Tomado de: Juegos sin reglas – Público

Sobre la cuestión nacional, los Pirineos y la España vaciada. JOSÉ ÁNGEL BERGUA. Catedrático de Sociología

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No es fácil hincarle el diente a la cuestión nacional. Aunque pueda parecer que eligiendo bien los conceptos y conduciendo la argumentación con algo de inteligencia podemos tratar el asunto con rigor, al final, sin apenas darnos cuenta, suele ocurrir que tendemos a disolvernos en lo que pretendíamos entender. No obstante, la clave está en el «apenas». Darse cuenta, aunque solo sea un poco, y reconocer en este punto la propia ignorancia ya supone un avance, pues en la mayor parte de las ocasiones ocurre que quienes hablan de este y otros fenómenos parecidos no saben que no saben, por lo que su ignorancia es negativa. Más difícil resulta salir del terrorífico bucle formado por el intercambio de golpes entre ambas ignorancias. Sin embargo, no es imposible. Tan solo hay que vencer miedos, atravesar el espejo y aprender a tratar con lo indeterminado. Síganme, por favor

Las heterogéneas y dinámicas gentes, si bien crean y alimentan las infinitas formas y contenidos que conforman la vida colectiva, pocas veces son atendidas por la reflexión en su radical indeterminación. La razón es que dicha nada produce pánico. Por eso, tantas ciencias suelen pasar por alto este aterrador mundo, ponen un espejo delante ante el que solo se ven a sí mismas y comienzan a pensar con categorías mucho más fáciles, simples y tranquilizadoras. Por lo que respecta a la cuestión nacional, se suelen reconocer tres niveles de realidad.

En el primero, se distingue el «pueblo» o grupo social relativamente homogéneo, pues comparte ciertos atributos culturales como la lengua, las tradiciones, ciertas costumbres, etc., de la «nación», que es un pueblo capaz de destilar cierta conciencia política de su singularidad cultural y que es o aspira a ser soberano. Si bien todas las naciones son pueblos, no todos los pueblos han dado el paso de convertirse en naciones. Téngase en cuenta que los 193 estados independientes del mundo moderno (en 1950 sólo eran 58) contienen más de 7000 grupos de lenguas vivas (aunque poco más de 300 cuentan con 1 millón de hablantes) y 5000 grupos étnicos. Solo en la República del Congo, por ejemplo, hay más de 200 etnias y 242 idiomas.

En segundo lugar, es necesario distinguir entre la nación y el Estado, pues no es tan obvio que a cada estado le corresponda (solo) una nación y que cada Nación (solo) esté tutelada por un Estado. Ahí están los Estados plurinacionales para demostrarlo, aunque sean poco frecuentes e incluso no funcionen como tales. De momento, a la espera de lo que ocurra en Chile, tan solo Bolivia, Ecuador y Nueva Zelanda incluyen a sus comunidades originarias (aymaras, quechuas y maoríes) en términos de nación. En cuanto a Rusia, es probablemente el mejor ejemplo de las pocas ganas que tiene o de lo difícil que le resulta a un Estado cumplir con la plurinacionalidad que proclama.

De esto se sigue que hay un tercer nivel de realidad, en el que han de distinguirse las naciones que tienen Estado de aquéllas otras que carecen de él, así que están incluidas, a veces contra su voluntad, dentro de la soberanía de una o varias naciones con Estado. Para solucionarlo está disponible el derecho de autodeterminación de los pueblos, reconocido por la ONU y muy presente en el derecho internacional.

Aunque el mundo ha creado el entramado global que conocemos encadenando los eslabones pueblo-nación-Estado, no siempre ha habido un tránsito fluido entre ellos. Unas veces por falta de voluntad de los propios pueblos y otras porque, cuando aspiran a tener su propio reconocimiento nacional, quizás también a querer un Estado propio o algo que se le parezca, no se les deja hacer una o ninguna de las dos cosas. En este punto suelen empezar los problemas, que no son solo políticos, pues los propios marcos teóricos clásicos, por distintas razones, han terminado unas veces estrellándose y otras devorados por su «objeto» de estudio.

