Tomado de: Juegos sin reglas

La infancia y los expertos, por Enrique Carretero

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La infancia siempre ha sido una categoría sociológica especialmente difusa. A lo largo de la historia fue definida en función de su consideración como potencial fuerza de trabajo en el orden familiar e industrial. Con la llegada de la escolarización obligatoria la cosa cambió, estableciéndose un paréntesis entre los primeros pasos del individuo y su ingreso en el régimen productivo. La escolarización tuvo como pretexto arrancar al infante de las estrecheces del horizonte del mundo familiar y elevarlo a la condición universal de ciudadano bajo el auspicio de la mediación del Estado. Con ella el Estado consiguió empezar a orillar el papel de la familia, subordinándolo a sus prerrogativas. Logró convencer a las familias de que en ese arranque de la autoridad familiar se jugaba el logro de mayores cuotas de bienestar futuro para sus descendientes. Casi nadie osó, ni desde los sectores ideológicos liberales ni desde progresistas, cuestionar la obligatoriedad de la enseñanza, dado que era una premisa indiscutible en un modelo social gestionado, a partir de la Modernidad, desde la tutela estatal. Las familias perdieron autonomía en cómo abordar la socialización de su prole. El desarrollo de la escolarización agrandó paulatinamente el intervalo de inclusión de los infantes en el régimen educativo, minando cada vez más el influjo y autoridad de los progenitores.

Durante los dos últimos siglos la función de la familia se ha ido restringiendo poco a poco a que su prole cumpla con los requisitos de ciudadanía encomendados a aquella por el Estado. Lo que el Estado exigía a las familias es que produjesen (los hombres) y reprodujesen (las mujeres) a través de soflamas ideológicas primero religiosas y luego político-científicas. Los infantes eran vistos no más que como una propiedad de alguien, aunque con borrosas fronteras en torno a si esta propiedad correspondía a la familia o al Estado. Si bien en esto había también clases: mientras el destino de la prole burguesa era perpetuar una posición en la jerarquía social, el de la proletaria era un rápido ingreso en el sistema productivo o un enternecedor tratamiento como objeto filantrópico. Con todo, la familia disponía del recurso táctico de enrocarse sobre sí misma, procurando no airear en demasía sus excrecencias, obturando el fantasma de la labor policíaca del Estado vigilante de sus costumbres cotidianas. A la vez, salvo en situaciones de extrema vulnerabilidad para los infantes que así lo justificaban, el Estado respetaba lo que padres y madres hacían puertas adentro del núcleo familiar.

Eso funcionaba cuando Familia y Estado mantenían una estrecha colaboración a fin de hacer de la condición a-morfa del sujeto, de su condición de mónada psíquica diádica (Castoriadis), un futuro ser productivo como signo de integración social. Funcionaba en el modelo de capitalismo de producción. Pero he aquí que con la consolidación del capitalismo de consumo la cosa cambia. Por lo de pronto las tensiones en el núcleo de la familia antes se resolvían abandonando el nido familiar de hijos e hijas a una edad biológicamente prudencial, haciendo cada uno y cada una su propia vida. Ahora esto se torna mucho más complicado. De manera que los progenitores se ven obligados a lidiar hasta edades insospechadas con el deseo, no siempre identificado con el suyo, de su prole como buenamente pueden. El capitalismo de consumo ni persigue ni puede perseguir la meta de una plena integración social de sus futuros miembros, debido a que, desde la década de los 70 del pasado siglo, esta es, por diferentes motivos, inviable. El Estado sí hace alarde de la voluntad de que todos y todas estén empleados/as, pero el desempleo es, por encima de otra cosa, un problema de Estado. El capitalismo de consumo lo que procura es que la gente sea feliz desde su infancia. Esto explica el infantilismo reinante en la atmósfera de gente entrada en edad.

En consecuencia, desde el nacimiento biológico hasta aproximadamente bien entrada la treintena si la gente es feliz lo es, lo sepa o no, porque estaría cumpliendo disciplinadamente con una prerrogativa del Estado. Empero las familias no saben cómo metabolizar correctamente mensajes paradójicos emitidos desde el Estado. Se encuentran indefensas ante consignas muchas veces contradictorias provenientes de éste. Un día pregonando que la infancia debe rendirse a la felicidad y que para ello nunca sobrará permisividad. Al día siguiente que si aquello que se falta es educación en la cultura del esfuerzo. Un día diciendo que eres amigo de tu hijo y al día siguiente que no.

Por otra parte, como hecho sin precedentes en la historia, el Estado ha favorecido la implantación de escuelas para padres y madres, donde, bajo el aval de nuevos saberes expertos, se dictamina el modo en cómo se debe educar a la prole, siempre maximizando su felicidad y minimizando el origen social de sus malestares. Esto genera un inmenso mercado de expertos en expansión a nivel planetario a la búsqueda de satisfacer las necesidades de una enorme clientela, en paralelo a una competencia entre una variopinta y cambiante gama de discursos psico-pedagógicos. De modo que cuando los expertos/as se deciden a hablar pareciera estar hablando una nueva palabra de Dios ante la cual todos y todas debieran callar, aunque en su fuero interno se resistan a aceptar la dudosa credibilidad de sus asertos, en el mejor de los casos surgidos del más mínimo sentido común, en el peor de una parafernalia pseudocientífica puramente delirante. Comparar su papel al antaño ofrecido por los curas es un ejercicio que tendría que detenerse en los códigos culturales diferenciales entre una sociedad tradicional y otra tardo-moderna, si bien, en términos funcionales, su rol es análogo. Con todo, los curas serían más sabios -y si se nos apura hasta más honrados-, porque en su estrategia siempre se dejaría una ventana abierta a lo impredecible, como no podía ser menos cuando quien dictamina el orden del acontecer es la insondable voluntad de Dios, no la del ser humano. Eficiente vacuna contra la contingencia. Aserto que, sin embargo, en aras de la conquista de un estatuto de cientificidad los saberes expertos solo estarían dispuestos a aceptar a regañadientes. El caso es que el poder adquirido por estas huestes es de tal calibre que casi nadie osa desdecir sus mensajes puerta para afuera, aunque puerta para adentro sean motivo de sarcasmo. Son ellos/as los/as que nos traen la nueva palabra de Dios que cuaja en un escenario lleno de incertidumbres, de mundos de la vida acometidos por insalvables paradojas.

En conclusión, si alguien se atreviese a decir, aunque sea tímidamente, que cree estar en disposición de proponer tres o cuatro pautas educativas, no más, para sus hijos e hijas tendrá a la legión de expertos/as en su contra, porque ha dejado de ser privilegio de padres y madres la posesión de estas pautas. Será visto como un lunático/a y, como castigo a su osadía, tendrá a la sociedad en su contra. Sin embargo los expertos/as están protegidos ante posibles efectos no deseados producto de sus pautas. Lo están debido a un motivo argumental que en este caso los acoraza, pero que, en realidad, desmonta el aval de su saber: que cada quien es un mundo y que no caben leyes para esta heterogeneidad.

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