Tomado de: Página 12

Adiós a Francesca Gargallo, una teórica feminista incómoda para la academia. Por Claudia Korol. 11 de marzo de 2022 – 00:01

Escritora, filósofa, feminista autónoma, educadora, poeta, amante de las artes plásticas y mamá de Helena –como le gustaba siempre presentarse-, Francesca cultivó la amistad entre mujeres como un gesto revolucionario que “produce complicidad y fortalecimiento mutuo; su carga es revolucionaria porque el sistema ha intentado prohibirla o, por lo menos hacerla lo más difícil posible». 

Francesca Gargallo, feminista autónoma que falleció la semana pasada (Fuente: Gabriela Huerta Tamayo-wikimedia commons)
Francesca Gargallo, feminista autónoma que falleció la semana pasada. Imagen: Gabriela Huerta Tamayo-wikimedia commons

La calle es de quien la camina / las fronteras son asesinas…”. Francesca Gargallo

Quien camina deja huellas. Francesca fue caminante de geografías, territorios, pueblos. Nacida en Sicilia, en el sur de Italia, se radicó en México en 1979. Acompañó en Nicaragua, en 1980, los albores de la Revolución Sandinista, y participó allí de la formación de los primeros grupos de autoconciencia feminista, donde discutían el machismo y su impacto en la vida de las mujeres. (Años después pudimos ver la deriva espantosa de esa cultura que asfixió a la propia revolución).

Francesca escribió ensayos, novelas, cuentos, poesías. Entre ellos se destacan sus novelas: Estar en el mundo; Marcha seca; La decisión del capitán, el libro de cuentos Verano con lluvia; y entre sus libros de investigación: Garífuna, Garínagu, CaribeIdeas Feministas Latinoamericanas; Saharaui, el pueblo del solFeminismos desde Abya Yala. Ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblos en Nuestra América.

Escritora, filósofa, feminista autónoma, educadora, poeta, amante de las artes plásticas, mamá de Helena –como le gustaba siempre presentarse-, Francesca cultivó la amistad entre mujeres como un gesto revolucionario que “produce complicidad y fortalecimiento mutuo; su carga es revolucionaria porque el sistema ha intentado prohibirla o, por lo menos hacerla lo más difícil posible. Es que la amistad invalida los dispositivos de control social, y el patriarcado desea el control total de las conductas femeninas… ¡A mí me cuidan mis amigas! es un programa de resistencia que defiende a las mujeres para el fortalecimiento de una sociedad plural y no dogmática”.

Francesca se fue después de una lucha cuerpo a cuerpo con el cáncer. Sus huellas quedan en muchas partes, pero principalmente en el corazón y en las reflexiones del activismo feminista que se rebela ante el patriarcado, y ante los feminismos que eligen, como mal menor, integrarse en cuotas al sistema de dominación.

El feminismo autónomo

Francesca fue parte activa en los comienzos de la corriente del feminismo autónomo, interpelando las lógicas de institucionalización y oenegización de una parte del movimiento feminista. En la presentación de Ideas feministas latinoamericanas, pregunta: “¿Por qué, en la década de 1990, el feminismo latinoamericano dejó de buscar en sus propias prácticas, en su experimentación y en la historia de sus reflexiones, los sustentos teóricos de su política? ¿Por qué aceptó acríticamente la categoría gender-género para explicarse y la participación en “políticas públicas” como solución a la crisis del movimiento, según lo exigía la cooperación internacional? ¿Por qué se relaciona con la pérdida repentina de la criticidad y de la radicalidad feminista latinoamericana y se acompaña con el descrédito del activismo como instrumento de conocimiento de la propia realidad y del cambio democrático?”.

Pensando la política desde el cuerpo, y haciendo del cuerpo instrumento del hacer política, Francesca pudo analizar los genocidios en América Latina, los feminicidios, las políticas de desaparición de las personas. Frente a la desaparición de los cuerpos, Francesca reivindicaba su presencia, a través de todos los modos en que pudieran expresarse. La danza, la escultura, la poesía, las expresiones libres de la sexualidad y del deseo, los muchos modos de encontrarse y reconocerse. En el 2019 se presentaba en su blog: “Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 63 años (soy de noviembre de 1956) cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía)… A los 55 años he dejado la academia porque está tan controlada que no deja pensar críticamente ni escribir con placer: el aprendizaje autónomo es un camino hacia la libertad”.

Licenciada en Filosofía por la Universidad de Roma “La Sapienza”, maestra y doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México, brindó numerosas pistas a estudiantes ávidas de su palabra crítica. En un diálogo realizado en el 2013, publicado por Las12, decía: Desde el ’93, yo empecé a cuestionar el saber académico. Me empecé a preguntar: ¿en qué momento la palabra feminista se volvió una palabra académica? ¿En qué momento en lugar de formarnos como feministas en el diálogo con otras mujeres, para confrontar por ejemplo con los jueces, que en una separación les quitan las casas en el juego de quién puso más y quién puso menos, en el que nunca se calcula el valor del trabajo de la reposición de la vida, sino la moneda puesta en la compra de algo, cuando el valor del trabajo de la reposición de la vida es exactamente un trabajo no pagado?… Estoy diciendo ¿en qué momento la Academia sustituyó al discurso feminista que se hace en las calles, en los barrios, en los sindicatos?…»

Se alejó de la Academia pero no de los procesos de enseñanza y aprendizaje, de una pedagogía del diálogo entre mujeres que cultivó en modo intergeneracional, acercándose –no sin conflictos- a diferentes experiencias. Sus libros incomodan, cuestionan, interpelan. Ella no omite preguntas que raspan la piel en la que se naturalizan como únicas las prácticas hegemónicas

En Feminismos desde Abya Yala, fue hilando un diálogo con mujeres pertenecientes a distintos pueblos indígenas, que mapea una parte de las experiencias de las mujeres originarias del Abya Yala, de quienes se nombran como Feministas y quienes no lo hacen, pero abren caminos en sus rebeldías.

No es fácil despedir a Francesca. Faltan palabras, espacio y tiempo para recuperar una memoria intensa, para pensarla en un cruce de caminos, y revisar las muchas palabras sembradas en el universo feminista de la historia. Quiero entonces despedirla con irreverencia, pidiendo prestada su sonrisa seductora y cómplice, y levantando con ella una copa de vino para brindar por sus huellas, que seguirán marcando cada gesto de burocratización de nuestros modos de hacer y de sentir los feminismos, y de hacer aventura en nuestro andar.

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