Los marxistas, por ejemplo, siempre entendieron que el motor de la historia era la lucha de clases y supusieron que el proletariado estaba desarraigado de cualquier vínculo nacional. Este internacionalismo obrero, tantas veces argumentado por el marxismo más ortodoxo, ha debido ser matizado en numerosas ocasiones debido a que, para los obreros concretos, el sentimiento de pertenencia a una nación siempre ha sido muy poderoso. Por eso, ya en la I Internacional, la denominada «cuestión polaca» (la amenaza de anexión de Polonia por Rusia) debió ser resuelta proclamando el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Después, durante la Primera Guerra Mundial, los ideólogos del internacionalismo comprobaron cómo los obreros pusieron por delante del obrerismo internacional su vínculo nacional. Tampoco conviene olvidar que Stalin acabó renunciando al internacionalismo al postular de «socialismo en un solo país» casi inmediatamente después de fallecer Lenin. Por otro lado, en algunos casos, principalmente en las naciones que no son reconocidas como tales e incluso aspiran a su propio Estado, ciertos marxismos han terminado reconociendo la importancia del vínculo nacional e incluso han sugerido que la clase obrera debe liderar esa aspiración. Sin embargo, en este punto ya no parece que sea el marxismo quien habla sino el deseo de ser nación, quien lo a hace a su través. En definitiva, el marxismo o se ha estrellado contra la cuestión nacional o ha sido devorado por ella. En ambos casos ha terminado convirtiéndose, respecto a este asunto, en una herramienta inútil.

Lo mismo ha ocurrido con el punto de vista liberal. Por un lado, defiende a los individuos con independencia de su sexo, creencia, raza, religión, etc., tal como argumentan las Constituciones de tantos países. Sin embargo, esas constituciones democráticas son constituciones nacionales (de Francia, Alemania, Italia, etc.) que, por lo tanto, definen y constriñen «nacionalmente» a los individuos. Quiere esto decir que las democracias liberales camuflan u ocultan el hecho de que una de sus piedras angulares, los individuos, entendidos como liberados de cualquier clase de atadura (sexual, religiosa, etc.), están inicialmente atados a ciertos sustratos nacionales, así que, por lo tanto, no son realmente tan libres e independientes como se proclama. Precisamente, lo que los nacionalistas de las naciones sin estado denuncian es que el individuo liberal no existe, pues, siempre, cualquier sujeto se desenvuelve en un entorno cultural que le confiere identidad. No obstante, del mismo modo que el marxismo quiso conciliar a la clase con la nación, así también ciertos liberales quieren incluir en ella a sus individuos haciendo los malabarismos intelectuales necesarios. Esto solo ha provocado, como también ocurrió con el marxismo, que la nación termine hablando a través de tales argumentos y que el liberalismo se haya convertido, por lo que respecta a este asunto, en otra herramienta inútil. En fin, que frente a la cuestión nacional no parece haber otra salida que estrellarse o formar parte de su digestión

Además de la escasa capacidad de las ideologías clásicas para tratar con la cuestión nacional no hay que olvidar la infinidad de opiniones que la malinterpretan. Por un lado, están aquellas para las que el nacionalismo es algo que tiene su origen en aspiraciones económicas. Esto no es cierto porque las bases del nacionalismo son culturales, pues parten de la conciencia singular que en este ámbito tienen ciertos grupos. La prueba de esto es que hay naciones pobres que han luchado por desgajarse de Estados nacionales que los absorbía arriesgándose a vivir peor. Es el caso de Eslovaquia, Kosovo, Irlanda, etc. En segundo lugar, se malinterpreta también esta clase de nacionalismo cuando se dice que, con la actual globalización y la difuminación de los límites estatales, las reclamaciones nacionalistas no tienen mucho sentido. Falla esta interesada observación porque la crisis de los Estados Nacionales es doble. Por arriba se están disolviendo en dinámicas transnacionales de tipo político, económico, cultural, demográfico, etc., no siempre promovidas o aceptadas por las instituciones, mientras que por abajo están desintegrándose como consecuencia de la emergencia de muchos localismos, entre ellos el de las naciones sin Estado. Igualmente se dice que los nacionalismos se inflaman en sistemas políticos autoritarios y tienden a diluirse en sistemas democráticos. La experiencia de España demuestra que no es así, pues los nacionalismos no sólo no han desaparecido, sino que quizás han adquirido más importancia. Finalmente, otro tipo de opiniones han supuesto que el proceso de modernización tutelado por los Estados acabaría borrando las singularidades culturales. En concreto, se ha pensado que la industrialización, las políticas educativas, las comunicaciones, etc. están destinadas a hacer coincidir las naciones con los Estados. Sin embargo, en muchos casos, ha sucedido justamente lo contrario: la dureza de la modernización es la que ha desencadenado procesos de autoconciencia nacional en ciertos grupos culturalmente diferentes y relativamente homogéneos.

