Tomado de: CISEPA PUCP 

El resurgir de la ciudadanía y el lenguaje de la memoria
Foto: Carmen Ilizarbe

¿Qué le hace a la gente dejar de ver y estar en su ciudad? ¿Qué sucede cuando no se puede recorrer sus calles, sentarse en una banca de parque y sentir el pulso vital de la vida colectiva y anónima? ¿Qué efecto tiene perder el espacio público, de intercambio y competencia, de encuentro y celebración, de protesta y confrontación? La pandemia y miles de muertes nos forzaron a inicios de este año a recluirnos en nuestras casas y a salir de ellas solo por necesidad. Se instalaron el temor a la interacción y al contacto físico, al contagio en el encuentro. Abandonamos el espacio público, pero descubrimos también al hacerlo que nos gustaban más los parques y plazas de lo que pensábamos, que es una maravilla poder perderse en los vericuetos de la ciudad, mirar al cielo y sentir el viento, o incluso ver, oler y oír el mar. En este año tan doloroso y difícil para el país y el mundo, la carencia nos devolvió aprecio por lo público y por lo colectivo, y también por el encuentro cara a cara y el contacto físico.

Hay una relación directa entre espacio público y política. El espacio público es el lugar de la política. Eso hemos venido a aprenderlo, o a recordarlo, este año. Y hay también una relación importante entre hacer memoria y hacer política, y en el último mes esto ha empezado a revelarse en el Perú. Me explico, a través de un ejemplo que aún sentimos cercano, que nos involucra desde la experiencia personal y no solo desde la observación y el análisis, desde una vivencia que nos compromete. Tal y como opera la memoria, y a veces también la política.

En noviembre de este año, en una semana para los libros de Historia, la gente movilizada multitudinariamente en todo el país fue determinante para impedir que se consolidara en el poder el gobierno de Manuel Merino. Aunque el Tribunal Constitucional se puso de perfil y evitó pronunciarse frente al uso arbitrario de la Constitución en el Congreso para destituir al hoy expresidente Martín Vizcarra, el agravio al orden político y la usurpación del Poder Ejecutivo fue un hecho meridianamente claro para la gran mayoría del país. En plena pandemia y en medio de una aguda crisis social y económica, la gente inundó las calles de manera sostenida, hasta que en menos de una semana Merino fue obligado a renunciar.

Las y los jóvenes fueron el centro de la movilización popular y también su rostro visible, especialmente en Lima; pero ciertamente no fueron sólo ellas y ellos, ni solo Lima. A la toma masiva y descentralizada de calles y plazas con banderolas, pancartas, lemas y cantos, se sumaron los cacerolazos, los memes, las performances, los grafitis, los gifs y los videos de TikTok que circularon intensamente por todas las plataformas virtuales disponibles. El espacio público combinó bien la dimensión material y física de la calle, con mascarillas y en pandemia, con la dimensión virtual de las redes que permitió trascender fronteras regionales y nacionales.

La inmediatez fue también una característica muy importante. La respuesta inicialmente espontánea se produjo la misma noche de la destitución de Martín Vizcarra, y luego dio paso a formas de articulación y organización para la resistencia que se desplegaban y ampliaban día a día. Así, emergió en el marco de la protesta un sentido común que se fue extendiendo con rapidez: había que luchar en el espacio público (material y virtual) para recuperar la democracia secuestrada en el Congreso. Fue una clarísima expresión de soberanía popular la que derrocó al gobierno de Manuel Merino, enfrentando una violenta represión policial que dejó un trágico resultado: jóvenes asesinados, torturados, secuestrados, golpeados y gaseados, por ejercer sus derechos ciudadanos, políticos, constitucionales.

Y luego, después de que se lograra el objetivo, la movilización continuó y entonces la gramática de la memoria se hizo visible, articulando el lenguaje de la política de la calle. En las semanas posteriores a la lucha por la recuperación de la democracia, los muros y paredes de muchos distritos en Lima se inundaron con inscripciones e imágenes que rememoraban esa lucha y a sus héroes. Rápidamente, los nombres y los rostros de Inti Sotelo y Bryan Pintado se convirtieron en símbolo de la lucha y la resistencia, y en denuncia persistente de la violencia policial. Un relato épico empezó a gestarse en los memoriales y murales que las acciones de censura gubernamental no logran aún acallar. A la violenta destrucción de los memoriales espontáneos se ha respondido rehaciéndolos, y al borrado de murales en homenaje a la lucha ciudadana se ha respondido multiplicándolos, incluso con mayor planificación y arte. Y en estas acciones de intervención del espacio público, el lenguaje de la memoria ha servido para revitalizar la movilización ciudadana, para evitar que se desvanezca la conciencia de lucha, para impedir que se silencien los reclamos y demandas de justicia aun sin atender. La potencia de la inmediatez se ha conjugado bien con la profundidad del ejercicio práctico de la memoria.

El reencuentro ciudadano en calles, plazas y muros físicos y virtuales en defensa de la democracia ha significado la recuperación de mucho más que el espacio público: ha sido también un momento de recuperación de la política como acción ciudadana. Esta enorme fuerza colectiva y anónima, sin liderazgos individuales prominentes, ha empezado a utilizar el lenguaje de la memoria para construir sentidos comunes propios, para defender su propio relato de los hechos, y para fijarlo en símbolos que hablan de este momento histórico, pero también de otros similares en el pasado. La posibilidad de articulación de un lenguaje político autónomo, distinto del que difunden los oligopolios que controlan la televisión y la prensa, o las agrupaciones y líderes políticos bien instalados en las instituciones de gobierno, es la mejor noticia en muchos años en el Perú. Ojalá esa ciudadanía movilizada anónimamente logre constituirse, arraigarse, sostenerse e impulsar la imprescindible renovación de la política y la reinvención de un proyecto democrático en el Perú, más allá de los procedimientos y las formas.

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