje, se presentó un joven que contó al Maestro lo que, según oyó alguien del servicio real, el Emperador Amarillo había comentado en privado al Rey Azul. Salvaje-y-Tonto dijo al visitante que si el Emperador Amarillo había dicho aquello sabía de qué hablaba. Cuando el joven llegó a la Universidad Amarilla y contó lo que Salvaje-y-Tonto opinaba de las palabras del Emperador Amarillo sus colegas no le entendieron».

Lógico.

Acceda a la fuente original aquí