La cuestión nacional no solo pone en un brete a un amplio abanico de ideologías, teorías y opiniones, sino a la propia modernidad, que es el suelo común de todas ellas. Antes de ella no había problemas nacionales porque no existía la nación. En efecto, solo había un complejo y heterogéneo mosaico cultural con fronteras indefinidas que sobrevivían y reproducían sus borrosas identidades culturales gracias a que las élites no estaban muy preocupadas por la homogeneidad cultural de su territorio, sino por la obediencia y capacidad tributaria. Esa falta de conciencia nacional permitía que los Romanov gobernaran a tártaros, letones, alemanes, armenios y fineses, o que los Habsburgo dominaran a magiares, croatas, eslovacos, italianos y ucranianos. Con la revolución industrial todo cambia, pues la uniformización cultural que exigirá el capitalismo para crear mercados tenderá a ser acompañada de la invención de tales territorios en términos de nación. Estamos en el proceso de formación y legitimación de los grandes Estados Nacionales europeos, si bien el cambio arranca bastante antes y va más allá de la influencia del capitalismo. El caso es que este proceso reducirá drásticamente el número de unidades políticas existentes en el mundo. Si en el siglo XIV había en Europa en torno 1.000, en 1.500 el número se redujo 500, en 1.789 a 350 y en 1.900 quedarán solo 20. Para la legitimación de las nuevas naciones se utilizará una memoria cultural que seleccionará o inventará atributos culturales y acontecimientos históricos para darles una dirección. En este sentido, las mitologías nacionales son de lo más fantásticas. En el caso de Francia, por ejemplo, en el siglo XVI, cuando guerreaban católicos y protestantes, se incuba la idea -según recuerda Jon Juaristi- de que los galos descienden de un personaje mítico, Jafet, y que de su lengua nacieron el griego, el latín e incluso el germánico. De esta manera los germanos eran considerados inferiores y, lógicamente, sus reyes no podían dominar a los franceses.

A ese movimiento de construcción nacional, acompañado de políticas educativas encargadas de homogeneizar culturalmente el territorio, sucederá la aparición de distintas conciencias nacionales interiores que no se reconocerán como partes de la nación ya creada. Paradójicamente la protagonizarán sectores ilustrados de las nuevas y modernizadas ciudades en las que la cultura de la nación hegemónica se ha impuesto. En este entorno rememorarán románticamente la cultura de sus ancestros o antepasados directos, la descubrirán en los entornos rurales más vírgenes y procederán a inventarse la nación de un modo muy parecido a como ya hicieron las naciones ya instituidas. También en este caso utilizarán una memoria selectiva y focalizarán su imaginación en la lengua, la raza, algunas de sus costumbres, cierto pasado mitificado, etc. De ahí expresiones como «a Cataluña la hizo Dios, no la hicieron los hombres» (Torras i Bages en 1924). O esta otra atribuida al Padre Larramendi en el siglo XVIII: «si los teólogos supierais el vascuence concluiríais al instante que es locución angélica y que para hablar a los ángeles en su lengua es necesario hacerlo en vascuence». Este esfuerzo por dotarse de credenciales teológicas que protagonizan las naciones sin Estado es muy similar al realizado por las que sí lo tienen para dotarse de ascendencia bíblica. En ambos casos lo que los pueblos hacen es acudir a mitos para imaginarse como nación.

Este modelo explicativo no es malo, pero no permite acabar de entender por qué y de dónde surge la conciencia nacional. En términos históricos, B. Anderson sugiere que el nacionalismo aparece cuando las grandes religiones y monarquías entraron en crisis y dejaron de moldear las mentes y los sentimientos de identidad. Ahora bien ¿por qué el nacionalismo es el sustituto de todo ello? Hay aquí un núcleo inanalizable, pues es probable que todo tenga que ver con bases emocionales difícilmente comprensibles, dado su carácter irracional, estimuladas por distintos procesos políticos, económicos y culturales. Dicho de otro modo, tal y como reza el principio de Thomas, respecto a la cosa nacional, como ocurre en muchos más asuntos, «no cuenta lo real sino lo que se cree que es real». En este punto no solo sucede que es imposible decidir si fue antes el huevo o la gallina, sino que la propia distinción crece de sentido, ya que es ese vínculo emocional autorreferente (me concibo a mí mismo a partir de un referente imaginario que he inventado para poder concebirme) el que, en realidad, anda detrás del nacionalismo. Alcanzar esta conclusión no es difícil. El problema es que, con ella, la cosa nacional parece haber perdido su sustancia. Además, es difícil que los nacionalistas de uno u otro signo acepten ver reducida su realidad a un simple mirarse en el espejo. No obstante, es precisamente en este momento de duda acerca de la realidad cuando se puede atravesar el espejo. No es en absoluto necesario, pues la existencia personal y colectiva puede continuar desenvolviéndose entre las ficciones, en este caso reconociendo que lo son. Sin embargo, la posibilidad de ir más allá es tentadora.

Al otro lado ya no está la cadena pueblo-nación-estado ni mitos que alimentan sentimientos de pertenencia tan abstractos o metafísicos como los mencionados, así que, para el punto de vista acostumbrado a estas formas y contenidos, la nueva «realidad» tendrá un carácter indeterminado. Tanto como lo es el mundo premoderno para los nacionalismos, pero también como la propia modernidad puede serlo para cualquiera si presta atención a algunas de sus anomalías internas. Se me ocurren, al menos, tres.

En 1982, las Naciones Unidas crearon un Grupo de Trabajo sobre Pueblos Indígenas y el año 2007 se terminó de redactar una Declaración de los Derechos para ellos. La razón principal de que pasara tanto tiempo (25 años) desde el impulso político inicial hasta la presentación de la Declaración es que los indígenas, aunque finalmente aceptaron la inclusión del Derecho de Autodeterminación, no estaban muy de acuerdo con él, pues este había sido ideado para otras clases de pueblos. A los maoríes, sioux, quéchuas, aymaras, etc. no les interesaba ser un sujeto político abstracto, que hunde sus razones en la Historia o la Cultura (como ocurre con las naciones –tengan o no Estado-), sino poner en un primer plano algo mucho más importante y menos metafísico para ellos como es su relación con el territorio. De hecho, es posible interpretar la existencia de estos pueblos, según sugiere Lorien Jiménez, como custodios del pedazo de territorio en el que se asientan. De ahí que los pobladores suelan definirse, en muchos casos, como hijos de esa tierra que custodian. De este modo, las comunidades originarias no solo contribuyen a deshacer la ilusión de categorías, como la de nación, con las que interpretamos y problematizamos la vida colectiva. También nos proporcionan otras herramientas con las que opinar y analizar. Cierto que exhiben un vínculo que es también autorreferente, como el de las naciones, y que con él aparece otro espejo en el que quedar atrapado. No obstante, a estas alturas del artículo, convendrán conmigo que es necesario dejar de interpretar la realidad en términos de verdad o falsedad y comenzar a valorar las ficciones según sea su utilidad. En este sentido, teniendo en cuenta la grave crisis climática que padecemos y las causas que la han producido, la imaginación de las comunidades originarias parece bastante saludable.

Pero al otro lado del espejo no solo están esos pueblos tan lejanos, exóticos y diferentes a nosotros. En efecto, el vínculo con la tierra que ponen por delante de la nación también está muy presente dentro del propio continente europeo, aunque faltándole bastante de la fuerza y del contenido que encontramos en las comunidades originarias. Por ejemplo, en las zonas rurales o en partes de ellas que no han sido deglutidas del todo por la modernidad según ha sido pilotada desde las ciudades. Aunque dicho vínculo pasa habitualmente inadvertido, sobre todo a los turistas, suele emerger y hacerse bien visible en situaciones conflictivas. Por ejemplo, en el caso de los Pirineos, las luchas contra la construcción de embalses o contra la introducción osos dieron lugar, respectivamente, al «Manifiesto por la dignidad de la Montaña» en 1991 y la «La Colère des Pyrenées» en el 2001. En ambos casos, como ocurre con tantas comunidades originarias de otras partes del mundo, la protesta argumentó el indisoluble vínculo que une al montañés con sus montañas, en esta ocasión amenazado por esos y otros proyectos decididos en las ciudades. Lo interesante es que dicho vínculo es la base sobre la que desde el año 1000 se fueron tejieron pactos entre los valles, creando algo parecido a una confederación con la que los sucesivos reinos y naciones de ambas vertientes convivieron. No solo eso. El actual conflicto ocasionado por las andanzas de los osos llevados desde Eslovenia ha estimulado alianzas muy similares a las passeries que dos grandes agrupaciones de valles crearon en 1513 y 1514 para protegerse de los bandoleros y de las tensiones religiosas que desembocaron en las guerras de religión.

Finalmente, ese extraño vínculo autorreferente que une a las gentes con sus lugares, tan informe e indeterminado para los usos y costumbres de la modernidad, quizás sea también el combustible que anima a las heterogéneas gentes de la España vaciada a reclamar su lugar en el parlamento. No lo sabemos, pues hasta ahora apenas han hablado de otra cosa que no sea la falta de servicios concretos y de la sistemática desatención recibida del Estado. Si en el origen del discurso no solo estuvieran esta clase de lamentos, parecidos a los de cualquier otro colectivo desfavorecido, sino el vínculo con la tierra y la vocación de custodiarla, tendrían que esforzarse en argumentarlo, pues la política que decidan hacer en tan extraño lugar dependerá de la diferencia y fuerza que sus argumentos tengan frente al principio de realidad que impone, por ejemplo, la cadena pueblo-nación-Estado. No será fácil, pues las disputas en torno a la cuestión nacional, muy arraigadas en este rincón de Europa y permanentemente irresueltas, seguro que lo van a impedir. De modo que les toca ser creativos. Por ejemplo, imaginando y añadiendo un eje de controversia político nuevo. Si la cuestión social y la cuestión nacional han creado los suyos, el vínculo de las gentes con su territorio necesita otro. Incluso podría interesar a quienes están cansados de mirarse en los espejos de siempre y no saben cómo atravesarlos.

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